El padre Pierre Raphael se ha convertido durante su vida sacerdotal en el apóstol de los presos y marginados. Al igual que Abraham, dejó su tierra y su casa en su Francia natal para embarcarse en la aventura que Dios le tenía preparada. Esta tierra prometida no era otra que Nueva York, una ciudad donde ha podido vivir hasta el extremo su vocación sacerdotal.
 
Pero su misión no desempeñó cerca de los grandes símbolos de la gran manzana sino en lo oculto, lo escondido para el mundo.  Hace ya 43 años que llegó a Nueva York y en el populoso barrio del Bronx es toda una institución, conocido como el “ángel bueno” de los condenados. Y es que durante más de quince años fue el capellán de la mayor cárcel de Estados Unidos, la temible prisión-isla de Rikers Island, que alberga a más de 20.000 presos, de los más peligrosos.
 
Su extraordinaria obra no se centra en esta cárcel, en la que muchos presos han encontrado la paz y la conversión, sino que tras su experiencia como capellán creó la Casa de Abraham, un lugar situado en el Bronx destinada a la rehabilitación domiciliaria de los presos. Una auténtica comunidad donde también convivían las familias. Ha sido un éxito tan extraordinario que las autoridades estadounidenses están más que sorprendidas.
 
El Padre Pierre nació en 1930 y fue ordenado en la Misión de Francia en 1961. Buscando una vida más contemplativa  en 1968 salió de la Misión de Francia y entró en el noviciado  de los Pequeños Hermanos de Foucauld. Inmensamente feliz e impresionado por su vida de oración en el desierto, el padre Pierre fue llamado a otro desierto, a un “desierto humano” en Nueva York. Hacía falta allí un sacerdote y en 1970 partió para Estados Unidos.
 
Allí pasó años intentando que fructificaran algunas iniciativas.  Pero no lo conseguía. Él se agarraba a la vida de oración. Hasta que llegó el momento que cambió su vida. Se produjo en la víspera de Navidad de 1978. 

“Una noche recibí una llamada de teléfono. Era un amigo mío, un sacerdote jesuita que era capellán en Rikers Island. ‘Tengo que salir de Nueva York e ir a Washington y no puedo encontrar a alguien que me reemplace en la cárcel. ¿Podrías ir a Rikers a decir misa el domingo?’”.  Así comenzó la historia de una gran obra.
 
 “Nunca había estado en una cárcel  pero estaba dispuesto a todo. La oración es una buena medicina”, recuerda el padre Pierre. De este modo, celebró la Eucaristía ante cincuenta internos. “Me llamó la atención su gran esperanza. Paradójicamente, es más fácil predicar el Evangelio en la prisión que en la catedral de San Patricio. Supe inmediato que estaba en mi casa. Estaba en este lugar para dar mi vida”.
 
Pocos meses después, este sacerdote era ya el capellán de esta gigantesca cárcel con la ayuda de dos hermanitas del Evangelio. Su misión era ardua y complicada pero los frutos fueron llegando.
 
El Señor le había ido preparando para esta misión. Cuenta este sacerdote que “justo antes  de llegar a Rikers Island había pasado tres años como asistente médico en un centro de desintoxicación para alcohólicos” en Bowery, uno de los barrios más deprimidos de Nueva York. “Estaba allí sin saber que me estaba preparando  con total naturalidad para lo que me iba a encontrar todos los días en Rikers. Descubrí que toda mi vida sacerdotal iba a estar totalmente dedicada a la aventura en Rikers”.

 
En una cárcel que es conocida como el infierno, la labor del capellán es más que necesaria. “Nada más llegar el preso recibe un número. En todo momento debe estar preparado para dar su número. El valor de la Iglesia consiste en decirle que no es un número, que cada uno de nosotros es llamado por su nombre”, afirma el padre Pierre Raphael en su libro sobre su experiencia en esta cárcel.
 
“Mi trabajo como capellán era ante todo hacer un servicio sacerdotal, se trataba de un trabajo en profundidad”. Afirma que incluso los mejores médicos a veces no pueden conseguir la curación de una persona. “Yo como sacerdote estoy a otro nivel, en busca de una sensibilidad diferente", cuenta en su relato en el que además añade que "el contacto personal y los periodos prolongados de escucha llenaban muchas de mis horas en Rikers. Siempre he creído, aceptado y amado el hecho de que uno de los dones del sacerdote es la de escuchar los secretos del corazón, aceptar y entender. Es la manera de entrar, en el nombre de Jesús en el movimiento sin precedentes del perdón, del magnífico perdón".

Este sacerdote vio mucho en prisión, grandes dramas y sufrimientos. "He visto un montón de lágrimas en prisión, un hombre que mató a otro hombre, uno que violó a su hija. Para ellos, el capellán es una especie de salida de emergencia". Comentaba que leyendo la Biblia con los presos, éstos reciben la vida y ven una palabra viva. Con esta frase de San Pablo: "mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu", los encarcelados de Rikers lo veían claro pues, decían, "podemos ser presos pero esta palabra es para nosotros".
 
Y ciertamente esa palabra iba calando en algunos de estos presos, que iban verdaderamente cambiando su vida. De este modo, fue madurando una idea que poco a poco fue cogiendo forma. En la Navidad de 1989 mientras celebraba la misa para más de 250 presos le surgió la idea de crear un centro de rehabilitación. "La prisión te aísla, yo quería tratar de reunir".


Este era el germen de una realidad que emergió en 1993. Era la Casa de Abraham. Junto a tres monjas francesas y belgas, el padre Pierre fundaba esta casa en un edificio en desuso de la Diócesis de Nueva York en el barrio del Bronx.
 
“El impacto de la salida de prisión es más duro que el de entrada. El expreso no es aceptado por la sociedad. No encuentra trabajo. Sus lazos familiares son tensos, rotos o inexistentes. Teme al exterior, sobre todo si ha pasado más tiempo dentro de la cárcel que fuera”, afirma para recordar “el síndrome de la puerta giratoria”. Según se van de la cárcel poco después vuelven.

Esta casa pretende, y así lo ha acreditado, romper el ciclo de la delincuencia. Sanarle por fuera y por dentro. Dar a estos presidiarios una esperanza en la vida, que vaya más allá de la delincuencia.
 
Veinte años después el padre Raphael es toda una institución en el Bronx tras ayudar a reinsertarse a cientos de personas por las que nadie se preocupaba. “Queremos transformar a delincuentes de poca monta en ciudadanos responsables. La religión, obviamente, juega un papel importante en esta rehabilitación. Si quieres salir, tienes que creer en algo, no puedes hacerlo solo. La espiritualidad les da una razón para reintegrarse, para no rendirse”.
 
La clave es crear el centro Abraham como una familia. Allí conviven presos y sus familias. Oran, preparan talleres e incluso los niños acuden a clase. El milagro es que mientras en el estado de Nueva York, un 70% de lo presos que sale de la cárcel vuelve a recaer, el porcentaje cae estrepitosamente en los que han pasado por la Casa de Abraham. Este sacerdote francés ha conseguido todo un milagro.

No es raro que los expresos vuelvan a nosotros para acompañarnos en la misa del domingo, y nos dicen que sin la fe, sin la ayuda de la Casa de Abraham, no podrían haber salido de esta espiral”.
 
Tras décadas dedicadas en las periferias existenciales, como dice el Papa Francisco, la fuerza para el combate la ha encontrado en todo momento en la oración. “Sin ella, estaría momificado. La fe  es la única respuesta a la inmensidad de los problemas que tengo”.