Los años de experiencia confeccionando jeans han servido para que la colombiana Adriana Aristizábal inicie en poco tiempo un mercado innovador en el mundo de la ropa femenina. Entre pinzas, broches y telas, va adhiriendo frases del evangelio a sus creaciones, que por ahora comercializa entre conocidos y amigos.

“Lo que te exige la sociedad es que tengas el mejor cuerpo, la mayor cantidad de cirugías… entonces, ir en contra corriente es un desafío”, dice entusiasmada.

Tenía cinco años cuando su familia llegó a Medellín (Colombia). Orlando, su padre trabajaba en una empresa familiar ligada al transporte de pasajeros y debía pasar largas horas lejos del hogar para lograr proveer el sustento. Los tiempos para compartir, dice Adriana, se aprovechaban al máximo, porque Margoth, su madre también corría tras las horas… complementaba sus labores de dueña de casa con un pequeño emprendimiento de costura y bordado.

“Crecimos unidos, con mis hermanos, en una familia normal. Mi madre era quien rezaba el rosario, asistía a misa los domingo y siempre teníamos que acompañarla, no podíamos faltar”.


Entre sus hermanos su referente era Mauricio, el mayor de la familia. “Cada vez que llegaba del trabajo, alegraba la casa, era muy expresivo”.

Por eso, la temprana partida de su querido hermano fue un dolor casi intolerable para la pequeña Adriana. “En Medellín, como en toda Colombia, se usa mucho la motocicleta como medio de transporte. Mis dos hermanos mayores se trasladaban al trabajo en una sola moto y un vehículo no respetó la señalización, embistiéndolos violentamente. Fue terrible para nosotros, que siempre nos cuidábamos entre hermanos. Cuando acudimos al hospital mi madre estaba afuera esperándonos. Me abrazó y me dijo «tu hermano se murió»”.

Margoth en todo momento mostraba fortaleza y en esa circunstancia tampoco olvidó su rol protector. “Nos decía que saliéramos adelante, que todo iba a estar bien. Fue complejo asimilarlo, pero mi madre, aunque se quebrara por dentro, siempre buscó el equilibrio entre la oración y la vida”. Sin embargo Adriana sufría y recuerda que le recriminaba a Dios por arrebatarle a Mauricio, “dejando proyectos inconclusos… en ese tiempo yo pensaba que la gente se moría sólo cuando eran ancianos”.


Los años pasaron y el dolor de los Aristizábal recién se estaba cicatrizando. Adriana ya estaba en la universidad y Orlando, su padre, organizaba salidas esporádicas para disfrutar en familia el escaso tiempo que tenían para estar todos juntos. Así lo tenían planificado para aquél domingo 30 de octubre de 2005, pero como un mal presagio tuvo que posponer el paseo familiar por un inesperado llamado del trabajo. Tenía que salir de viaje. Se despidió de todos, asegurándoles que a su regreso algo harían juntos.

Adriana recuerda que fue su hermano quien le llamó, con la voz alterada, diciéndole que debía ir de inmediato a la casa. “No entendía el por qué, pero dejé todo y regresé a la casa. Cuando llego, me encuentro con todo un gentío en las afueras, los tíos y un montón de gente. Al verlos ahí me preguntaba qué es lo que había pasado. Entro y en el fondo de mi casa veo a mi madre… me acerco, la abrazo y ella me dijo ente lágrimas:  «El Señor nos volvió a visitar, ha muerto tu padre». Entré en pánico y desesperación cuando me dijo que las guerrillas paramilitares de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) lo habían asesinado en una confusa redada mientras manejaba el bus”.


“Eso fue como un puñal bastante fuerte -relata- pues me pregunté ¿Cómo es posible que una persona le quite la vida a otra? Me cuestioné todo, pero luego vi los expedientes del crimen y supe que los paramilitares habían hecho este alboroto, asesinando a mi padre, para causar pánico en medio de las elecciones presidenciales de Colombia. Mi padre había hecho un cronograma de viajes, pero a él le tocó dirigirse a un lugar que normalmente no le correspondía… la ciudad de Caracolí, cercana a Medellín. Bajaron a todas las personas del bus y lo quemaron. En tanto, los guerrilleros encañonaron a mi padre y su ayudante, disparándoles a ambos. La gente que fue bajada del bus relata que mientras ellos corrían, escucharon los disparos”.


Adriana no podía contener sus emociones y en poco tiempo la rabia crecía como una bestia sin control en su ser amenazando destrozar a los asesinos de su padre.

“Con lo de mi hermano, ya me había enojado contra Dios. En tanto, con lo de mi padre me fui contra las personas que lo hicieron. Llené mi corazón de mucho resentimiento aunque ni siquiera sabía dónde estaban. Me preguntaba por qué habían personas tan malas, por qué son capaces de robarle la paz a un hogar y que no miden las consecuencias que hacen con sus actos”.

Negándose a escuchar siquiera el nombre de Dios, sería Él quien vendría a su encuentro.

“Fue una tía quien en una visita que nos hizo, le habló a mi madre de un retiro espiritual. Quedamos de una pieza cuando nos hicieron la propuesta como familia. En lo personal me resistí, pero finalmente, puesto que todos iban, terminé aceptando…




La comunidad que les acogía lleva por nombre Lazos de Amor Mariano (www.lazosdeamormariano.net)‎ y aún recuerda cuando en medio de una motivación a la Adoración Eucarística que comenzaba “el monitor nos dijo que la mejor forma de perdonar a los asesinos era por medio de la oración”. Se estremeció, a milímetros de reaccionar contra esa afirmación.

Pero allí, ante el Santísimo Sacramento la palabra perdón se repetía en ella como campanadas que derrumbaban el odio interior.

La emoción le recorría y entonces sintió que en lo profundo de su ser Dios mismo le decía: «Te hice partícipe de mi dolor, de mi sufrimiento, para que repares mi corazón, seas testimonio y logres encaminarte»”.

Sin poder alejar su mirada del Santísimo reconoció “que siempre Dios había estado ahí, como una persona cercana”.

Adriana estaba entregada y en un examen de conciencia sereno “apelé a su misericordia adorándolo allí en la Eucaristía expuesta en el Santísimo. Aunque me costó entenderlo, concluí: «estás ahí…. ¿Quién soy para odiar, si tú me has perdonado?»”.

Después del retiro, fortaleció lazos con la comunidad y hoy colabora junto a otros jóvenes en ella.

Con una alegría de fe que brota espontánea afirma: “Mirar a María es entender lo que Dios quiere de nosotros. Descubrí que ella entregó lo que más amaba: a Jesús. Así como rezo el rosario todos los días, en cada eucaristía estiro mis manos para rezar el Padre Nuestro y pido por los asesinos de mi papá”.