La necesaria protección de las mujeres no puede significar la crimina­lización de los hombres ni la aceptación de que exista un sistema que se dedica a dominar, abusar y matar mujeres, justificando una ideología, la perspec­tiva de género, que afirma cosas como esta: “Que un hombre te golpee, te asesine y te deje tirada semidesnuda entre unas matas es fruto de un sistema en el que las mujeres no valemos nada… porque pueden hacerlo y el sistema los ampara”. Este tipo de discurso se ha aceptado como normal, y al mismo tiempo se ha vituperado que los menores y los ancianos tengan un nivel de protección semejante al de las mujeres.

Uno de los caballos de Troya de esta concepción política es el discurso sobre la gran violencia estructural contra la mujer que partidos y medios de comunicación, con escasas excepciones, han asumido como cierto. ¿Pero realmente es así? Claro que hay violencia contra la mujer y agresiones ­sexuales y que es mejor que no las hubiera, como la paz es mejor que la guerra y el diá­logo que la confrontación, pero, asumido esto, hay que acotar su dimensión real y la proporcionalidad entre los recursos que se aplican y la magnitud del problema.

Para darle mayor énfasis se agregan los datos para diversos años, de manera que
la cifra apabulle. Por ejemplo: “1.055.912 denuncias por violencia de género entre 2009 y 2016”. Son muchas, sin duda, ¿pero cuál es su significación ­real? Si observamos los resul­tados de la serie de encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del año 2017, es decir, el inmediato siguiente a aquellos datos acumulados, que preguntaba sobre cuáles son los principales problemas personales de los españoles, sólo el 0,5%, es ­decir, 175.000 personas, sobre 35 millones de adultos que constituyen el universo ­censal, afirmaban que era la violencia contra la mujer.

Pero profundicemos en los datos del CIS. Entre diciembre de 2010 y febrero de 2011 se realizó una encuesta sólo a mujeres, en la que se preguntaba sobre comportamientos de la pareja que pueden molestarlas. In­quiría nada menos que sobre 27 tipos, de muy leves a muy graves. Pues bien, la casi ­totalidad, entre el 95% y el 97%, respondieron que “Nunca” habían sido objeto de aquellos negativos procederes, mientras que sólo ­entre el 0,5% y el 1% como valores más frecuentes respondían que “Frecuentemente”. Estos datos, que mostraban una relación de pareja claramente positiva, son consistentes con los de la escasa preocupación por la vio­lencia.

Y es que en realidad, según el Women, Peace and Security Index del Georgetown Institute for Women, Peace and Security, realizado conjuntamente con el Peace Research Institute Oslo, España es el quinto mejor país del mundo para las mu­jeres.

Coincide con otra perspectiva: a raíz de un amplio estudio criminalístico publicado en El País el último día del año, la criminóloga Andrea Giménez-Salinas declaraba: “España se encuentra entre los países más seguros del mundo y entre los que tienen menores cifras de delincuencia sexual de Europa”. En términos de delito por 1000 mujeres, en Francia son tres veces más; en Dinamarca, seis; en el Canadá de los Trudeau, ocho, y en la modélica Suecia, 13.

La tasa de homicidio de mujeres es de sólo 0,15, mientras que la de los hombres es 8,6 veces mayor. La mujer comete menos violencia, pero también es mucho menos víctima de ella, al igual que sucede con el suicidio, donde sólo el 25% de los casos son mujeres. En esta sociedad el riesgo para la vida es del hombre. A pesar de ello, el único pacto de Estado acordado en años ha sido sobre la llamada violencia de género. No se ha logrado en educación, aunque vivimos en una verdadera emergencia, ni en sanidad, ni tan siquiera en pensiones, donde se sufre entre la improvisación y el electoralismo. Pacto de Estado y además una legislación especial que penaliza el ser hombre y excluye a otras víctimas como menores, dependientes y ancianos, 105 ­juzgados especializados, más 355 compa­tibles, y muchos recursos económicos, siempre más, nunca bastan. Y todo, a pesar de que menos del 1% de los votantes lo consideran un problema grave ­para ellos. Y después se extrañan de que acaben produciéndose reacciones. La desmesura siempre las provoca.

Publicado en La Vanguardia.