San Macario III de Antioquía, obispo. 10 de abril.

Sobre San Macario tenemos pocos datos históricos, que se mezclan con la leyenda posterior a su culto. Según la leyenda nació Macario a finales del siglo X, y fue hijo de Miguel y Mana, miembros de una familia ilustre del Imperio de Oriente. Pariente suyo fue el obispo Macario II de Antioquía, que fue su padrino en el bautismo, imponiéndole su propio nombre. Además, cuando el niño tenía unos cinco años, lo tomó bajo su custodia para educarle en la virtud y las letras. Era un niño despierto y abierto a todo aprendizaje y buenos ejemplos. Con lo cual en unos años era versado en las Escrituras, los Santos Padres, Historia Eclesiástica, Derecho, música, etc. 

Tan dispuesto lo vio el obispo a la vida clerical, que le ordenó presbítero, estado en cual fue ejemplo para todos los demás sacerdotes de la ciudad. Era la mano derecha del obispo, ponía paz, resolvía problemas, a la par que mantenía su amor por la oración, la soledad y la vida austera. Así que no extrañó a nadie que, cargado con los años y las enfermedades, Macario II le eligiera como sucesor. Juntó el obispo al clero y al pueblo en la catedral y les habló: "Ya veis, amados hijos y hermanos, que la muerte está llamando a las puertas de este pobre viejo, aun más agobiado con el peso de la obligación, que con el de su avanzada edad. Llamánme ya para que de cuenta de mi administración; y a fin de que el cargo sea menor, os he convocado para daros mis últimos consejos, y para encomendarme en vuestras oraciones. Me veis ya tocando con la mano el término de mi penosa y dilatada carrera: ninguno se interesará más que vosotros en nombrarme un sucesor que repare mis defectos. Muchos sujetos tenéis que sean beneméritos y dignos; pero si mi voto vale algo, creo que el cielo os señala como con la mano por vuestro pastor a mi sobrino Macario. No os persuadiréis que influye la carne y sangre en esta confiada manifestación que os hago del concepto que yo formo: su notoria virtud y sus méritos sobresalientes me libran de esta sospecha; y creeré que sin mi recomendación ellos mismos clamarían por todos vuestros sufragios". 

Apenas acabó el santo obispo de pronunciar estas palabras, cuando toda la asamblea clamó a una voz: “Macario será vuestro sucesor: no queremos otro pastor más que el joven Macario”. Pero no contaban con la voluntad del joven Macario, que era ajeno a dignidades y cargos. Ni los deseos de su tío, ni la aclamación del pueblo le valían, y aún más indigno se encontraba de ser obispo mientras más se lo pedían. Pero no más falleció el obispo, no le quedó más remedio que obedecer al clero y al pueblo, por los cuales Dios hablaba claramente. Fue consagrado y entronizado con la bendición de los obispos pertenecientes a Antioquía, y aún, dice la leyenda del emperador Basilio II. La dignidad episcopal solo sirvió para hacerle más humilde, y aprovechó su autoridad para extender el bien. Su celo apostólico le llevó a visitar a los que padecían, consolar a los enfermos y pobres. De sus rentas casi nada se quedaba, sino que mandaba fuera distribuido a los pobres. Todos los días predicaba al pueblo, exhortándoles a vivir en la virtud y la confianza en la Providencia Divina. Predicaba tan vehemente que más de una vez salían lágrimas de sus ojos, siendo necesario tener siempre a mano un pañuelo para enjugárselos. La leyenda dice que habiendo llegado uno de estos pañuelos a manos de un leproso, fue solo tocarse el cuerpo con él, y quedar sanado milagrosamente. Y otros se cuentan, como algunas resurrecciones o multiplicación de pan para los necesitados. 

En breve, su fama de santo llegaba a todos, y siempre había quien quería verle, tocarle, oír sus palabras y sermones. Tanta veneración comenzó a asustarle, pensando que podría hacer mella en su humildad y austeridad. Honores del día a la noche empezaron a agobiarle y le enfermaron, literalmente. Y la cosa iba a más. Así que, una vez sano, decidió precisamente, cortar por lo sano, y huir en busca de una vida solitaria y penitente. Encargó el cuidado de la iglesia antioquena a su presbítero Eleuterio, repartió lo poco que tenía a los pobres y salió secretamente de la ciudad, acompañado solo de cuatro de sus más fieles amigos, que no quisieron dejarle. Tomaron rumbo a los Santos Lugares, para cumplir su gran anhelo de visitar los sitios santificados por Cristo. En Jerusalén, por más que intentó pasar desapercibido, el patriarca Juan, que le recibió con los honores correspondientes a su dignidad y persona. No pudo tolerarlos, y aceleró su partida de la Ciudad Santa. Continuó vagando por Palestina, infestada de sarracenos, entre los cuales también predicó a Cristo, y si bien esto le valió palos y prisión, fueron no pocos los que abjuraron su fe errónea, y pidieron el bautismo. Una de esas veces en las que estuvo prisionero, le atormentaron tendiéndole en el suelo en forma de cruz,  la ataron los pies y las manos con cordeles amarrados a unos clavos y cargaron sobre su estómago una gran piedra caliente, mientras le pinchaban o tiraban de los dedos de manos y pies. Todo lo sufría con paciencia el santo obispo, y aún más, con felicidad, pues pensaba moriría mártir por Cristo. Pero se le apareció un ángel que le liberó delante de todos sus captores, y le mandó le siguiera. Muchos se convirtieron al ver esto. 

