Resguardado entre los cerros de Auco, en Chile, rodeado de una naturaleza armoniosa y pacífica, se encuentra el claustro de las Carmelitas Descalzas; entre la brisa silenciosa y una calma que se manifiesta en todo el entorno, el monasterio nos abre sus puertas, para conocer a una de las hermanas que ha decidido vivir en un permanente encuentro con el Señor…. y suplicarle sin descanso por la salvación de todos.

La hermana María Benedicta, es una de las más jóvenes del lugar, con 32 años ama su entrega desde el silencio, el anonimato.

Nació en la localidad montañosa de Pirque, cercana a Santiago de Chile. Aunque es hija de padres separados su infancia fue feliz, siempre jugando en ese ambiente campestre.


Los hábitos religiosos no eran el lado fuerte de la familia por ello aún se emociona cuando como si fuere una visión sintió aquella certeza diáfana en el pecho…

“Tenía seis años de edad, estaba yo jugando y le dije a la mamá que ya sabía lo que quería ser cuando grande; ¡yo quería ser monjita y vivir en un cerro, y que yo no iba a salir de allí!”, dice sonriendo.

Pocas semanas después la niña fue atacada por una meningitis bacteriana. Tras un mes hospitalizada y no existiendo mejoras, el doctor le dijo a su madre que se preparara, porque la niña no respondía a los tratamientos; las bacterias en el cerebro se habían reproducido tan rápido que las opciones eran morir o quedar vegetal.

Su madre se reveló ante ese dictamen tan severo y de regreso a casa una mujer, que ella nunca había visto, se le acercó y le dijo que dejara actuar a Dios y que le entregara a él su hija.

Al día siguiente la niña tuvo un cambio repentino y sanó por completo.


A pesar de no haber estudiado en un colegio católico sino laico la hermana María Benedicta, siempre se sintió atraída hacia el mundo religioso. Recuerda que por las tardes solía ir a la biblioteca del colegio, para desde allí poder observar sin ser notada todos los sucesos religiosos que ocurrían o el ir y venir de feligreses en una capilla situada en la acera del frente. En ocasiones, venciendo su candorosa timidez cruzaba para tener ocasión de compartir alguna palabra con la monjita o el sacerdote que servían en el lugar.

Poco a poco la visión de la infancia fue adquiriendo forma en ella, pero “¿Qué era para mí esa vida? Tiene que ser algo muy grande para tomar una decisión así”, dice que reflexionaba.


Sin abandonar sus inquietudes fue una adolescente y joven como las de su generación… “algo rebelde como hija, alejándome de la fe, pero a la vez también volviendo” nos precisa.

“Yo deseaba estudiar Historia –prosigue-, me proyectaba, pero sentía que estaba llamada a otra cosa”… “al salir del colegio dejé de lado estas preguntas y estudié Turismo, pero nada daba respuestas a mi voz interior. Tenía buenos puestos, me iba muy bien, pero no me podía proyectar”, recuerda… manteniendo ese tono de voz que de sólo escucharle y observar su mirada serena, uno percibe la paz que hoy la habita.

A la hermana María Benedicta le encantaba bailar, salir a fiestas con las amigas y también sentir el amor latir… “Un pololeo feliz, me sentía totalmente enamorada, pero el Señor me fue mostrando que no…”


Tenía diecinueve años de edad, cuando después de la habitual misa del domingo ella tomó la hojita de lecturas como tantas veces, y entonces sus ojos se quedaron fijos en aquella frase… “Si te sientes llamada por el Señor ven y visítanos”. Llamó al fono que se publicaba, visitó el lugar, pero desde el primer momento supo que no sería esa su familia…

“Tras un par de años me decidí a enfrentar esta verdad y, recordando que en mi infancia había visitado aquel bello santuario en Rinconada descubrí lo que buscaba y escribí un correo electrónico a las hermanas del Monasterio. Estaba en el trabajo cuando me llegó el email de respuesta, no lo quería abrir, porque estaba muy nerviosa; en el mensaje me invitaban a visitarlas un fin de semana de marzo del año 2005”.

Al entrar al monasterio de las Carmelitas Descalzas en Auco (Chile) la tensión recorría todo su cuerpo y los brazos le pesaban. Pero nada más sentarse en las bancas de la capilla, ante el Santísimo “su paz me invadió, porque cuando uno se encuentra con el Señor, este Señor que lo puedes experimentar, aún en el dolor, uno cambia… Recordé mis rebeldías y supe que él quería algo más grande para mí y me mostraba su amor. Vi como poco a poco su amor se me había ido revelando”.

“¡Es ahí, es esa vida, es ahí donde el Señor me llama!” se repetía a sí misma de regreso hacia su casa.




Abandonar afectos, casa, familia, posibilidad de tener hijos puede parecer extremo a un mundo que no ha conocido aquello que late en el corazón de hombres y mujeres que, como esta Carmelita Descalza, están enamorados de Cristo…

“Nosotras hacemos voto de pobreza, obediencia y castidad porque el Señor nos ha llamado y regalado este don para llegar a ser uno con él. Es el Señor quien da la gracia, la capacidad y ese amor que yo podía expresar con un otro, se expande en él como amor pleno. En Dios y desde ahí hacia todo…porque a él me entregué, el me ama y tenemos algo en común, es un camino de amor juntos para amar a todos”

“A las jóvenes que sientan este llamado les digo… lo primero, silencio en él, mucha oración, porque desde ahí vendrá la claridad para entender lo que él está mostrando y la fuerza para resistir todo lo que se oponga; también la sabiduría de tener y permitir la guía de una religiosa o un sacerdote. Así el Señor nos da la gracia y la capacidad de amar…un signo importante de su presencia es la paz”.

Web de las Carmelitas Descalzas de Chile sobre la vocación aquí