Hace un año era asesinado en el altar de la pequeña iglesia de Saint Etienne-du-Rouvray a manos de dos yihadistas que le degollaron. Se trataba del anciano sacerdote de 85 años Jacques Hamel. Este atentado conmocionó al mundo y 365 días después este religioso que seguía al píe del cañón sirviendo a los católicos ya está en proceso de beatificación generando unidad en un país como Francia, en el que hasta el presidente, Emmanuel Macron, dio las gracias a la Iglesia por su testimonio de oración y perdón.

Los frutos de este martirio ya se empiezan a notar, asegura el postulador de la causa de beatificación del padre Hamel. Sin embargo, hay otro que ya sea por la providencia o por la mera casualidad ha llamado la atención del mundo entero.


En el mes de julio, justo un año despés de que el padre Hamel fuera asesinado, la Iglesia ha ordenado diácono a otro Hamel, al joven de 25 años Julien Hamel, que en pocos meses será sacerdote. Esta Archidiócesis de Ruán que cuenta con apenas 100 curas diocesanos tendrá en breve un nuevo sacerdote, el primero que será ordenado desde que se produjera este atentado. Se fue un Hamel y le sustituirá otro, aunque ambos no sean familia ni tengan parentesco.

De esta manera, esta diócesis tendrá un nuevo dos padres Hamel, uno al que pedir la intercesión desde el cielo y otro al que recurrir en la tierra para las necesidades espirituales.

El pasado 2 de julio, el arzobispo Lebrun, el mismo que presidió el funeral por el sacerdote mártir, ordenaba diácono a este joven de 25 años en una emocionante ceremonia. Natural de Normandía sabe que este es un hecho simbólico pero que le está ayudando en su vocación y para su ya cercana vida sacerdotal.


Julien Hamel cuenta que se encontraba en la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia cuando se enteró del asesinato de este sacerdote de su diócesis. “Esta muerte ha sido un testimonio para mí. Pone en el centro el don de cómo debe ser nuestra vida en la Iglesia y pone de relieve la grandeza del ministerio sacerdotal”, asegura el joven diácono, tal y como informa Le Parisien.

Solo una vez había coincidido con Jacques Hamel, durante una misa el jueves Santo en Rouen. Y asegura que siente su fuerza e intercesión y no miedo. “No tengo dudas, por el contrario, se ha fortalecido mi vocación”.

Hamel afirma que “gracias a la comunión de los santos” se encuentra muy cerca de los difuntos como con el sacerdote con el que comparte apellido. “Estoy seguro de que reza por nosotros. Por mi parte, me encomiendo a sus oraciones, me coloco bajo su protección y le pido que vele por mí”.


Preguntado sobre si tiene miedo a que le pueda ocurrir como a su paisano, el joven tiene claro que “nosotros seguiremos celebrando misa durante toda la semana. Los riesgos están en todas partes”. Y aunque afirma que no se ve como “un aspirante a mártir” pues “uno no sale por ahí buscando el martirio” está dispuesto a vivir la vocación “con todo lo que Dios me pida”.


Julien Hamel, junto al arzobispo Lebrun, en su ordenación diaconal el pasado 2 de julio

Su vocación al sacerdocio le viene desde niño y se muestra muy orgulloso de ello. Aunque fue en la universidad cuando dio el paso adelante para ingresar en el Seminario, Julien afirma que el momento clave se produjo el día de su primera comunión. “Me llevó años entender esta alegría, este impulso espiritual que sentí ese día y discernir una llamada verdadera de Dios”.


En un testimonio publicado por la Archidiócesis asegura que existen varios factores que ayudaron a crecer y dejar clara su vocación al sacerdocio.

“El primer elemento es la familia. Hay que convencerse de que la familia es un caldo de cultivo para las vocaciones. Los primeros educadores en la fe, no son los curas ni los catequistas, son los padres los que tienen la misión de sentar una base sólida en la fe de sus hijos”, afirma convencido este joven que pronto será ordenado sacerdote.

El segundo factor que influyó de manera importante fue el haber sido monaguillo de niño, “al menos para mí fue decisivo”. Recuerda que durante los diez años que ayudó al sacerdote el hecho de estar cerca del altar, de vivir la liturgia y contemplar su belleza le ayudó a ver más claramente esta llamada.

El tercer elemento es el testimonio de los sacerdotes con los que se ha ido encontrando en su vida. “Hay varias etapas en una vocación. La mayoría de las veces, te identificas primero con un sacerdote a quien te gustaría parecerte. Después, te vas separando gradualmente de esa referencia humana y te vas volviendo un hombre dedicado a la Iglesia, completamente entregado a Dios”.