Guillermo Padilla es diácono de la diócesis de Córdoba y en pocos meses será ordenado sacerdote. Recientemente acudió con un grupo de seminaristas a la misión que su diócesis tiene encomendada en Picota, en Perú, precisamente en el país en el que tuvo un encuentro profundo con Jesucristo durante una experiencia misionera y donde sintió la llamada al sacerdocio. Ahora regresa con esta vocación prácticamente completada.

En una entrevista con la web diocesana, Guillermo explica que “Perú significaba mucho para mí. Providencialmente en el año 2009 y durante cuatro años consecutivos más, tuve la oportunidad de viajar de misión a Perú, a distintos lugares de la Sierra de los Andes. Fue en estos viajes de misión donde conocí realmente a Jesucristo y dónde escuché su llamada a seguirlo muy de cerca”. Hasta entonces estaba desconectado de la Iglesia, y fue a partir de ahí cuando volvió a misa y empezó a confesarse.

De hecho, asegura que estas experiencias “supusieron un cambio radical en mi vida, allí en Perú se gestó un nuevo Guillermo. Así que, cuando en el Seminario se planteó la posibilidad de un tiempo de misión en Picota, si era voluntad de Dios, por mi parte estaba totalmente decidido”.

De aquella experiencia misionera en Perú –recuerda el ahora diácono- “como, en un poblado, aquella gente humilde preparó la Iglesita con todo su cariño y esmero, con la sencillez de lo que disponían, para la celebración de los sacramentos, si no recuerdo mal para unos matrimonios y para la celebración de la Eucaristía. Esa decoración esmerada era reflejo del deseo y de la emoción con que lo vivían”.

Esta forma de vivir la fe le tocó el alma. “Aquí tenemos tan accesible la gracia de Dios dada por los sacramentos que nos acostumbramos a ella y perdemos la capacidad de asombro ante el Misterio. También recuerdo la generosidad de aquellas personas. Hubo una vez que nos quedamos a dormir en un poblado porque no se podía volver en el mismo día. Aquellas personas sencillas nos dejaron sus propias habitaciones, incluso hubo una familia que hizo unas camitas de madera sólo para nosotros. Esto sólo se explica porque tienen la conciencia de recibir a Cristo en la persona del prójimo “lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos a Mi me lo hicisteis” (Mt 25, 40)”, asegura este joven cordobés.

En este proceso también fue fundamental “el testimonio de nuestros sacerdotes destinados en Picota: su vida de oración, su gran celo misionero, la importancia de la fraternidad y los instrumentos que son en manos de Dios para traer a Cristo del Cielo a la tierra en aquellas iglesias humildes en medio de la selva. Es como estar en el pesebre de Belén. Y puede uno pensar la gran alegría que tendrá el Señor de morar allí en medio de sus preferidos, de estas personas pobres y humildes, con sus defectos por supuesto, pero con corazones muy abiertos a la fe”.

Esta experiencia no sólo provocó este encuentro con Cristo y la llamada al sacerdocio sino que cambió su forma de ver y afrontar la vida porque “poder asomarse un poco a la dureza de vida de aquellas personas ayuda a relativizar muchos los pequeños problemas de nuestra sociedad acomodada. Con frecuencia nos preocupamos de cosas sin importancia y olvidamos que Dios es providente”.

Toda experiencia de misión es un tiempo de gracia, y durante este viaje Dios me enseñó cosas grandes que se han quedado grabadas en mi corazón. Si tuviera que decir alguna sería saber que Dios no abandona jamás a sus hijos, especialmente a los que se muestran ante Él pequeños y pobres”.

De cara a su futura misión sacerdotal también ha visto que “allí palpas la gran necesidad de sacerdotes a la par que la grandeza de la vocación. El Señor necesita jóvenes dispuestos a entregar su vida por amor a Dios, y en Él, por nuestros hermanos”.

Por último, Guillermo agrega que “desde que fui por primera vez en el 2009 aquella gente sencillamente me mostró a Dios, quizás no de forma intencionada, pero sin duda en ellos con frecuencia puedes ver la fe hecha vida. Recuerdo como un día un matrimonio con sus niños caminaron casi tres horas para asistir a la celebración de la Misa o la generosidad y el desprendimiento con el que vivían, como comentábamos antes. Ante estos hechos sobran las palabras”.

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