Santa Eufrosina-Esmaragdo, virgen. 2 de enero y 10 de febrero.

Vivió Eufrosina en tiempos de Teodosio el Menor y fue hija de Pafnucio y de una mujer cuyo nombre no se recoge. Este matrimonio, bueno y piadoso, padecía el no tener hijos. Acudían a santuarios a orar por su intención, y monasterios a suplicar oraciones, en especial a uno, donde era abad un conocido de Pafnucio. Y al parecer, Dios, satisfecho o cansado de sus oraciones, les premió con una hija, a la que pusieron el nombre de Eufrosina, nombre que en griego quiere decir “alegría”. Fue una niña hermosa, buena y piadosa, y a los doce años ya decidió consagrarse a Dios. A los dieciocho comenzó a recibir pretendientes y, como es lógico, el padre comenzó a analizarlos y eligió a uno de noble familia y mejor virtud. Antes, llevó a su hija ante su amigo, aquel abad que había orado por él, para pedirle la bendijera y tuviera un buen matrimonio. Pero sucedió que, al ser bendecida, Eufrosina se confirmó en su decisión primera: su matrimonio sería con Cristo. Al volver a casa cambió de costumbres y comenzó, si cabe más, una vida de profunda piedad y oración. Llegó incluso a recibir la consagración de las vírgenes en secreto, ante lo cual, se determinó salir de su casa, puesto que su padre no cejaba en su intento de casarla.

¿Y que se le ocurrió? Pues travestirse, asumiendo una identidad masculina. y huyó de casa. Así, Eufrosina, o Esmaragdo, el nombre masculino que eligió, se fue al monasterio de marras, y pidió el hábito al abad, que no la reconoció. Fue recibida y le dio por maestro al santo monje Agapio, para que la enseñara el estilo de vida monástico. Cuando Pafnucio volvió a su casa y no la halló, dio la voz de alarma, mandó cerrar las puertas de la ciudad y se fue al monasterio, a llorar junto a su amigo, pidiéndole orara para que su amada hija apareciera viva y sana. El abad le consoló diciéndole que confiaba que su hija estaba feliz y contenta, y de seguro estaba al servicio de Dios; aún más, le aseguró que Dios no dejaría que muriera sin verla. Y así, tranquilo, se fue el buen hombre a su casa. Y Esmaragdo sin saber nada, siendo un monje más, solo destacando por su mansedumbre, piedad y obediencia.

Y sucedió que algunos monjes (copio literalmente del Flores del Carmelo) “se le aficionasen torpemente por su extremada hermosura, sin saber que era mujer”, vamos, que en el monasterio algunos la hubieran dejado más tranquila si se hubiera sabido que era una mujer. Por esta razón le mandó el abad a Esmaragdo viviera recluido en una celda, apartado de los otros, sin que tuviera comunicación con nadie, salvo con Agapio. Allí vivió Esmaragdo, hasta que un día, viniendo su padre al monasterio, oyó a los monjes a hablar de aquel que se santificaba en una celda solitaria y quiso conocerlo. Entró a su celda, le contó sus lágrimas y sufrimientos por su hija desaparecida, ante lo cual, Esmaragdo se echó a llorar, pensando el padre que eran lágrimas de empatía, por lo cual le encomendó que rezara por él.

Treinta y ocho años vivió allí, en oración, penitencia y feliz, hasta que llegó el día en que Dios reveló a Eufrosina que moriría pronto, y sabiendo que su padre estaba de visita, mandó decirle que no saliera de allí, hasta pasado tres días, al cabo de los cuales le llamó a su celda y le dijo: “Quiero librarte, Pafnucio, de muchos cuidados, y declararte lo que sé de tu hija; pues tienes gran deseo de saber de ella. Yo, padre, soy tu hija Eufrosina, y este es el rostro de tu bija: Dios me ha encaminado en este encerramiento y manera de vida, como Esmaragdo, sin que ninguno pudiese entender que era Eufrosina y me ha inspirado que tomase este hábito de monje, y perseverase en él hasta esta hora; y me ha dado gracia, para que habiéndole visto muchas veces en esta casa, nunca me he arrepentido de haber venido a ella, ni tus lágrimas me hayan ablandado, ni movido a volver atrás. Dios te ha traído, para que entierres mi cuerpo”. Y murió. Su padre, a voces, contó a los monjes la verdad. Pidió, y obtuvo del abad, la gracia de quedarse en aquella celda bendita donde vivió su hija, y allí vivió diez años más, hasta morir.

La Orden del Carmen la tuvo como Santa propia hasta la reforma del santoral en 1972. Su memoria se celebró primero el 10 de febrero y luego el 2 de enero, hoy está suprimida. Sín embargo, su iconografía permanece en muchas iglesias antiguas de la Orden, sobre todo iglesias de monjas.


Fuentes:
-“Flores del Carmelo, vidas de los santos de N. S. del Carmen”. FR. JOSÉ DE SANTA TERESA. Madrid, 1678.
-"El Carmelo Ilustrado con favores de la Reina de los ángeles". P. FRANCISCO COLMENERO. Valladolid, 1754.
-"Jardim Carmelitano". Primera Parte. FR. EGIDIO LEONINDELICATO. OCarm. Lisboa, 1761.