Hoy Vello Salo es famoso en Estonia con ese nombre, pero de niño su nombre era otro. Cuando le bautizaron en la Iglesia Ortodoxa al nacer en 1925 se llamaba Maple Endel.

Vivía en una granja espaciosa cerca de un pueblecito y sus padres eran maestros de primaria con amor a la cultura. Era un hogar cristiano, “en el que no se hablaba demasiado de religión pero se vivían muchas virtudes”.

Al acabar la primaria, el joven Maple empezó a estudiar en un internado en la cercana ciudad Poltsamaa donde recibió sus primeras clases de latín, una lengua que luego le ayudaría.


En octubre de 1939, cuando tenía 14 años, 25.000 soldados de la Unión Soviética ocuparon Estonia. “Mi padre fue destituido de su cargo como director de escuela y nuestro mundo cambió”.

En verano de 1940, la URSS declaró que el gobierno estonio había “conspirado” contra el gigante soviético y reconvirtió el país, de menos de un millón de habitantes, en una nueva República de la URSS.


Un año después el ejército alemán entraba en Estonia. Al principio algunos pensaban que eran unos libertadores: enseguida vieron que eran unos ocupantes más. Maple, con 16 años, sabía que los alemanes le iban a reclutar como carne de cañón para su guerra, así se fugó del país. Para los alemanes era deserción, y debía ser castigada con pena de muerte.

Pero de hecho él, como otros jóvenes, quería luchar contra los soviéticos. Como otros 3.400 estonios se integró en los batallones finlandeses que luchaban contra los soviéticos. Su padre había muerto en un combate contra el Ejército Rojo.


“Yo era un buen tirador y deseaba vengar la muerte de mi padre, pero Dios tuvo misericordia de mí y en mi pelotón no tuvimos ningún encuentro armado ni me vi en la tesitura de matar a nadie”. En Finlandia recibió entrenamiento en construcción y voladura de puentes.



Jóvenes estonios entrenados por los finlandeses


Al verano siguiente, desertó de los batallones finlandeses con casi otros 2.000 estonios que querían luchar contra los nazis en Estonia, y no contra los rusos en Finlandia. Era otra deserción que en tiempo de guerra implicaba otra pena de muerte. ¡Y apenas tenía 18 años!

“Logramos desarmar algunos soldados del ejército nazi pero pronto me atraparon y en una soleada mañana de septiembre de 1944 me destinaron a Alemania como prisionero”.


Maple decidió cambiar de bando una vez más: al fin y al cabo ahora los asesinos de su padre volvían a controlar su amada Estonia, lo que tocaba era combatir a los soviéticos. Sin ninguna simpatía con el ideario nazi, se unió al ejército alemán por “un sentimiento patriótico y de venganza”.

En abril de 1945 formó parte de la guerra de Chequia, en Silesia, hasta que llegó la gran desbandada del ejército alemán. Durante varios días, con una bicicleta y vestido de soldado alemán, huía por las montañas, sólo, a menudo de noche.


En Teplice, ciudad famosa por sus termas, una mujer le llamó, apiadado al verlo tan joven y vestido con el uniforme de los alemanes en retirada, y le dio ropa de civil. Era su tercera deserción.

En un control alemán se inventó que su padre era finlandés (un estado semi-aliado con Alemania sólo para evitar a los soviéticos) y su madre italiana (aliada de Hitler pero ahora estaba bajo control occidental). Dijo que quería ir a Italia. Le juntaron con unos prisioneros italianos.

Hablándoles en lo que sabía de latín dijo que se llamaba Vello Salo, un nombre fácil de pronunciar en muchas lenguas. Con ese nombre evitaría represalias contra su familia que quedaba en Estonia. Y con los prisioneros italianos lo enviaron a Roma.


Al llegar, se tomó dos helados (“era un chico de 19 años que deseaba olvidar la pesadilla de la guerra”) y fue a hablar con el secretario de la embajada de Finlandia, quien le buscó un refugio temporal en un lugar donde acogían perseguidos de todo tipo… el monasterio de las monjas brigidinas junto a la Plaza Farnese.

“Nunca había estado dentro de un convento, y menos católico”, recuerda. Le recibió una abadesa sueca, “de setenta y tantos años, muy esbelta, que me miraba afectuosamente”.



