El ateo de familia judía neoyorquina y Premio Nobel de Física Steven Weinberg dijo en 1999: "Con o sin religión, la gente buena puede portarse bien, y la gente mala puede hacer mal; pero para que la gente buena haga el mal, se necesita la religión".

No está claro exactamente cuando ni de qué forma lo dijo Weinberg en 1999.

Hay versiones que le añaden una frase más agresiva delante, asegurando que lo afirmó así en un discurso en Washington en 1999: "La religión es un insulto a la dignidad humana; con o sin religión, siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión". Otras web aseguran que lo dijo así en una entrevista en el New York Times, también en 1999 (aunque sin link).

Pero en Physlink se publica el artículo de Weinberg basado directamente en su discurso de Washington de 1999, y lo de "la religión es un insulto a la dignidad humana" no aparece.

Esta parte parece ser una frase inventada y añadida después por alguien que quería más agresividad contra la religión: lo del "insulto" suena muy fuerte y no es el estilo de Weinberg. 



La frase ha tenido mucho éxito. Si se busca en Google "weinberg con o sin religion" aparecen 70.000 resultados. Si se busca en inglés "weinberg with or without religion" aparecen 993.000 resultados. Si se busca sin usar la palabra "weinberg" salen más.

El tema de fondo no está en comprobar si la religión consigue hacer que la gente se porte mejor, algo de lo que Napoleón y muchos otros cínicos han estado siempre convencidos. 


La gracia de la frase está en que atribuye a la religión un poder maligno especial, más aún, un poder maligno único: sólo la religión consigue algo tan terrible como impulsar a la gente buena a hacer cosas malas. Así, la religión no debe verse como una debilidad humana culaquiera, sino como un mal muy especial.

¡Eliminando la religión, se deduce, la gente buena ya nunca haría cosas malas, sólo cosas buenas!

Por supuesto, ser Nobel de Física no sirve para demostrar esto. Quizá algún estudio histórico o antropológico sería necesario.

Weinberg no lo argumenta, excepto hablando de la madre de Mark Twain, que era una señora muy buena (dice su hijo) pero que aceptaba la esclavitud porque oyó mil sermones diciendo que era algo querido por Dios pero nunca ninguno en contra (porque vivía en el Sur esclavista y no iba a una iglesia negra ni cuáquera ni abolicionista, se entiende). No parece una demostración muy potente del "axioma Weinberg".


La tradición judía y cristiana no tienen claro que la gente buena vaya a dejar de hacer cosas malas, con o sin religión.

En Proverbios 24,16 leemos: "Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse" (ojo, no dice "siete veces AL DÍA", como predican a veces algunos sin tener la Biblia a mano). Y en Eclesiastés 7,20: "No hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque".

San Pablo plantea lo mismo: "todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios" (Romanos 3,23).

Y más aún, explica una realidad psicológica que millones de personas han vivido: "No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. En mi interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente" (Romanos 7, 15-24).

Pero, en cualquier caso, lo novedoso aquí está en que algo tan común como que la gente buena haga cosas malas, según Weinberg, se debe a la religión.


James Hannam, especialista inglés en Historia de la Ciencia, comenta acerca de la frase de Weinberg: "me parece que es una afirmación increíblemente ingenua. Sustituiría la palabra religión por ideología. Después de todo, continuamente hay gente buena haciendo cosas malas al servicio de ideologías políticas".

Pero Hannam señala además que la frase del ateo Weinberg es refutada por el agnóstico Stephen Jay Gould en un texto recogido por el ateo (y muy anti-religioso) Daniel Dennnett en su libro "La peligrosa idea de Darwin" (GalaxiaGutemberg, 1999). Es decir, los lectores entusiastas del nuevo ateísmo militante deberían saber que uno de sus gurús hace tiempo que refutó al otro. En concreto, en el capítulo 10.



