Cuando de las doctrinas de los precursores, que no se llamaban todavía liberales, según lo expuesto en el artículo de la semana pasada, se pasó a la creación de partidos concretos con esta denominación, en torno a los años treinta del siglo XIX, los masones se apoderaron y dirigieron casi todas partes esta nueva corriente ideológica, orientando su enorme potencial político, llamado a configurar el futuro, hacia sus intereses sectarios particularmente anticatólicos, la barrera que le impedía el pleno dominio del mundo occidental, a la sazón hegemónico en el planeta. El mundo islámico era y es otra cosa. Y en esas estamos, aunque los masones han cambiado de montura, dato fundamental para nosotros, los creyentes de ahora, a fin de tener claro con quienes hemos de vernos las caras o, como diría un marxista doctrinario, quién es el enemigo principal, es decir, quién es el principal enemigo al que tenemos que hacer frente, al objeto de no perdernos en polémicas añejas que nos harían errar el blanco.
 
La Iglesia católica no tardó en enfrentarse a la filosofía liberal de la época, porque entendía, con razón, que esa filosofía, al situar al hombre en el centro del universo conceptual, atacaba la raíz del fundamento cristiano, que tiene a Cristo como núcleo y ancla de la vida de todo hombre de fe. Como ya dije en mi artículo anterior, el liberalismo filosófico es antropocéntrico, y el cristianismo, como su propio nombre indica, cristocéntrico.
 
Dos papas, Pío IX y san Pío X, condenaron explícitamente el liberalismo en sendas proposiciones conocidas con el nombre de Syllabus. El primero de ellos, publicado en 1864, aparte de reivindicar los derechos de la Iglesia frente a los furiosos ataques exteriores, es una refutación de todas las nuevas ideas que habían surgido casi en cascada desde la Ilustración: panteísmo, naturalismo, racionalismo, indiferentismo, latitudinarismo (deismo), ética natural, socialismo, comunismo, sociedades secretas, sociedades bíblicas (protestantes) y “sociedades cléricoliberales”, en clara referencia a La Mennais, ya condenado por su predecesor, Gregorio XVI, en la encíclica Mirari vos de 15 de agosto de 1832, escrita expresamente para refutar, sin citar al autor, las teorías de aquel sacerdote que con el conde de Montalembert y el dominico Lacordaire, intentaron conciliar catolicismo y liberalismo. De todos modos, el primer Syllabus, sólo en la última de las diez partes condena expresamente los errores del liberalismo.
 
El segundo Syllabus lo publicó el papa José Sarto, san Pío X, en 1907, para cortar de cuajo las tesis de la corriente católica conocida por modernismo, que por entonces iba tomando alas en Francia. El modernismo, a diferencia de las buenas intenciones de La Mennais y sus seguidores, fue un intento de acomodar el catolicismo a las ideas de la época, pero a costa de rebajar el carácter sobrenatural de la fe a una mera cuestión de sicología religiosa individual. De ahí a la privacidad de la fe no había más que un paso, que el Papa quiso desbaratar antes de que fuera demasiado tarde. Los modernistas nunca fueron, en realidad, muy numerosos, y las actuaciones de Pío X contra ellos constituyeron para la mayoría de los católicos las primeras noticias de su existencia. Pero el grupo ocupaba importantes puestos en varios seminarios y universidades.
 
Hoy suele ser bastante corriente ridiculizar la rotundidad de los dos Syllabus, sin embargo hay que tener en cuenta las circunstancias en que se produjeron: el primero, por ejemplo, en pleno ataque de la masonería italiana, aliada con la Casa de Saboya, al poder temporal del Papa y a los Estados Pontificios, que culminó con la invasión y conquista de Roma por las tropas del carbonario Garibaldi en 1870, con lo que se daba fin al poder temporal del papado (¡gracias a Dios!, porque el Papa no tiene necesidad de ningún poder secular para llevar a cabo su ministerio petrino). A causa de aquello, un violento odio antirreligioso se extendió por toda Italia, con la complacencia del gobierno del rey masón Víctor Manuel II.
 
De todos modos, a los pontífices del siglo XIX les faltó cierto sentido de la época en que vivían. Como dice el historiador inglés y sacerdote católico Philip Hughes, en su libro Síntesis de la historia de la Iglesia (Editorial Herder, 1958), publicado en España con licencia eclesiástica, “Los papas de la restauración del siglo XIX (18001878) [Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI y Pío IX], son todos hombres preeminentes en santidad y de probada capacidad. Pero todos ellos eran hombres del siglo XVIII, o más bien de la época absolutista que este siglo corrientemente simboliza. Les resultaba difícil comprender el mundo nuevo que la revolución había creado; el modo de combatirlo y el modo de convertirlo”.
 
Su principal error fue confundir, en ciertos aspectos, las ideas con la interpretación o desarrollo político que de ellas hacía la masonería. Ese fue el caso del liberalismo, colonizado por las sociedades secretas, que lo convirtieron en fuerza de choque contra la Iglesia católica. Sin embargo, la filosofía liberal, expurgada de contaminación triangular, puede ofrecer soluciones asumibles, a mi entender, por los católicos alarmados, con razón, ante el avance de ciertos fenómenos sociales (aborto, corrupción de menores, adoctrinamiento escolar, “matrimonio” homosexual, descomposición de la familia, estatalismo, laicismo público, etc.), que en España, ahora, no proceden del campo liberal, entre otros motivos porque casi no existe, sino de focos masónicos, que acrualmente anidan en los bosques socialistas.