Siguieron Macario y sus discípulos al ángel, el cual al llegar a las afueras de la ciudad, mandó a los cuatro amigos a que volvieran a Antioquía y contaran lo que habían visto, y a Macario que prosiguiera su viaje apostólico. Los presbíteros se fueron, y Macario sabiendo que al saber lo ocurrido, los antioquenos querrían obligarle a volver a su silla arzobispal, se embarcó hacia poniente. Atravesó Grecia, Dalmacia, Maguncia, Colonia. En Baviera se hospedó en casa de un noble cuya familia, al ver los portentos que Macario realizaba con su pañuelo, intentaron robárselo para lucrarse con los prodigios que pensaban haría en su poder. Pero enfermaron gravemente y no se sanaron hasta que se arrepintieron y el santo les sanó milagrosamente. En Colonia liberó de epilepsia a una mujer que le dio hospitalidad, en Malinas apagó un furioso incendio y en Tornai puso paz en la ciudad, pero a pesar de ello no le reconocieron en el monasterio de San Pedro, donde pidió hospedarse.

Llegado a Cambrai, fue a visitar la iglesia principal como era su costumbre, pero estaba cerrada y un ángel le abrió las puertas. En Maubegue veneró las reliquias Santa Aldegundis (30 de enero) y realizó varias profecías que se cumplieron mientras estaba allí. En Mechelen veneró a San Rombout (24 de Junio; 1, Malinas-Bruselas; y 3 de julio, Irlanda) y fue recibido por el pueblo con gran cariño. Y el santo se los pagó con creces: Esa misma noche se produjo un incendio en la ciudad, que se extendía rápidamente. Macario se subió a la techumbre de una de las casas incendiadas, arrancó un puñado de paja en el techo, lo bendijo y lo lanzó contra las llamas, que inmediatamente retrocedieron y se apagaron. Quiso la ciudad premiarle con la silla episcopal, pero cuando le buscaron ya Macario se había alejado en la oscuridad. 

Finalmente en 1010 llegó a Gante, y se retiró al monasterio de San Bavon, donde le recibió el abad San Ethembold (1 de mayo). Como su fama de predicador y taumaturgo le precedía, allí le tomaron afecto enseguida e hicieron todo lo posible porque terminara allí sus peregrinaciones y fuera monje entre ellos. Permaneció en el monasterio todo un año, así que en 1011 quiso embarcarse para volver a su iglesia antioquena, pero cuando llegó al puerto, le acometieron unas fiebres altísimas, que le obligaron a detenerse. Los monjes de San Bavón fueron a buscarle, y lo mismo hicieron los de San Pedro de Tornai, enfadados consigo mismos por no haberle reconocido antes. Se pelearon ambas comunidades por alojar a Macario, mediando el  conde Robert de Tornai. Finalmente, Macario eligió volver a San Bavón. Esa noche se le apareció San Landoald (19 de marzo y 13 de junio) que le sanó. Estando curado, volvió a hacer planes para regresar a Antioquía, pero en ese tiempo se extendía la peste negra por los Países Bajos cuando el abad pidió a Macario que intercediera ante Dios, lo hizo el santo anunciando que él mismo perecería de ella, en prenda de la extinción de la plaga. Indicó que habían de enterrarle en una bóveda que había de la capilla de la Santísima Virgen en la iglesia abacial, de la que los monjes desconocían su existencia por haber sido tapiada años ha. Asistió a los enfermos, predicándoles, cuidándoles y sosorriéndoles, hasta que cayó presa de la peste. Cinco meses estuvo enfermo, tiempo en el cual edificó a los monjes y no dejó de hacer portentos. 

Finalmente, el 10 de abril de 1012 falleció, y al instante cesó la peste, y los enfermos sanaron de su mal. Fue enterrado donde quería, habiéndose descubierto la bóveda. Su devoción fue instantánea, pues junto a su tumba los milagros se sucedían. El 9 de mayo de 1067 se elevaron las reliquias y se trasladaron al altar mayor, por parte de Siger, abad de san Bavon, a petición de Balduino V, conde de Flandes, y de Felipe I, rey de Francia. El patrón de las ciudades belgas de Gante y Mons. Se le invoca contra la peste y otras enfermedades infecciosas, así contra el fuego y para tener buen viaje. Sus reliquias aún se veneran.

Y para terminar, no hay que saber mucho de santos para darnos cuenta que la “vida” de Macario es solo una leyenda para dar respuesta a la devoción hacia un peregrino oriental que ciertamente apareció en Gante en 1010, fue monje en San Bavón, destacó por su caridad con los apestados y murió con fama de santidad. 


Fuente:
-"Año cristiano o Exercicios devotos para todos los días del año". Abril. R.P. JOSÉ FRANCISCO DE ISLA. S.J. Madrid, 1818.