[El escritor y periodista Vittorio Messori, autor de los libros-entrevista Informe sobre la fe (1984) con el cardenal Joseph Ratzinger y Cruzando el umbral de la esperanza (1994) con Juan Pablo II, hace esta interesante reflexión sobre la situación de los cristianos en el mundo y la actitud de la Santa Sede, que por su interés ofrecemos en su integridad. Los ladillos y negritas son de ReL.]


La cruz de Jesús en el Gólgota se ha convertido en algo real para sus seguidores. De hecho los cristianos, según estadísticas por encima de toda sospecha, son desde hace años la comunidad humana más perseguida.

El número total de víctimas tiende a aumentar e incluye a todas las confesiones que se fundan sobre el Evangelio, si bien los católicos tienen un triste primado, pues representan la parte mayor.


Los 21 mártires coptos de Libia, asesinados por Estado Islámico en enero de 2015.

Los verdugos no provienen ciertamente sólo del Islam, sino también de comunidades que la leyenda rosa occidental representaba como mansas, pacíficas, fraternas. La crueldad de algunas sectas hinduistas parece que quieran competir con las musulmanas, pero también hay una persecución creciente por parte de alguna rama budista. También el animismo pagano del África negra vive ya desde hace tiempo un despertar sanguinario llevando a cabo con placer la caza al misionero cristiano y, a veces, el genocidio hacia los autóctonos que han aceptado el bautismo.

¿Por qué estas masacres? Probablemente, el factor principal es un caso ejemplar de esa "heterogénesis de los fines" que deforma toda ideología humana, dando la vuelta a las intenciones, incluso las mejores, hasta llevarlas justo a lo contrario.

He aquí, entonces, la utopía mundialista, las banderas arco iris, todos los pueblos del globo que se dan fraternalmente la mano y viven en paz, obrando para un progreso, obviamente "sostenible". He aquí, también, a nivel económico, la ideología globalista: un mundo integrado, con división racional del trabajo y los bienes, con bienestar (o, por lo menos, una existencia digna) para cada país y pueblo.

En realidad ha sucedido lo que ha sucedido siempre -historia docet- y sucederá: objetivos nobles, resultados desastrosos. Los pueblos han sentido que precisamente el mundialismo político y la globalización económica amenazaban sus culturas y ahora son conscientes de una diversidad de tradiciones que los distinguía de cualquier otro pueblo.



De estas culturas, de estas tradiciones, la religión autóctona es un fundamento esencial. Por consiguiente, los nacionalismos, que paradójicamente han sido despertados por la utopía de la mundialidad, se han convertido en defensores, incluso con las armas, de la fe de sus antepasados, entendida como elemento de cohesión política para la salvaguardia de la diversidad.


Y el cristianismo, en primer lugar, ha sido y es considerado como un cuerpo extraño que hay que expulsar y, si es necesario, aplastar con violencia. Pero, ¿cuál es el motivo de este mayor ensañamiento hacia los católicos? El motivo es que su cristianismo es sentido como el más extraño de todos, como algo que no se puede asimilar (a diferencia de determinadas sectas de un protestantismo dispuesto a cualquier concesión) en cuanto depende de una autoridad lejana y considerada enemiga: la Iglesia romana y la red de obispos que de ella dependen directa y estrechamente.


Respecto a los católicos: ciertos sectores eclesiásticos están insatisfechos con el Papa Francisco, del que sospechan que reacciona tibiamente, tímidamente, ante esta matanza de hijos de la Iglesia de los que él es además el pastor. La verdad impondría que se reconociera que el reproche no parece justificado: incluso hay algunos que han recogido una especie de antología de las denuncias a propósito del pontífice.

Y de todas formas es curioso: precisamente aquellos que alaban (justamente) la prudencia de Pío XII respecto a quienes seguían el Mein Kampf, se lamentan de la prudencia de su actual sucesor, sobre todo hacía quienes siguen, hasta las extremas consecuencias, otro libro, el Corán.


Pío XII se erigió en defensor de la asediada Roma, donde escondió a cientos de judíos. ¿Habría sido posible la labor de la Iglesia en esa protección sin la prudencia de la que hizo gala el Papa?

El realismo católico ha llevado a los Papas a firmar concordatos con Napoleón, Mussolini, Hitler y con muchos otros tiranos. Es el mismo realismo que los indujo a una Ost Politik que escandalizaba a los puros y duros del anticomunismo y que llevó a Juan XXIII a negociar con los soviéticos el silencio del Concilio sobre el comunismo a cambio de mitigar la persecución, y que ahora lleva a Bergoglio a no ignorar el problema, sino a moverse con la obligada prudencia.

Obligada, ciertamente, como siempre lo ha sido la prudencia eclesial con tantos perseguidores de la historia: no olvidar pero, al mismo tiempo, tutelar las ovejas amenazadas por los lobos, intentando poner límites a su crueldad con tratados o, por lo menos, no excediendo en la protesta pública. Fáciles, edificantes, virtuosas las altisonantes denuncias al amparo de los muros vaticanos. No tan bienvenidas, en cambio, por quien después debe sufrir, en los países lejanos, las consecuencias.


A pesar de todo, en una perspectiva de fe -confirmada también y siempre por la historia- la sangre de los mártires es, para el cristianismo, la semilla no sólo más valiosa, sino también la más fecunda. Cada vez que ha habido persecuciones ha habido también un nuevo florecimiento sobre las raíces de una Iglesia desierta.

Ya ahora se vislumbra algún fruto en un Occidente tal vez menos secularizado de cuanto se cree: precisamente la comparación entre la mansedumbre cristiana y la ferocidad de otras religiones lleva a reflexionar sobre los valores de un Evangelio que no incita a la guerra santa sino al perdón de todos, sobre todo de los enemigos. Un Evangelio cuyo Protagonista prohíbe a los discípulos que lo defiendan con la espada y que en la cruz le pide al Padre que sea indulgente hacia sus mismos verdugos y hacia ese pueblo que ha preferido a Barrabás antes que a Él. Un Evangelio cuyos propios discípulos han cometido violencia pero que por él no han sido instigados, sino más bien condenados.

Tal vez no sea sólo folklore la frase que nos dicen que ya se está propagando después de esta serie de masacres en las camisetas de los jóvenes de Europa y América: Christianity is better [El cristianismo es mejor].

Artículo tomado de la página web de Vittorio Messori.
Traducción de Helena Faccia Serrano.