Durante 16 años don Aniello Manganiello ha representado la voz de Scampia, un barrio deprimido de la ciudad de Nápoles donde campa por sus anchas la mafia. Desde la parroquia de Santa Maria della Provvidenza, entre los grandes prefabricados urbanos allá donde reina la degradación y la miseria, Don Aniello decidió “ensuciarse las manos”, y bajar entre la gente, derribando los muros que separan la vida cotidiana de las instituciones, buscando explicar a los habitantes del barrio napolitano de Scampia, que una existencia distinta es posible, que la legalidad puede existir, que combatir la camorra se puede y que quien nace en aquellos lugares no tiene por fuerza un destino escrito sobre la piel.


Del 1994 al 2010 arranca a los trabajadores del crimen organizado muchos jóvenes. Utiliza comportamientos duros para combatir la mala vida, por ejemplo rechaza dar la comunión a los camorristas, señalando de esa manera la diferencia entre verdadera religión y superstición propia de ciertos jefes con las casas llenas de cuñas de imágenes sagradas pero las manos llenas de sangre.


Y a muchos de ellos don Aniello ha ofrecido una segunda vía: ahora Tonino Torre, ex capo es un creyente que vive de trabajos humildes y honestos mientras Davide Cerullo, ex traficante de la banda Di Lauro, es un padre de familia de bien.


Ha denunciado, yendo contra todo y todos. Ha sufrido numerosas amenazas pero los obstáculos más grandes los ha siempre encontrado en la política, ahí donde la “cosa pública” está implicada en la deshonestidad.

Un hombre de Cristo que nunca ha plegado la cabeza, rechazando cualquier tipo de protección y escolta, que ha logrado encender una pequeña flama de esperanza y de legalidad en el cuartel general de la mala vida napolitana.

En 2010, don Aniello fue retirado de su cargo de párroco de Scampia, oficialmente “por turno natural”. Al volver a Roma, al barrio Trionfale, después de algunos meses decidió que había llegado el momento de tomarse un año sabático y de contar su misión pastoral.


Escribió junto al periodista Andrea Manzi “Jesús es más fuerte que la camorra” (Rizzoli), en donde habla de aquellos días, de los fallidos encuentros con los políticos, de la ayuda a la gente de bien. Ahora don Aniello vive en Camposano, su ciudad de origen, donde además de ayudar al párroco y participar de la vida diocesana, continúa su compromiso en primera línea a través de la asociación que fundó, “Últimos”.


“Mi recorrido vocacional – cuenta don Aniello en A Sua Immagine (30 agosto) – fue normal como para la gran mayoría de los sacerdotes”. El agradecimiento más grande lo debe a su mamá que quedó viuda muy joven. “Mi familia era muy pobre: soy el último de ocho hijos. Ahora bien, ella nos supo transmitir un testimonio cristiano de gran espesor además de los valores de la honestidad, el respeto a las normas. La mujer que me dio la vida me enseñó que Dios es un Padre que escucha y que no deja de dar lo necesario a sus hijos”.

Don Aniello encarna perfectamente las características de un sacerdote de frontera: “La frontera es el límite, la frontera de una ciudad es la periferia, la frontera de Jerusalén está afuera de los muros donde Cristo nació y donde también fue crucificado. Hoy, a los 60 años, puedo decir que mi elección de estar con los últimos, los pobres, los desheredados, deriva precisamente de este principio. Amo ayudar a quien ha sido víctima de prepotencias por parte de la camorra, del crimen organizado, como mi gente del barrio Don Guanella de Scampia que sufre aún hoy cotidianamente violencias, vejaciones de un poder criminal camorrista que hace el bien y el mal tiempo gracias a la ausencia del Estado, pero también un compromiso poco incisivo de las fuerzas del orden, es decir, una represión poco eficaz”.


No obstante las miles de dificultades, las amenazas del clan hegemónico, las miles de irritaciones y el silencio de la gente: “La experiencia en Scampia fue el don más bello que el Señor podía darme. ¿Qué es el sacerdocio, de hecho, si no ‘pan partido’ junto a los hermanos? Aquellos años, por lo tanto, fueron ocasión para medirme directamente con los problemas de la gente, la posibilidad de vivir intensamente la utilidad de mi ser sacerdote. Son siempre los pobres, los acogidos y los amados, los que dan valor a mi vocación. Alguien me acusó de ser un asistente social, siempre he respondido que no hay nada mejor que celebrar la Eucaristía en contacto con un cuerpo sufriente, con un hermano que recibe “latigazos” sin tener voz porque tiene miedo. La evangelización más fuerte es dar respuesta a la sed de justicia.

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Para hacer renacer Scampia se necesita trabajo, Evangelio y cultura, continúa don Aniello: “no es posible mostrar los músculos deteniendo a los mal vivientes sin dar perspectivas y esperanza a quien pretende vivir dignamente. Hoy, el mal de Scampia, como en otros barrios pobres italianos, es el desempleo: el 85% de los jóvenes está sin trabajo. Y esta falta de futuro está creando en las nuevas generaciones un germen de fatalismo y resignación que debemos absolutamente derrotar”.