La familia es uno de los lugares preferentes donde se cultiva una vocación. La transmisión de la fe a los hijos y el vivirla de forma natural en el hogar rompe barreras para tener un contacto directo con Dios. Y aunque en estos momentos las vocaciones en Occidente viven una crisis no es infrecuente encontrar a hermanos de sangre que han optado por la vía religiosa.

Sin ir más lejos, el sacerdote fallecido recientemente en la explosión de la parroquia de La Paloma en Madrid, Rubén Pérez Ayala, tenía a su hermano menor Pablo también como cura, quien presidió su funeral. En ReL también hemos contado la historia de cinco hermanas que están en el mismo convento e incluso hermanos gemelos que se forman para sacerdotes. Y hay muchas más.

La llamada de Dios es individualizada para cada uno, pero a menudo los protagonistas aseguran sentirse muy agradecidos por el apoyo que recibieron en su discernimiento vocacional de sus propios hermanos de sangre.

Para ellos, es importante tener un hermano que al haber optado previamente por este tipo de consagración entienda lo que significa vivir una vocación de este tipo. Además, el que uno de ellos opte por la vida religiosa abre camino en el resto de la familia pues normaliza y elimina prejuicios sobre esta elección de vida.

Dos de estos hermanos son los Langford. Él es seminarista y ella ha profesado sus votos como monja dominica de clausura. La educación recibida en casa y la fe transmitida por sus padres fue fundamental en el desarrollo de estas vocaciones.

David Langford es seminarista de la diócesis de Fort Wayne-South Bend, una de las diócesis más pequeñas de EEUU pero que es un vergel de vocaciones. En los últimos años está ordenando a numerosos sacerdotes y pese a ser una diócesis de apenas 160.000 católicos supera la treintena de seminaristas.

Hablando sobre su vocación explica que “según mis padres, cuando tenía unos 3 años iba en el coche con mi madre y le dije que había escuchado a ‘Jesús diciéndome que fuera sacerdote’. Decía misa cuando era niño, usaba galletas y zumo para el pan y el vino. Incluso recibí un ‘kit de misa’ para mi primera comunión. Este deseo por el sacerdocio permaneció conmigo durante toda la educación secundaria. Me involucré en el grupo de jóvenes y en el Proyecto Melquisedec, un grupo de discernimiento para jóvenes”.

De este modo, este joven señala que durante sus últimos años en Secundaria y tras haber visitado el seminario habló con el director de vocaciones y pidió ingresar en el seminario. Ya en él –asegura- “ha sido una experiencia maravillosa para mí y he crecido de muchas maneras diferentes desde que llegué. Algunos de los mejores años de mi vida han sido en el seminario”.

Ya como seminarista ha sido una ayuda en el proceso vocacional de su hermana, que el pasado mes de marzo, en plena pandemia hizo su primera profesión como dominica optando por el nombre de Lucía María de la Visitación.

Esta joven cuenta junto a su hermano que la familia ha jugado un papel fundamental en estas dos vocaciones. El domingo estaba dedicado al tiempo en familia. De niños su padre a menudo les leía historias clásicas como El Señor de los Anillos o La isla del tesoro, y jugaban a juegos de apologética.

Igualmente participaban en la oración familiar y cada uno rezaba un misterio del Rosario. También por las noches leían partes de la Biblia. Esto lo contemplaban yendo a misa no sólo los domingos sino tres veces a la semana.

También la ya hermana Lucía María sintió la llamada desde niña. Cuando tenía alrededor de 10 años comenzó a compartir a sus amigos y familia su deseo de convertirse en monja algún día.

Aprovechando una visita a unos familiares visitó por primera a las dominicas de Newark, la que años después sería su hogar. Sin embargo, aconsejaron que primero obtuviera su título universitario.

Mientas asistía a la Universidad de Indiana la joven estuvo siempre en contacto con la comunidad, las hacía visitas ocasionales y recibía dirección espiritual de un sacerdote para resolver sus preguntas, dudas y la confirmación de su vocación como monja de clausura.

El pasado 20 de marzo vivió el momento más importante y aunque no pudo estar acompañado por sus padres o su hermano seminarista estaban en total comunión. Sor Lucía ingresó  al Monasterio de Nuestra Señora del Rosario en junio de 2017 para comenzar su discernimiento y formación. Habiendo pasado por sus etapas de Aspirante, Noviciado y Postulantado, hizo su Primera Profesión, el último paso antes de tomar sus Votos Solemnes.

Esta profesión incluye hacer votos de obediencia, pobreza y castidad. “De profesión, la monja se entrega a Dios, siguiendo a Cristo y llevando la vida evangélica en la Orden. Esta profesión es la vivencia más plena de su consagración bautismal y logra su efecto de manera más completa. Los años de votos temporales (para un total de nueve años de formación) le permiten prepararse para su consagración total (Votos Solemnes)”.

"¿Qué buscas?" preguntó la priora Mary Martin, mientras Lucía se postraba en el suelo del Coro (Capilla de las Monjas). “La misericordia de Dios y la tuya…” respondió ella. Y con eso, comenzó el rito.

Y su hermano David, quien está estudiando para el sacerdocio en el Seminario Mount St. Mary en Emmitsburg, Maryland, concluye con una afirmación basada en su experiencia: “Dios llama a quien llama, y ​​es más fácil responder al llamado de Dios cuando tienes una familia que te apoya”.

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