Beata Ida de Lovaina, mística cisterciense. 13 de abril.

Ida nació en la ciudad de Lovaina, y fue hija de un vinatero de éxito, cuyo vino se comercializaba en Francia y Alemania, y se servía en mesas de reyes y obispos. Fue una niña piadosa, abierta y receptiva a aquel intenso mundo espiritual, espiritualidad seria y comprometida de los Países Bajos del siglo XIII, de la que apenas queda nada hoy. Desde pequeña tomó afición a rezar el avemaría de rodillas delante cada imagen de la Santísima Virgen que veía. Y si le dejaban, rezaba hasta mil. Cuando llegó a la juventud su vida espiritual se volvió más intensa y se tomó seriamente su salvación. Dos leyendas de esta etapa cuentan que en una ocasión fue al río a lavar la ropa y los peces jugaron con ella, saltando sobre la ropa que escurría y enjuagaba, una y otra vez. Los peces se dejaban tocar y le hacían caricias en sus manos. Otra leyenda narra que un Día de Pascua llegó a la iglesia cuando ya estaba a rebosar y no pudo entrar, por lo que tuvo que oír misa desde el atrio. Había por allí un gallo con sus gallinas que correteaban y picoteaban despreocupadamente, y al verlos, Ida les recriminó: “Vosotros, dejad de buscar alimento y venid a honrar a vuestro creador en la Santa Misa”. E inmediatamente, los pollos se fueron junto a ella y estuvieron quietecitos. Pasado el Evangelio, les dio permiso para continuar su picoteo.

Tenía gran amor hacia la Eucaristía y se sentía atraída al Sacramento, como un imán. Cuando pasaba por alguna iglesia, sabía si había Sacramento aunque estuviera cerrada, porque Jesús la atraía indefectiblemente hacia allí. Una leyenda narra que una vez que fue a misa con su madre, en el momento de la Elevación de la Hostia vio descender sobre el altar una estrella brillantísima por unos momentos y luego desapareció. Otra vez, mientras adoraba el Santísimo Sacramento, clamó: "Ave, benigno, misericordioso y bondadoso Jesús, tú que por nuestra redención nos rescataste de las ataduras de la muerte perpetua con tu Preciosa Sangre". Y un chorro de sangre brotó de la custodia hacia su rostro, bañándola.

A los 18 años se alejó del mundo, los bienes familiares y los placeres, para recluirse en una cabaña que servía de almacén en el patio de su casa. Allí creció en la oración, la penitencia y se adentró en el conocimiento de las Escrituras y la teología. Su constancia en la relación íntima con Cristo pronto tuvo sus efectos: el Señor le regaló los estigmas de la Pasión, los cuales, además de dolores físicos le atrajeron la incomprensión, el rechazo, y la persecución por parte de su familia, que la trataba de loca o endemoniada. Su padre temía perder sus clientes, su buen nombre y ser vejado por la Iglesia si se descubría lo que él creía un fraude o una locura. Con estos temores del mundo, el diablo la tentaba con amor propio, el temor a la deshonra, etc., pero Ida oró más intensamente aún y el diablo salió derrotado de su presencia.

Con este ánimo, y siendo también voluntad de Ida, su padre la llevó a la abadía cisterciense Roosendaal. La leyenda dice que en el momento de entrar a la iglesia, se le apareció el Señor llevando en su mano una corona de oro y enjoyada, y acercándose, la coronó como su esposa. En el año de noviciado, según costumbre, sólo se le permitió comulgar tres veces. Pero, sin embargo, cuando las monjas iban a comulgar, Ida se acercaba en espíritu al comulgatorio y recibía la también la comunión sacramental de modo invisible, pero real. De tal modo que tanto corporal como espiritualmente se alimentaba con el Pan de Salvación y su alma se llenaba y deshacía en amor divino, mucho más que cuando comulgaba del modo ordinario. Ida en el monasterio fue igualmente incomprendida, temida o rechazada por varias monjas, pero para su espiritualidad, basada en dar amor a toda costa, siempre amor, este rechazo era un acicate para perdonar, y amar. Hizo del rechazo ajeno su arma para entregarse toda al Amor de Cristo, por amor a los demás. Compartir el rechazo que Cristo vivió en vida, consolarle y amarle como verdadera esposa. Ese fue su principal ejemplo y enseñanza. E igualmente tuvo su recompensa, pues disipadas las dudas, las monjas vieron que era sincera, que su espíritu de penitencia y oración no eran imposturas, pues estaban avalados por su caridad, paciencia y humildad. 

Se dice que era tanto el resplandor que emanaba su cuerpo pletórico de Cristo, que por las noches no necesitaba luz para leer o coser. O que a su paso luego de los Oficios Divinos, dejaba un olor suavísimo, que las monjas no identificaban y que creían venía del cielo. Otro caso cuenta que el capellán del monasterio había proferido palabras injustas sobre Ida, y cuando se arrepintió la mandó buscar para pedirle perdón. Ida se negó a ir a su presencia y al día siguiente, cuando el sacerdote celebraba la misa, nuestra Beata no veía al presbítero, sino a Cristo revestido con los ornamentos sacerdotales, que la miraba tristemente. Inmediatamente que terminó la misa, Ida fue a su presencia y le pidió perdón ella. Este mismo capellán contaba que al comulgar, de los ojos de Ida salían rayos como de sol que iluminaba el cáliz y hacía brillar la Sangre de Cristo. Un día de San Miguel, estando de servicio en la enfermería, no pudo ir al coro a cantar el Oficio, y cayó en éxtasis, viéndose en medio del coro de los serafines, alabando a Dios. A la par, las monjas oyeron como los ángeles le acompañaban cantando en la enfermería. Algo parecido le ocurrió en la fiesta de San Juan Bautista, cuando estando extática, vio a los ángeles coronando a cada una de las Hermanas.

Ida murió el 13 de abril de 1300 y fue sepultada en el claustro del monasterio. Posteriormente las reliquias fueron trasladadas a la iglesia del monasterio, donde recibían culto. Lamentablemente, los herejes las profanaron en 1576, cuando destruyeron el monasterio. Este fue reedificado en  1600 se alzó de nuevo, pero las reliquias de Ida se perdieron para siempre. En 1719 la Orden del Císter incluyó su memoria litúrgica en el Propio de la Orden. 
 

Fuente:
-“The cistercian fathers, Lives and legends of certain saints and blessed of the Order of Citeaux”. HENRY COLLINS. Londres, 1872.