Este domingo 6 de diciembre, segundo de Adviento, el Papa Francisco explicó algunas claves para avanzar por el camino de conversión que es el Adviento.

A los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro antes del Ángelus les explicó que “la conversión implica el dolor de los pecados cometidos, el deseo de liberarse de ellos, el propósito de excluirlos para siempre de la propia vida”.

Añadió que “para excluir el pecado, hay que rechazar también todo lo que está relacionado con él: la mentalidad mundana, el apego excesivo a las comodidades, al placer, al bienestar, a las riquezas”.

En segundo lugar, el Papa Francisco dijo que “el otro aspecto de la conversión es la búsqueda de Dios y de su reino. El abandono de las comodidades y la mentalidad mundana no es un fin en sí mismo, sino que tiene como objetivo lograr algo más grande, es decir, el reino de Dios, la comunión con Dios, la amistad con Dios”.

Cosas que nos atan al pecado

Sin embargo, el Santo Padre reconoció que “esto no es fácil, porque son muchas las ataduras que nos mantienen cerca del pecado: inconstancia, desánimo, malicia, mal ambiente y malos ejemplos”.

Por ello, el Papa destacó el ejemplo de San Juan el Bautista que fue “un hombre austero, que renuncia a lo superfluo y busca lo esencial”.

"El Adviento nos propone a nosotros, que nos preparamos para recibir al Señor en Navidad”, dijo el Papa,  “un camino de conversión”.

De este modo, el Santo Padre recordó que en la Biblia la palabra conversión “quiere decir, ante todo, cambiar de dirección y orientación; y, por tanto, cambiar nuestra manera de pensar” y agregó que “en la vida moral y espiritual, convertirse significa pasar del mal al bien, del pecado al amor de Dios”.

“Es lo que enseñaba el Bautista, que en el desierto de Judea proclamaba ‘un bautismo de conversión para perdón de los pecados’. Recibir el bautismo era un signo externo y visible de la conversión de quienes escuchaban su predicación y decidían hacer penitencia. Ese bautismo tenía lugar con la inmersión en el agua, pero era inútil sin la voluntad de arrepentirse y cambiar de vida”, subrayó.

La tentación de desanimarnos, quedando en la mediocridad

En este sentido, el Papa advirtió sobre la tentación de pensar que “es imposible convertirse de verdad, y en lugar de convertirnos del mundo a Dios, corremos el riesgo de quedarnos en las ‘arenas movedizas’ de una existencia mediocre”.

“¿Qué podemos hacer en estos casos? En primer lugar, recordar que la conversión es una gracia que hay que pedir a Dios con fuerza. Ninguno puede convertirse por sí mismo. Nos convertimos verdaderamente en la medida en que nos abrimos a la belleza, la bondad, la ternura de Dios. Dios no es un mal padre, es tierno, nos ama mucho, como el buen pastor…”, afirmó.

Y para esto, el Santo Padre recomendó acudir a María Santísima, a quien el 8 de diciembre celebraremos como la Inmaculada Concepción, para que “nos ayude a desprendernos cada vez más del pecado y de la mundanidad, para abrirnos a Dios, a su palabra, a su amor que regenera y salva”.

 

El árbol de Navidad, signo de esperanza

Al finalizar el rezo del Ángelus dominical, el Santo Padre dijo a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro que ya llegó el árbol de Navidad y que están preparando el pesebre.

En esta línea, el Pontífice recordó que en muchas casas se preparan “estos dos signos natalicios” para “la alegría de los niños… y también de los grandes” y añadió que “son signos de esperanza, especialmente en este tiempo difícil”.

Por ello, el Papa pidió no detenerse en el signo “sino ir al significado, es decir, a Jesús, al amor de Dios que nos ha revelado, para ir a la bondad infinita que hizo brillar sobre el mundo”.

No hay pandemia, no hay crisis que pueda apagar esta luz. Dejemos que entre en nuestros corazones y extendamos nuestra mano a quien está más necesitado. Así Dios nacerá de nuevo en nosotros y entre nosotros”, advirtió el Papa.

Finalmente, el Santo Padre deseó a todos un feliz domingo y pidió por favor: “no se olviden de rezar por mí”.