Trabajar en el mundo del entretenimiento era más que un oficio para Enrique Samson. En sus palabras, quien estuvo ligado por más de 15 años a la televisión, comenta que llegó a ser “adictivo”. Perfección era la máxima de su ego como gerente de programación de Televisión Azteca.

Pasaba la semana entre Ciudad de México y Miami, gestionando diversas producciones y en su tiempo libre se ‘relajaba’ con buenas dosis de adrenalina que le inyectaban los deportes extremos. Sin grandes convicciones, era un católico sin raíz según narra el portal de la comunidad Regnum Christi.

“Hasta pensaba que era un buen católico porque iba a misa los domingos y me confesaba cada vez que me sentía incómodo”, señala.


En verano de 2001, con una moto todo terreno se había clasificado en la final del Marlboro Adventure Team.

Estaba feliz… y dispuesto a todo riesgo con tal de ganar. “Estaba entrenando con una moto Enduro prestada, cuando perdí el control y me caí. Mi pie quedó atorado en el pedal mientras la moto me torcía la pierna en el sentido opuesto. Igual que cuando le arrancas la pierna a un pollo, escuché y sentí cómo se me rompían los ligamentos uno por uno. El amigo que estaba conmigo trató de ayudarme a caminar, pero la pierna se me doblaba como popote (bombilla) para atrás y para los lados”.

Estuvo casi dos años en terapia física y cirugías. Abatido, las respuestas que no encontraba en la razón o la ciencia comenzó a buscarlas “como un niño”, señala, con su frágil fe.

En la angustia de pensar que quedaría postrado, sin caminar, “le prometí a Dios dedicarle un año si Él me devolvía mis piernas y le dije «ayúdame a curarme y te prometo que te doy un año como colaborador del Regnum Christi»”.

En el fragor del miedo y la angustia se lanzó a la piscina con lo que tenía.

Y hubo respuesta pues vivió un proceso de recuperación extraordinario que sorprendió a los médicos.

Pero también le advirtieron en el alta que estaba incapacitado para el deporte extremo. “Ahí se acabó el montañismo, la vela, el esquí y la posibilidad de seguir probando”.


Enrique entonces apuntó con mayor ahínco a escalar en su trabajo… con la promesa hecha a Dios algo olvidada. En el canal le ofrecieron un cargo más influyente y no se resistió negociando un sueldo bastante más alto del que ya percibía.

“Así fue como volví a mi normalidad, con el mismo estilo de vida materialista o quizá peor que antes. Eso sí, sin dejar de lado mis retiros y eventos de formación en la sección de jóvenes. Ahí estaba yo, congruente en mis incongruencias, y Dios mandándome pequeñas señales para que cambiara”.

Pero Dios, que tiene sus tiempos, le salió al camino y empezó a comprender, señala Enrique, que las desgracias son bendiciones disfrazadas…

“Un día, el anfitrión de uno de los programas que producía, hizo un comentario bastante fuerte justo cuando según el rating de audiencia marcábamos 1.4 millones de niños viendo el programa. Eventos similares generaron -con toda razón- conflictos muy duros que tuve con los directivos de la televisora. A la hora de recibir estos «golpes», me daba cuenta de lo poco preparado que estaba para defender la tremenda responsabilidad social que implicaba mi trabajo”.


Confrontado en el lugar de su trabajo, el espacio donde Dios hasta ese minuto no entraba, “rezaba para tomar mis decisiones y enfocarme en lo que realmente vale la pena. Fue entonces que Dios me recordó mi promesa... Dios no había dejado nuestro pacto en el olvido y finalmente, a la edad de 33 años, acepté su invitación a darle un año de mi vida; ocho años después de mi accidente. Meditando en todos los regalos recibidos desde mi concepción, me quedó clarísimo que doce meses de mi vida no son nada. Hasta le quedo debiendo. De verdad: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?»”.

Una cosa llevó a la otra y la sed de ir a por más compromiso iba nutriendo y madurando su fe. Transcurrieron dos años de servicio acompañando comunidades de la Legión de Cristo.

“Estuve en la dirección general en Roma, en la comunidad de apostolado de Madrid, en la dirección territorial de París, en medicina en México, como en ocho o nueve comunidades. Esta es una familia en Cristo, con muchas diferencias, y a pesar de eso, es un gimnasio de la caridad impresionante. Las cosas funcionan, la gente pone su mejor esfuerzo, Cristo está a cargo”.


Hoy, radicado en Atlanta, Estados Unidos, cambió las cámaras del set televisivo por las fotográficas, captando paisaje humano y los estados del alma que ello sugiere, indica. (Ejemplos de su trabajo en EnriqueSamson.com)

“Hace apenas unos años creía que la felicidad era llenarme de adrenalina, rodearme de juguetes y de ruido. Con mi accidente entendí finalmente que el silencio interior no tiene precio. Se me acabaron muchos deportes. Ahora sólo puedo ver jugar a los demás pero me sirve de recordatorio que la vida es frágil. Doy gracias por el simple hecho de caminar. Mis rodillas, 40 años más viejas que yo, me duelen todas las noches. Perdí un ligamento, y los demás están detenidos con seis tornillos de titanio. Pero éstos no son nada comparados con los 3 clavos que Cristo soportó en manos y pies por mí”.