El Acontecimiento de Guadalupe que hermosamente presenta la película documental recién estrenada en España, “Guadalupe, Madre de la Humanidad”, contiene un riquísimo y precioso mensaje espiritual para nosotros. El relato del Nican Mopohua, fiel narración de los hechos, lo ha consignado fielmente. Es imposible dar cuenta de todos los elementos de este riquísimo mensaje en un breve escrito como este. Nos contentaremos con echar una fugaz mirada a algunos de esos elementos desde la perspectiva de María, Mujer y Madre asociada íntimamente al Redentor y a su obra, como inicio de la nueva humanidad.

“Al amanecer”, en el inicio, está María, la Madre de la nueva humanidad

El relato da fe de que fue muy de mañana, al alborear o al amanecer, cuando sucedió el primer encuentro del indio Juan Diego con la Madre de Dios. El hecho de que fuera al comienzo del día nos indica que este hecho era el inicio, el comienzo, de algo nuevo, de un tiempo nuevo, el nacimiento de algo nuevo y grande. Remite al principio de la Creación (Gn 1) y al principio de la nueva Creación (Jn 1). María es junto a su Hijo el arquetipo de la primera Creación, llamada a ser un día, como ellos, glorificada, y el principio de la nueva Creación, aquella que nos trae a Aquel por cuya palabra se hicieron todas las cosas (Gn 1), el que “desde el principio estaba junto a Dios y era Dios”, la Palabra, el Verbo de Dios “por quien fueron hechas todas las cosas” y “se hizo carne” (Jn 1), “la Madre del verdadero Dios por quien se vive”, como se llamó a sí misma en el Tepeyac.

Ella nos trae una vida nueva, un tiempo nuevo, un comienzo nuevo. Acogerla a ella es abrirse a esta asombrosa novedad que viene a hacer nueva nuestra vida. Unida íntimamente a Dios desde su Inmaculada Concepción y destinada para traer por su maternidad su Reino, es decir a su Hijo, María creada en plenitud de gracia desde el momento de su concepción, está totalmente unida a la obra redentora del Hijo de Dios y asociada a ella. Ha sido creada Inmaculada, en plenitud de gracia, precisamente para estar totalmente disponible y asociada al Redentor y a la obra de la Redención. Ella, como dice el relato de Guadalupe, nos lo trae, nos lo da. Su colaboración es una con una colaboración de necesidad. En los planes de Dios ella fue necesaria. Sin su disponibilidad y su sí sin reservas, sin su fiat, no hubiera sido posible la Encarnación del Hijo de Dios ni su posterior Redención de la humanidad.

También en los comienzos de la Redención del Nuevo Mundo ella está presente con una presencia necesaria, con una presencia que hace posible la apertura de ese mundo nuevo al Redentor.

En los planes de Dios, Cristo Redentor vino al mundo por ella. En el Tepeyac, Cristo Redentor vuelve a venir por medio de ella, y como dice San Luis María Grignon de Montfort en El secreto de María, al final de los tiempos vendrá también por ella. Ella está indisolublemente unida al Redentor y a la obra de su Redención.

La tradición náhuatl consideraba que el principio del Quinto Sol (el mundo actual) comenzó “cuando aún era de noche” (en la oscuridad de la madrugada). Cuando un indígena mexica escuchaba la palabra yohualtzico, cuando aún era de noche, comprendía que en ese momento estaba comenzando un momento fundamental, como el del origen del mundo.

Con ella comienza un nuevo origen, una nueva humanidad, la humanidad redimida, una humanidad no deudora del pecado sino de la gracia. Ella co-labora, co-opera, con su Hijo, y co-participa en su obra de la Redención. Por eso se la llama co-redentora, porque está íntimamente unida al Redentor y asociada a su obra: co-redentora con el Redentor y con su Redención.

El Concilio Vaticano II expresó esta realidad al afirmar que “la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente” reconociendo que “la Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador” (Lumen Gentium 62). El hecho de que sea una “cooperación participada”, como dice el Concilio, no excluye sino que exige una verdadera participación. En la obra del Redentor ella participa como co-redentora asociada al Redentor

Una extraordinaria ternura maternal nos llama

Llegando al Cerrito del Tepeyac, Juan Diego escucha “el canto de muchos pájaros finos”, preguntándose si por ventura es digno y merecedor de lo que oye. Todo lo que ve, lo que oye le hace creer que está en el mismo Paraíso. Cuando callaron los maravillosos trinos de los pájaros, “cuando todo quedó en calma” dice el relato de la aparición, que en la tradición náhuatl fue el momento en que los dioses dieron origen a la última de las edades, el indio Juan Diego escucha una tierna voz femenina y maternal que le llama: “Juanito, Juan Dieguito”. El diminutivo con que la voz le llama expresa reverencia, pequeñez, disminución, ternura de amor. En el Tepeyac, el indio, el pobre, el más humilde, posee su plena dignidad de persona. Además como esta dignidad está expresada dos veces, Juantzin, Diegotzin, esa dignidad de hombre nuevo comienza precisamente aquí. Ya no es un simple y humilde indio, alguien de segunda, un conquistado, sino alguien con plena dignidad. La reiteración del nombre nos recuerda las llamadas bíblicas: “Abrahám, Abrahám” (Gn 22, 1), “Samuel, Samuel” (1 Sam 3, 4), “Saulo, Saulo” (Hc 9, 4).

