La historia de Clément, que a los 19 años se hundía en los abismos de la auto-destrucción y el delito, cambió solo porque alguien supo hablarle  del amor de Dios. Lo cuenta él mismo para Découvrir Dieu:

Cuando tenía 19 años, vivía de la droga. Era mi día a día: vendía droga, era lo que hacía todo el mundo en mi antiguo barrio. Y era alcohólico, bebía todos los días. Estaba totalmente desconectado de la vida. También vivía en el odio, en la violencia. Iba siempre con armas: cuchillos, tasers, incluso coqueteé con las armas de fuego.

Esto me hacía sentir verdaderamente mal, porque no era con lo que yo soñaba. Sentía en mi corazón un vacío real. Y la relación con mis padres se había complicado, porque ellos estaban totalmente desorientados e inquietos ante mi comportamiento.

Todo cambia el día en el que una persona vino y me habló de Cristo. Ella me dijo: “Cristo no te ha abandonado, ni siquiera en tu estado”. Empecé a pensar: “¿Cómo es que el Señor no me ha abandonado?” En aquella época no conocía a Dios. Solo lo conocía intelectualmente.

Me lancé a buscar. Compré una Biblia y me tomé una semana de aislamiento para leerla. Leí sobre todo los cinco primeros libros, el Pentateuco. Buscaba a Dios. Al finalizar esa semana, decidí entrar en una iglesia. No había estado en una desde que tenía 6 años.

Nada más entrar, mi corazón ardió. Sentí un amor que quemaba mi corazón. Quise quedarme para siempre cerca de ese amor.

Ese encuentro con Dios cambió toda mi vida. Hoy no soy el mismo. Como está escrito en la Biblia, he nacido de nuevo. Hoy estoy consagrado a Dios, le doy toda mi vida, rezo todos los días, intento amar a mi prójimo como a mí mismo.

Al principio, cuando decidí seguir al Señor, hubo una lucha, porque tenía un pie en el mundo y un pie en la Iglesia. Seguía vendiendo alcohol e iba a la iglesia para confesarlo casi todas las semanas. Seguía bebiendo y mantenía aún el odio, porque conservaba las malas compañías, seguía con el trapicheo de droga, el alcoholismo…

Todas mis adicciones y mis estupideces, como las drogas, el robo o la violencia hacia los demás desaparecieron progresivamente. Cuando más lugar ocupaba el Señor en mi corazón, más cosas de aquéllas perdían su razón de ser.

Hoy, todo eso ha terminado. Estoy completamente liberado de mis adicciones y tengo paz en mi corazón, algo que antes no tenía. Ya no tengo nada que buscar, porque estoy completamente lleno de Nuestro Señor Jesucristo.

Traducción de Carmelo López-Arias.