La beata Elisabeth Hesselblad, sueca convertida al
catolicismo en Nueva York... y abadesa en Roma
en la Segunda Guerra Mundial


Él no sabía que tenía delante a la beata Elisabeth Hesselblad, que sería considerada “la segunda Brígida”: de origen luterano se había convertido al catolicismo siendo inmigrante en Nueva York y cuidando enfermos pobres de fe católica a principios de siglo, y dedicó su vida a los enfermos, al diálogo ecuménico y a promover la fe católica en el mundo escandinavo. En 2004 su recuerdo sería incorporado al Memorial Yad Vashem en Israel por haber ocultado numerosos judíos en el convento. De hecho, Vello Salo vio varios allí.

El convento ocultaba tanta gente que Madre Elisabeth alojó a Vello en una capilla de estilo neogótico dedicada a Ricardo Reynolds, monje inglés ejecutado en 1535 por no aceptar el Acta de Supremacía de Enrique VIII sobre la iglesia. Entonces era sólo un beato mártir, pero Pablo VI lo canonizó en 1970.


“Yo era un joven soldado estonio de religión ortodoxa, prófugo del ejército alemán -entre otros- refugiado con judíos romanos en la capilla de un monasterio católico de monjas. Lo único que sabía de ellas era que las había fundado santa Brígida, una santa sueca bastante conocida en Estonia, que había muerto precisamente en aquel monasterio. Los refugiados vivíamos y dormíamos en los sitios más inverosímiles: en los pasillos, en la iglesia… Y el coraje, la valentía y la caridad de la madre Elisabeth y del resto de las monjas me enseñaron, sin necesidad de palabras, la realidad del catolicismo”.

Vello quiere detallar lo vivió esos días, una transformación total: de la guerra al convento, del odio a la fraternidad.

“Yo había vivido hasta entonces en un mundo dominado por el odio, el rencor, la violencia y el espíritu de venganza, junto a la indiferencia, cuando no el gozo, ante el sufrimiento ajeno. Y allí vi, día tras día, como aquellas mujeres se jugaban su propia vida para salvar la de unos refugiados como nosotros, con los que no tenían prácticamente nada en común. ¡Ni siquiera éramos de su misma religión! La única explicación era su amor a Cristo. Y allí aprendí el sentido cristiano del perdón”.


En el convento, refugiado, no había mucho que hacer: hablar y leer. Empezó a estudiar la fe católica, habló con las monjas de la locura de la guerra, de Dios, de Cristo, ellas le contaron que habían rezado por su conversión, y él decidió incorporarse a la Iglesia Católica.

Cuando llegó la liberación de Roma, se ofreció a Radio Vaticana para radiar sus emisiones en estonio, que bajo el dominio soviético eran la única conexión de los católicos estonios con la fe. Los soviéticos no habían dejado –ni dejarían- ni un solo sacerdote católico en el país, ni una iglesia abierta.

En esa época, Radio Vaticana emitía desde el edificio del antiguo Observatorio Astronómica. Vello Salo salió en antena con 23 años traduciendo al estonio el mensaje de Navidad de Pío XII escrito con el estilo ampuloso de la época. Él era la voz prohibida, la voz que tronaba con el mensaje de Dios y que el régimen comunista intentaba tapar.


Se aficionó a la radio de onda corta, a aprender idiomas y a conocer gente de mil países en la cosmopolita Roma. Fue camarero con la clásica chaqueta blanca y así perfeccionó su italiano.

Después estudió en Suiza y Amsterdam con una beca para jóvenes afectados por la guerra, y luego filosofía en la Gregoriana. Se ordenó sacerdote. Vivió en Jordania para mejorar sus estudios bíblicos, y en Suecia. Fue profesor de la Universidad de Toronto, en Canadá.



Al caer el régimen soviético volvió a Estonia, donde es un intelectual reconocido y capellán del monasterio de las brigidinas en Pirita. Está traduciendo la Biblia al estonio, y es un lingüista reconocido por su Manual Etimológico de la Lengua Estonia.


A sus 89 años está fuerte y activo. Sigue siendo un luchador: acude a las manifestaciones provida y en defensa de la familia y el matrimonio.




Sube al escenario y lee poesía por la vida y la familia, como un veterano disidente de la época de la tiranía soviética. Su voz, que generaciones escucharon a escondidas en Radio Vaticana, prohibida por el régimen ateo, sigue siendo una denuncia contra el poder que daña al hombre.

(La historia de Vello Salo y otros 22 testimonios de personas de fe y coraje de los países bálticos se pueden leer, más detallados, en el libro "El baile tras la tormenta" de José Miguel Cejas)