San Ildefonso es uno de los grandes santos españoles. Padre de la Iglesia, fue arzobispo de Toledo, es patrono de esta ciudad y también de la de Zamora, donde se conservan sus restos. La Iglesia celebra su fiesta el 23 de enero y en ella se reconoce como en el siglo VII hizo una férrea defensa de la Inmaculada Concepción de la Virgen y de su virginidad. Luchó con fuerza contra las herejías de su tiempo y fue un ejemplo para todos los creyentes.

Índice para conocer mejor todo lo relacionado con este santo

¿Quién fue San Ildefonso?

San Ildefonso, acérrimo defensor de la Virgen

San Ildefonso, “capellán y fiel notario” de la Virgen

San Ildefonso, Padre de la Iglesia

Palabras de San Ildefonso

Oración a la Virgen de San Ildefonso

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¿Quién fue San Ildefonso?

San Ildefonso es una de las grandes figuras de la Iglesia Católica en España, cuya importancia ha sido fundamental en la Iglesia universal, motivo por el cual tiene el título de Padre de la Iglesia, junto a otros importantes santos de Oriente y Occidente.

Ildefonso fue obispo de Toledo, sucediendo a San Eugenio, y participó en varios de los concilios de Toledo. En su vida destacó por su importante labor catequética defendiendo la virginidad de María y por exponer la verdadera doctrina del bautismo.

Nació en Toledo aproximadamente en el año 606. Era hijo de Esteban y Lucía, y pertenecía a una familia noble visigoda emparentada con el rey Atanagildo. Era a su vez sobrino de San Eugenio, al que sucedería en la sede episcopal de Toledo, que fue además responsable de su educación. Siendo un poco más mayor fue enviado a Sevilla y confiada su formación a San Isidoro, doctor y padre de la Iglesia. Allí además de recibir una sólida formación en Filosofía y Humanidades se convirtió en uno de los alumnos predilectos de este santo.

A su vuelta a Toledo ingresó en el monasterio Agaliense, no sin dificultades, y fue ordenado diácono por San Eladio. Los monjes del monasterio de san Cosme y san Damián le nombraron su abad, dignidad que también obtuvo a la muerte de Deusdedit en el monasterio donde había profesado, haciéndose admirar por el celo que desplegó en la reforma de su Orden, por su fe y su inagotable caridad. Una vez que fallecieron sus padres fundó con la herencia que recibió un convento de monjas.

Tras la muerte de su tío San Eugenio fue elegido arzobispo de Toledo, sede que ocupó desde el año 657 hasta su muerte en el 667. Durante todo este tiempo no sólo promovió la fe sino que la defendió de los errores y herejías. Especialmente, defendió la virginidad de María con el libro De virginitate perpetua Sanctae Mariae adversus tres infidelis. Del mismo modo, durante su vida dejó otros importantes escritos como el que realizó acerca del sacramento del bautismo, De cognitione baptismi, De itinere vel progresso espirituali diserti quo pergitur post baptismum.

Cuando falleció fue enterrado en iglesia toledana de Santa Leocadia. Sin embargo, tras la invasión musulmana sus restos fueron trasladados hasta Zamora, ciudad en la que reposan en estos momentos.

Tal y como recoge la Real Academia de la Historia, gracias al Elogium beati Ildefonsi se tiene un inventario completo de la producción literaria de Ildefonso, lo que permite conocer el gran número de obras perdidas de este autor. Según San Julián, su sucesor como arzobispo de Toledo, el propio Ildefonso distribuyó sus obras, en razón de sus contenidos, en cuatro grandes secciones, cada una de las cuales ocuparía, quizás, un códice: composiciones teológicas y litúrgicas (una), epístolas (dos), escritos litúrgicos de ocasión resultado de su actividad pastoral (misas, himnos y sermones) (tres), y epigramas y epitafios (cuatro). De todas ellas, San Julián cita expresamente los títulos siguientes: Liber prosopopeiae imbecillitatis propriae, suerte de autobiografía moral de carácter edificante; Opusculum de proprietate personarum Patris et Filii et Spiritus Sancti, tratado teológico sobre la Santísima Trinidad, y tres opúsculos sobre los oficios eclesiásticos y la liturgia, elaborados durante su etapa de monje en Agali: Adnotationes actionis diurnae, Adnotationes in sacris y Adnotationes in sacramentis.

San Ildefonso, acérrimo defensor de la Virgen

Ildefonso fue uno de los autores más destacados de la Hispania visigótica. Y una de las características de San Ildefonso es su marcado carácter mariano y su defensa de la Virgen ante los errores y herejías de su tiempo.

En su obra De virginitate perpetua Sanctae Mariae adversus tres infideles combatió las herejías que atentaban contra la Perpetua Virginidad de María, convirtiéndose así en defensor del dogma. Tal y como detalla el padre Félix López S.H.M. el libro consta de tres partes: defensa de la virginidad de María en el parto contra Joviniano, defensa de la virginidad de María en el parto y después del parto contra Helvidio y, finalmente, proclamación de todas las grandezas de María, junto a su perfecta virginidad, contra un judío. Esos son los tres infideles contra quienes dirige el escrito. Esta obra es considerada como el monumento mariano más importante de la literatura patrística hispana.

