«La imprudencia es la cualidad de los santos». Es uno de los pensamientos contenidos en un libro apenas publicado en Italia, con un título significativo Los tibios van al infierno (Mondadori). El autor es un sacerdote de rostro hollywoodiano y vida aventurera: Michel-Marie Zanotti-Sorkine.


Gracias a un bello artículo de Marina Corradi, tempi.it les habló de él hace un año. La enviada de Avvenire fue a conocerlo a Marsella y describió a este extraño sacerdote que se obstina en moverse con el hábito talar, que se detiene al final de la misa para hablar con los fieles, que ha reanimado una comunidad exangüe no con prontuarios de buenas maneras, sino con el fuego de un raro carisma. «Ama, aunque sea torpemente, pero ama», es uno de sus lemas.


Michel-Marie Zanotti-Sorkine está animado por una santa inquietud. La vida misma le ha enseñado que el hombre serio frente al destino no puede estar tranquilo. Nacido en 1959 en Niza de una familia mitad rusa y mitad corsa, se quedó huérfano jovencísimo y fue educado por los salesianos.

Una pasión por la música lo lleva allí donde tenga posibilidad de cantar. Y así se convierte en «un chansonnier en los night-clubs», escribe Corradi. Su vocación al sacerdocio – intuición que ya había tenido de niño – surge de nuevo, aunque en un recorrido zigzagueante hasta su ordenación. Sus “padres” son Joseph-Marie Perrin, que había sido director espiritual de Simone Weil, y Marie-Dominique Philippe, fundador de la congregación de Saint Jean.


Ordenado sacerdote en 2004 por el cardenal Bernard Panafieu, entonces arzobispo de Marsella, se ocupa de los últimos y escribe un libro dedicado a sus “compañeros” sacerdotes: Au diable la tiédeur, al diablo la tibieza, efectivamente. «Seamos honestos, la verdad es esta – dice -: somos nosotros los que ya no tenemos el sagrado fuego. La imagen que damos del sacerdocio es demasiado insignificante. Ya no llega al corazón».


La figura de Zanotti-Sorkine es tanto más interesante cuanto más se la enmarca en lo que es: un párroco. En apariencia no hace nada más que lo que se espera de él. Predica, confiesa todas las tardes – puntual, a las cinco -, se ocupa de las almas que frecuentan Saint-Vincent-de-Paul. Pero es tal vez este “exceso” de normalidad lo que hace que sea tan especial. En el fondo, no intenta hacer otra cosa que obedecer la promesa del catolicismo. ¿Queréis ser felices? Sed santos.


Y, efectivamente, las naves de su iglesia están llenas, la gente va para escuchar sus predicaciones llenas de referencias a poetas, músicos, escritores. Pero también porque padre Michel-Marie no cierra la puerta a nadie: no importa si es rico o vagabundo, joven o anciano, buen parroquiano o impenitente pecador. Es fiel sólo a un precepto verdaderamente loco: «No hay que perder ninguna ocasión, por pequeña que sea, para hablar de Cristo».


Escuchad como habla de él Marina Corradi: «Arde algo en este sacerdote. Arde una fe que quema por el deseo de decirse, de contagiarse. De hecho, en las mañanas de los días laborables lo encuentras en los bares del barrio mientras toma el desayuno con los estudiantes o en la calle, con el hábito al viento, en medio de las mujeres islámicas del Canebière con el velo sobre el rostro.


Su ansia es la de entrar en contacto con los alejados, con los que nunca entrarían en una iglesia. Y toda ocasión es buena: uno le pregunta dónde está Correos, él le responde: «le acompaño», intercambian dos palabras, el desconocido menciona a sus niños, el sacerdote sonríe: «tráigamelos, que los bautizaremos».


Este hombre parece justamente la encarnación de lo que solicita el Papa Francisco cuando pide que se vaya a las periferias existenciales. Y al mismo tiempo parece conservar el juicio cristalino ratzingeriano que sabe que no existe acogida o bondad que no esté acompañada de fascinación y claridad.

El padre Zanotti-Sorkine cuida la liturgia («quiero que todo sea espléndido alrededor de la eucaristía. Quiero que en el momento de la elevación la gente entienda que Él está aquí verdaderamente. No es teatro, no es pompa superflua: es habitar el Misterio. También el corazón tiene necesidad de sentir»).


Padre Zanotti-Sorkine acoge a las prostitutas y a los vagabundos («les doy la comunión. ¿Qué tendría que decir? ¿Volveros honestas, antes de entrar aquí? Cristo ha venido para los pecadores y yo siento ansiedad, si niego un sacramento, que Él un día pueda pedirme cuentas»).

No es despiadado con nadie, sólo con él mismo y un poco también con los sacerdotes. Pero solamente porque siente de una manera innegablemente “amplia” la vocación a la que son llamados: «El sacerdote es “alter Christus”, está llamado a reflejar en sí a Cristo. Esto no significad pedirnos la perfección, sino ser conscientes de nuestros pecados, de nuestra miseria para poder comprender y perdonar a quienquiera que se presente en el confesional».

Cuando lo conoció hace un año el sacerdote se despidió de la cronista de Avvenire con esta frase: «Más envejezco y más entiendo lo que nos dice Benedicto XVI: todo recomienza en Cristo. Podemos sólo volver al origen».

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

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