Él aún no sabe que es la Señora del Cielo, pero ella con incomparable ternura le llama como una madre a su pequeño. La Virgen se muestra así su verdadera Madre, invitándole a establecer con ella una verdadera relación filial de confianza.

Tras el primer saludo la Señora celestial se dirigirá a él diciéndole: “Hijo mío, el más pequeño de mis hijos”. Juan Diego es pequeño, muy pequeño. En muchos momentos del relato se muestra su sencillez, la conciencia de su pequeñez, de su insuficiencia, de ser el último. Ella se muestra como la Madre de todos sus hijos. Lo trata con la misma ternura con la que una mujer trata a su hijo más pequeño. Juan Dieguito es su pequeño, pero para ella todos somos también sus pequeñitos, sus más pequeños.

Tráiler de 'Guadalupe, Madre de la Humanidad', de Andrés Garrigó, en cines de España y América.

Ella es la Mujer Madre que como nos ha recordado el Concilio Vaticano II nos engendra a la vida sobrenatural, aquella que “por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, […] cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente sino al mensajero de Dios, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8,29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno” (Lumen Gentium 63).

En el Tepeyac la Virgen nos llama, nos invita, a establecer con ella una auténtica relación de hijos. Su modo de tratarnos y la confianza a la que nos invita es expresión de su maternidad, recibida de su Hijo a los pies de la cruz el Viernes Santo. Desde lo alto de la cruz el Salvador la constituyó Madre de la Humanidad redimida cuando dirigiéndose a ella le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo” (Jn 19, 26). Y para que pudiera ser Madre de sus hijos, se dirigió a los que había redimido, representados en la figura de Juan, el discípulo amado, diciéndoles: “Hijo, ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27). 

La Doncella y Reina del Cielo nos llama para que nos acerquemos confiadamente a ella

El relato de las apariciones nos dice que la Virgen tomó la iniciativa y lo llamó, invitándole a acercarse a ella. Ella lo estaba esperando de pie. Tanto los nobles aztecas, mayas como españoles, recibían a la gente sentados sobre tronos, taburetes o esteras, para significar su autoridad y dominio. El hecho de que la Virgen le llamara estando ella de pie le mostró al indio Juan Diego que ella no era una dominadora, y el hecho de que le invitara a acercarse a ella le mostró que la Virgen lo trataba de igual a igual.

Al acercarse a ella se percata de su extraordinaria grandeza y queda maravillado de que le permita acercarse a ella y establecer con ella una relación tan cercana e íntima.

Los vestidos de ella relucían como el sol. El sol (Tonatiuh) era para ellos símbolo y sinónimo de Dios. En la cultura náhuatl las personas importantes y con dignidad solían representar en sus vestidos a través de símbolos lo que ellos eran. El vestido radiante de la Doncella revestida de sol le mostraba sin duda alguna que ella tenía que ver con Dios y que Dios tenía que ver íntimamente con ella. Ella aparecía como alguien poderosa, como la enviada y embajadora de Dios, pero sin ninguna actitud de dominio, alguien con una autoridad familiar y extraordinariamente delicada.

Ella viene a nosotros como la embajadora de Dios para dárnoslo, para revelárnoslo, para mostrárnoslo. Nos invita como a Juan Diego a no tener miedo, a acercarnos a ella, a tener con ella una relación cercana y familiar. Ella nos da a Dios

La Virgen nos revela su identidad y al verdadero Dios

La Guadalupana se presenta a Juan Diego como la Madre de Dios: “Yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, la Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de todos, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo y de la tierra”.

La Virgen se presenta a Juan Diego, en conexión con los Evangelios de San Mateo y de San Lucas (Mt 1, 23; Lc 1, 27 y 34) y de toda la historia de la Iglesia, como “la perfecta siempre Virgen Santa María”. “Siempre Virgen” antes del parto, durante el parto y después del parto. Ella es “Santa”, como la llamó el ángel Gabriel en la Anunciación: kejaritomene, llena de gracia, en plenitud de gracia (Lc 1, 28), y más tarde el Concilio de Éfeso: Agia María, creada de forma singular participe de la santidad de Dios. Siendo Virgen es a la vez “Madre”. Se presenta como la Madre de los antiguos dioses nahuas, especialmente de aquellos que no tenían representación en imágenes, “Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive”, el “Dios de la Gran Verdad”, “Aquel por quien vivimos”, a quien debemos la vida y quien nos sostiene en la existencia, “el Creador de las personas”, de todos, “el Dueño de lo que está cerca y junto”, es decir, el Dios de lo que nos sobrepasa, el Dios de la Historia, el Señor del Cielo y de la Tierra, como profesamos en el Credo, el Providente que sostiene en el ser a todas sus criaturas.