Otro elemento destacable de San Ildefonso en esta cuestión es el haber sido el precursor de la esclavitud mariana. Sería siglos más tarde cuando otros grandes santos como San Luis María Grignion de Montfort y San Maximiliano Kolbe mostrarán al mundo esta práctica de la esclavitud mariana.

De este modo, algunos de los escritos de San Ildefonso muestran con gran amor, profundidad y devoción su deseo de vivir como un esclavo de María: “Cuán prontamente deseo hacerme esclavo de esta Señora, cuán fielmente me deleito con el yugo de esta esclavitud, cuán plenamente ansío obedecer sus mandatos, cuán ardientemente quiero no verme libre de su dominio, cuán ávidamente anhelo no verme jamás separado de servirla”.

En otro lugar escribe: “Por esto yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Por eso tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor. Por esto yo soy esclavo de la esclava de mi Señor, porque tú, mi Señora, has sido hecha Madre de mi Señor. Por esto yo he sido hecho tu esclavo, porque tú has sido hecha Madre de mi Hacedor”.

Pero el amor a la Virgen trasciende toda su vida y su amor queda patente en escritos como este: “He aquí que tú eres dichosa entre las mujeres, íntegra entre las recién paridas, señora entre las doncellas, reina entre las hermanas. He aquí que desde ese momento te dicen feliz todas las gentes, te conocieron feliz las celestes virtudes, te adivinaron feliz los profetas todos y celebran tu felicidad todas las naciones. Dichosa tú para mi fe, dichosa tú para mi alma, dichosa tú para mi amor, dichosa tú para mis predicciones y predicaciones. Te predicaré cuanto debes ser predicada, te amaré cuanto debes ser amada, te alabaré cuanto debes ser alabada, te serviré cuanto hay que servir a tu gloria”.

Aparición de la Virgen a San Ildefonso, de Bartolomé Esteban Murillo

San Ildefonso, “capellán y fiel notario” de la Virgen

El profundo amor y la defensa que siempre realizó de la Virgen tuvo una gran recompensa. Su devoción a la Inmaculada Concepción de María doce siglos antes de que se proclamara su dogma recibió como regalo una aparición de la propia Madre de Cristo.

Ocurrió en una noche fría de diciembre cuando San Ildenfonso acudía junto a sus clérigos y algunos más a la iglesia a cantar himnos en honor a María. Entonces vieron que en la capilla había una luz que brillaba deslumbrante. La mayoría huyeron despavoridos excepto el santo y sus dos diáconos.

Al acercarse al altar se encontraron a María, la Inmaculada Concepción, sentada en la silla del obispo y acompañada de vírgenes que entonaban cantos celestiales. La Virgen le hizo seña para que se acercara. El santo así lo hizo y la Virgen le regaló una casulla. Le dijo: “Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi hijo te envía de su tesorería”. Ella misma lo invistió y le dijo que sólo la usara en los días festivos designados en su honor. La aparición y la casulla fueron tan evidentes que el Concilio de Toledo fijó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. En el Acta Sanctorum este hecho aparece como El Descendimiento de la Santísima Virgen y de su Aparición.

San Ildefonso, Padre de la Iglesia

El santo toledano es una de las mayores glorias de la Iglesia Católica en España y ostenta el título de Padre de la Iglesia. Entre los padres de Oriente y Occidente hay varios padres de origen hispánico. Junto a San Ildefonso hay otros cinco: San Isidoro de Sevilla y su hermano San Leandro, Osio de Córdoba, San Gregorio de Elvira y San Martín de Braga.

Los Padres de la Iglesia son cristianos y teólogos que fueron los primeros en definir y explicar la fe cristiana. Su testimonio de conjunto es el factor más importante de la tradición cristiana fuera de la Sagrada Escritura por su proximidad a ésta. Las características que el magisterio eclesiástico requiere para aplicar a una persona el título de padre de la Iglesia son la doctrina ortodoxa (la cual no implica inerrancia ni excluye de errores en cuestiones particulares); santidad de vida; reconocimiento por parte de la Iglesia y, finalmente, haber vivido en la época que termina hacia el siglo VIII aproximadamente.

No hay que confundir a los Padres de la Iglesia con los Doctores de la Iglesia. Estos últimos son aquellos cristianos que se distinguieron por su notorio conocimiento teológico en cualquier momento de la historia. Por ello, hay doctores de todas las épocas del cristianismo, desde San Ambrosio y San Agustín, de los primeros siglos, a Santa Teresa de Jesús (s. XVI) hasta Santa Teresita de Lisieux (siglo XIX).

