San Tiburcio de Roma, mártir. 11 de agosto.

Perteneció a una venerable familia romana, y era hijo de Cromacio, vice-prefecto romano, que en su juventud había sido perseguidor de cristianos y, según la leyenda, había sido convertido por San Sebastián (20 de enero) y San Tranquilino (6 de julio), padre de los santos mártires Marcos y Marcelino (18 de junio). Estos no solo le dieron la vida en Cristo, sino la salud física, pues al bautizarse quedó sano milagrosamente de la gota. Pues convertido Cromacio, bautizó a su familia, dio la libertad a sus esclavos y renunciando a su puesto en el gobierno, se retiró a una villa que tenía en las afueras, donde muchos cristianos perseguidos hallaron socorro. El jovencito Tiburcio imitó a su padre en el ardor por la fe de Cristo, destacando en su fervor y caridad para con los pobres. Estudió derecho y fue uno de los más importantes de su tiempo de la ciudad de Roma. Pero el aplauso del mundo no le satisfacía y decidió retirarse a la soledad, aunque el deseo del martirio le impulsaba a permanecer visible a los paganos. El papa San Cayo (22 de abril) ante el peligro de la persecución, quería que tan prometedor joven para la Iglesia, conservara su vida y se ausentara de la ciudad, con vistas a que en tiempos de paz, fuera figura importante en la comunidad cristiana. Pero no pudo convencerle; el joven Tiburcio le rogó con encendidas palabras quedarse en la ciudad y esperar que Dios hiciera su voluntad.

Y pronto tuvo ocasión de señalarse como cristiano: Halló un día en la calle el cadáver de un hombre que se había precipitado desde lo alto. Se acercó Tiburcio, y sosteniendo el cuerpo, le dijo “en Nombre de Cristo, vuelve a la vida si has de dejar tu supersticiosa fe”, y el hombre revivió y confesó a Cristo, con asombro de los asistentes, de los cuales muchos se convirtieron. Pronto se hizo conocido de todos el portento que había realizado un cristiano y otros se sintieron interesados, conocieron a Tiburcio y se convertían a Cristo. Tiburcio visitaba a los pobres, socorría a los cristianos perseguidos, distribuía limosnas a las viudas y los huérfanos. También predicaba a los catecúmenos y neófitos. Entre estos últimos había uno de nombre Torcuato, que solo se había bautizado por novedad y por saber más de aquellos cristianos, pero no había mudado en nada su vida de excesos, ni su pasión por el juego ni mucho menos su atracción por los hombres, teniendo varios esclavos jovencísimos de los que disfrutaba. Varias veces intentó atajar su conducta escandalosa Tiburcio. Primero le reprendió en privado, exhortándole en nombre de Cristo, finalmente lo hizo en público, denunciando su indignidad de llamarse cristiano, y de frecuentar los lugares santificados por los mártires, y participar en las reuniones cristianas. Y se ganó el rencor y el odio de Torcuato, que al verse denunciado públicamente fingió reconvenirse y cambiar de vida, pero en su corazón dejó anidar el odio.

Llegando a todos la noticia de que Diocleciano había mandado se arreciara la persecución a los cristianos, pesquisando más detenidamente quienes lo eran, para que fueran apresados y sacrificaran a los dioses bajo pena de muerte, Torcuato planeó su venganza. Denunció a Tiburcio a los ministros, diciéndole donde solía reunirse con los cristianos, y para no aparecer como delator, convino que le apresaran a él mismo en compañía de Tiburcio. Así lo hicieron, y llevados los dos ante Fabiano, sucesor de Cromacio, Torcuato dijo era cristiano y había sido convencido por Tiburcio, al que pretendía seguir en todo. Respondióle Tiburcio: “Yerras si crees que no conozco tu traición, ni tu perfidia. Ninguno de nosotros te reconoció nunca por discípulo de Jesucristo; tu vida siempre desmintió tu fe, ni era posible que se contase en el número de los fieles a quien viva como un gentil: tus desórdenes eran el mejor testimonio de la religión que verdaderamente profesabas. Vivías entre nosotros; pero no eras de nosotros. Buena prueba es de eso tu alevosa traición. Mas no creas que me has ofendido intentando mi ruina, pues al contrario, me has proporcionado el mayor bien al que puedo aspirar. Nada deseaba con más ardiente pasión que derramar toda mi sangre y dar mi vida por amor de aquel Señor que primero quiso expirar por mi amor clavado en un afrentoso madero”.

Irritado, Fabiano le conminó a sacrificar a los dioses, a lo que le respondió Tiburcio: “Yo no reconozco otro Dios que al único Dios verdadero, creador del cielo y de la tierra. A este solo ofrezco sacrificios. Dichoso sería si yo mismo mereciera ser víctima sacrificada por su amor”. “Sea lo que fuere”- replicó Fabiano – “obedece ahora mismo, o disponte a pasearte muy despacio sobre carbones encendidos”. “Pronto estoy a sufrir los más crueles tormentos, pues ya es cosa muy sabida que estos no espantan a los cristianos” le dijo el esforzado Tiburcio.

Admirado Fabiano de aquella intrepidez, ordenó que se tendiese sobre el pavimento un gran montón de carbones encendidos para que Tiburcio, o echase incienso en honor a los dioses, o le obligasen a caminar descalzo sobre ellos. Y ni una ni otra, pues nuestro mártir no sacrificó, ni esperó le obligaran a nada, sino que él mismo se quitó el calzado y comenzó a pasearse sobre las brasas, como quien no siente el fuego. Gritó Fabiano “sabemos que ese maestro Cristo enseñó su magia a todos sus secuaces, y no nos causa admiración el sortilegio que acabas de ejecutar”. Ante esta blasfemia, Tiburcio replicó predicando las verdades de la religión de Cristo y la falsedad de los dioses paganos y la necedad de los que creían en ellos. Y no pudiendo aguantar por más tiempo al santo mártir, mandó le decapitaran. Le llevaron por la Vía Lavicana, y a cuatro millas de la ciudad le cortaron la cabeza, a 11 de agosto de 286. Su cuerpo fue recogido por un cristiano piadoso, que le dio sepultura, siendo un sitio señalado para los cristianos. Llegada la paz, dos parientas del santo, llamadas Lucina y Fermina levantaron una basílica y un monasterio para servir a Dios junto al invicto Tiburcio.


Fuente:
-“Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los dias del año”. Agosto. JEAN CROISSET. Barcelona, 1863.