Ella es la Virgen Madre de Dios, la Theotókos, definida así desde el Concilio de Éfeso hasta el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 52-53, 54, 61-63). Y ella nos revela a Dios, al Dios de la Biblia, sobre todo al Dios Padre revelado por Jesús: un Dios cercano, a todos, el Dios “de la cercanía y de la inmediatez”, de lo más grande y de lo más pequeño, el Dios que cuida de todo y de todos, hasta de lo más pequeño. Estando por encima de su Creación es al mismo el más cercano, íntimo y condescendiente con sus criaturas, presente en nuestra vida y activo en nuestra historia, Aquel que no está lejos de nosotros pues “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28).

María nos muestra a Dios, lo glorifica, nos lo da a todos, a través de todo su amor personal, de su mirada compasiva, de su auxilio y salvación, escuchando nuestros llantos, remediando nuestras penas y miserias

La Virgen se dirige a Juan Diego mostrándole primero su deseo de que allí se le levantase su casita sagrada: “Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada”. ¿Para qué? Para mostrar allí a Dios y glorificarle: “En donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto”. Esa casita será el lugar desde donde ella se lo dará a todos: “Lo daré a las gentes con todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio y mi salvación”.

Su “amor maternal” nos revela el amor paternal y maternal de Dios sobre todos los hombres. Su “mirada compasiva” nos muestra la mirada compasiva del buen Dios, su “auxilio y salvación” es el mismo auxilio y salvación de Dios, que se revela y obra por ella. Escuchando nuestros llantos nos revela la compasión de Dios por nosotros. Ella es la revelación de la ternura y de la compasión de Dios por nosotros. Ella es de tal forma uno con Él que con todo su amor maternal nos lo da, nos lo revela, nos lo muestra, y Él obra en ella y por ella en favor nuestro. Unida a Él desde su Inmaculada Concepción por su participación plena en la plenitud de su gracia, Ella y Él siendo dos, no tienen más que un mismo amor, una misa voluntad, un mismo querer. El amor de Él es el amor de ella, el amor de ella es el amor de Él. Y el amor les une en un mismo querer redentor, en una misma voluntad de redención.

Por eso, desde entonces, cientos y cientos de millones de personas hemos encontrado en ella, peregrinando a su casita del Tepeyac, contemplando su imagen y escuchando su mensaje, su mirada llena de compasión, su auxilio y su salvación, como prometió, y a través de ella la compasión, el auxilio, y la salvación de Dios.

Han pasado treinta y cinco años desde que contemplé sus ojos por primera vez en su basílica del Tepeyac, desde que su mirada se clavó en la mía, sus ojos en los míos. Desde entonces su mirada viva permanece imborrable en mi alma, y el recuerdo de su inmenso amor, de su abrazo maternal, completamente intacto. El paso de los años no lo ha podido borrar.

Su serena y silenciosa mirada materna, firme y delicada a la vez, acoge, levanta, abraza, libera, sana, dignifica, sostiene en la esperanza, vivifica y fortalece.

“La gloriosa siempre Virgen María” es nuestra Madre, la Madre de toda la humanidad, de todos los hombres, también de aquellos que no la conocen y por tanto no han descubierto aún su amor maternal, pero sobre todo es la Madre de todos los discípulos de su Hijo que la aman, la llaman, la buscan y confían en ella: “Porque yo soy en verdad vuestra Madre compasiva”, “tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno” “y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí”.

Desde el trono de su presencia y de su amor nos escucha, remediando y curando todo lo que nos hace sufrir: “Porque allí escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores”.

Si todas las apariciones de María muestran su solicitud de Madre ante sus hijos y sus necesidades, pocas como esta revelan toda su ternura y su sensibilidad maternal, y la misión que se le ha confiado de mostrar a Dios, glorificarlo y darlo a los hombres, por una parte, y de consolar como Madre compasiva a sus hijos, de sanar y remediar sus diferentes penas. En el Tepeyac se muestra como la verdadera Madre de los hombres, la Madre de toda la humanidad.

Madre totalmente unida al Redentor, ¡ruega por nosotros!

Madre co-redentora, ¡ruega por nosotros!

Madre compasiva y solícita de la salvación de tus hijos, ¡ruega por nosotros!