Palabras de San Ildefonso

En su libro sobre el bautismo y que recoge el Oficio de Lectura en la memoria obligatoria de San Ildefonso se recogen estas reflexiones del santo:

“Vino el Señor para ser bautizado por el siervo. Por humildad, el siervo lo apartaba, diciendo: Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Pero, por justicia, el Señor se lo ordenó, respondiendo: Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

»Después de esto, declinó el bautismo de Juan, que era bautismo de penitencia y sombra de la verdad, y empezó el bautismo de Cristo, que es la verdad, en el cual se obtiene la remisión de los pecados, aun cuando no bautizase Cristo, sino sus discípulos. En este caso, bautiza Cristo, pero no bautiza. Y las dos cosas son verdaderas: bautiza Cristo, porque es él quien purifica, pero no bautiza, porque no es él quien baña. Sus discípulos, en aquel tiempo, ponían las acciones corporales de su ministerio, como hacen también ahora los ministros, pero Cristo ponía el auxilio de su majestad divina. Nunca deja de bautizar el que no cesa de purificar; y, así, hasta el fin de los siglos, Cristo es el que bautiza, porque es siempre él quien purifica.

Por tanto, que el hombre se acerque con fe al humilde ministro, ya que éste está respaldado por tan gran maestro. El maestro es Cristo. Y la eficacia de este sacramento reside no en las acciones del ministro, sino en el poder del maestro, que es Cristo”.

Acerca de su celo en la defensa de la Virgen estos dos escritos dejan clara su vehemencia:

Escrito a Joviniano: “No te permito alegar que la pureza de nuestra Virgen fue maculada en el parto, que separes la integridad de la maternidad; no consiento que rompas el sello de la virginidad en el orto del que nace, no tolero que prives a la Virgen del oficio de Madre o sustraigas a la Madre la plenitud de la gloria virginal”. De igual modo afirma: ‘Virgen antes de la llegada del Hijo, virgen después de engendrar al Hijo, virgen en el nacimiento del Hijo, virgen después de nacido el Hijo”.

A Helvidio le dice: “No tolero que intentes ofender la posesión de Dios, que dañes con opinión despectiva la mansión de la divinidad ni que afirmes que cualquiera pudo allegarse a la puerta de la Casa de Dios, que fuera cerrada a su salida… Se unen el honor de la Madre y de la Virgen, el pudor de la Virgen y de la Madre, la virginidad en la Madre que engendra y el poder de engendrar a la Virgen, todo ello en una misma persona”.

Oración a la Virgen de San Ildefonso

A ti acudo, única Virgen y Madre de Dios. Ante la única que ha obrado la Encarnación de mi Dios me postro.

Me humillo ante la única que es madre de mi Señor. Te ruego que por ser la Esclava de tu Hijo me permitas consagrarme a ti y a Dios, ser tu esclavo y esclavo de tu Hijo,

servirte a ti y a tu Señor.

 

A Él, sin embargo, como a mi Creador y a ti como madre de nuestro Creador;

a Él como Señor de las virtudes y a ti como esclava del Señor de todas las cosas; a Él como a Dios y a ti como a Madre de de Dios.

 

Yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor.

 

Concédeme, por tanto, esto, ¡oh Jesús Dios, Hijo del hombre!: creer del parto de la Virgen aquello que complete mi fe en tu Encarnaciòn; hablar de la maternidad virginal aquello que llene mis labios de tus alabanzas; amar en tu Madre aquello que tu llenes en mi con tu amor; servir a tu Madre de tal modo que reconozcas que te he servido a ti; vivir bajo su gobierno en tal manera que sepa que te estoy agradando y ser en este mundo de tal modo gobernado por Ella que ese dominio me conduzca a que Tú seas mi Señor en la eternidad.

 

¡Ojalá yo, siendo un instrumento dócil en las manos del sumo Dios, consiga con mis ruegos ser ligado a la Virgen Madre por un vínculo de devota esclavitud y vivir sirviéndola continuamente!

 

Pues los que no aceptáis que María sea siempre Virgen; los que no queréis reconocer a mi Creador por Hijo suyo, y a Ella por Madre de mi Creador; si no glorificáis a este Dios como Hijo de Ella,  tampoco glorificáis como Dios a mi Señor. No glorificáis como Dios a mi Señor los que no proclamáis bienaventurada a la que el Espíritu Santo ha mandado llamar así por todas las naciones; los que no rendís honor a la Madre del Señor

con la excusa de honrar a Dios su Hijo.

 

Sin embargo yo, precisamente por ser siervo de su Hijo, deseo que Ella sea mi Señora; para estar bajo el imperio de su Hijo, quiero servirle a Ella; para probar que soy siervo de Dios, busco el testimonio del dominio sobre mi de su Madre; para ser servidor de Aquel que engendra eternamente al Hijo,

deseo servir fielmente a la que lo ha engendrado como hombre.

Pues el servicio a la Esclava está orientado al servicio del Señor;

lo que se da a la Madre redunda en el Hijo;

lo que recibe la que nutre termina en el que es nutrido,

y el honor que el servidor rinde a la Reina viene a recaer sobre el Rey.

 

Por eso me gozo en mi Señora,

canto mi alegría a la Madre del Señor,

exulto con la Sierva de su Hijo, que ha sido hecha Madre de mi Creador

y disfruto con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne.

Porque gracias a la Virgen yo confio en la muerte de este Hijo de Dios

y espero que mi salvación y mi alegría venga de Dios siempre y sin mengua,

ahora, desde ahora y en todo tiempo y en toda edad

por los siglos de los siglos.

Amén.