Allí, Dennett, en la línea de Gould, habla de "aquellos que visten sus ideologías políticas con el potente manto de la respetabilidad científica. Es importante reconocer que el darwinismo siempre ha tenido un desafortunado poder para atraer a los más indeseables entusiastas, demagogos y psicópatas y misántropos y otros abusadores de la idea peligrosa de Darwin. Gould ha expuesto de forma desnuda estos hechos en docenas de historias, sobre los darwinistas sociales, sobre racistas de los que no hay ni que hablar, y más doloroso aún, historias de gente básicamente buena confundida, seducida y abandonada, podríais decir, por tal o cual sirena darwiniana. Es demasiado fácil usar alguna versión medio cocinada del pensamiento darwiniano, y Gould ha dedicado la mayor parte de su vida a defender a su héroe de este tipo de abuso".

Hannam señala que no solo hay gente que usa la ciencia para sus ideología políticas (a veces muy dañinas) sino que específicamente la ciencia darwiniana atrae a muchos de estos, y consigue que gente buena haga desastres.

"Dennett y Weinberg responderían que esta gente sin duda no entendían bien la ciencia y la evolución, pero no veo por qué tal defensa no pueda aplicarse también a la religión", señala Hannam.


El escritor español Antonio Muñoz Molina, hace un año trataba este tema. Explicaba en su blog que él no tiene creencias religiosas y que detesta los fundamentalismos, pero también los prejuicios contra los creyentes. Y añadía:

»Para que la gente buena haga cosas malas no es imprescindible la religión. Basta una creencia absoluta y arrogante de cualquier tipo, en cualquier cosa, o ni siquiera eso: basta la aceptación de las normas comunes en determinadas circunstancias y épocas, esas normas que nadie discute porque todo el mundo, o casi, la confunde con el orden natural. En la Unión Soviética, la Cheka y luego la NKVD no contaron solo con sádicos torturadores. Hubo muchos jóvenes idealistas, incluso bondadosos, tranquilamente convencidos de que la ley de la Historia implicaba ciertos sacrificios humanos.

La idea de Muñoz Molina de que basta con "aceptar la norma común y confundirla con el orden natural" explica el caso de la mamá de Mark Twain mejor que la religión.

En el blog Evolucionyneurociencias también refutan la frase de Weinberg.

Y lo hacen citando al sabio cristiano ortodoxo Solzhenitsyn, autor de Archipiélago Gulag, que vivió la banalidad de la maldad de los virtuosos, obedientes e idealistas sin dios: "Si de verdad existiera la gente mala en un sitio cometiendo malas acciones , y solo fuera necesario separarles del resto de nosotros y destruirles. Pero la línea que divide el bien del mal corta por el medio del corazón de cada ser humano."

 


Por eso, añade, el blog, "la realidad es que cualquiera de nosotros es capaz de un mal inmenso, que la gente normal se puede convertir en genocida. Toda la literatura sobre el Holocausto y el Gulag, así como estudios psicológicos como elexperimento Milgram, o el de la cárcel de Stanford de Philip Zimbardo, así lo demuestran. La realidad es que Hanna Arendt tenía razón cuando habla de la banalidad del mal. Hanna acuñó esa famosa expresión en su libro Eichmann en Jerusalen. Un estudio sobre la banalidad del mal, disponible en .pdf en español en esta dirección. Lo que Arendt observó al estudiar el caso de Eichmann es que era un simple burócrata, una persona normal y corriente que intentaba cumplir su trabajo de la manera más eficiente, y no un alien con rabo y cuernos procedente de Marte. En definitiva, Eichmann -y otros muchos- eran personas normales, alguien como tú o yo."

Y así, abandonando las fantasías de Weinberg sobre "gente buena", la cruel historia del siglo XX y los que mejor la diseccionan nos vuelven a llevar a la sabiduría de Eclesiastés y San Pablo: "No hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque"; "No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Queriendo yo hacer el bien, me encuentro con que el mal está en mí".