"El PSOE fuerza con una argucia parlamentaria la votación de la ley de eutanasia antes de Navidad". Así titulaba El Mundo la noticia de que [este jueves] [...] el Gobierno y sus apoyos, que en este caso son todos los grupos excepto Vox y el PP, nos [obligaron] a descender a empujones un nuevo peldaño en la progresiva y miserable devaluación de la vida humana. Que se recurra a una argucia para aprobar una ley de tales consecuencias sin el necesario debate, sin prestar oído a la profesión médica -muy mayoritariamente pronunciada en contra a través de sus Colegios-, sin tratar de buscar en ningún momento el necesario consenso social, y todo ello en plena pandemia y días antes de Navidad… ¿Puede añadirse más veneno? ¿En qué manos hemos caído?

La Conferencia Episcopal Española ha acertado con el meollo del asunto cuando en el documento La vida es un don, la eutanasia un fracaso ha subrayado que lo que está en juego es nada más y nada menos que "un cambio en los fines del Estado: de defender la vida a ser responsable de la muerte infligida", un cambio que arrastra a los médicos, cuya principal misión hasta hoy -curar, aliviar, consolar- queda trastocada hasta el punto de hacerlos cómplices de muertes provocadas, destruyendo la confianza del enfermo.

La gran pregunta que todos nos hacemos y nadie responde es por qué se prefiere avanzar por esa senda en vez de, como claman los médicos, promover los cuidados paliativos, de los que hay un enorme déficit. Los obispos han señalado también la necesidad de lo que denominan "acompañamiento integral", que debe extenderse a las familias de los enfermos en situación terminal. Si algo precisamente hemos aprendido en este tiempo es que el dolor de los que se quedan no es sólo por la pérdida de la persona querida, por la forma en que ésta se produce y la imposibilidad de ofrecerle la despedida adecuada. Como se afirma en el documento episcopal, la pandemia ha hecho crecer la conciencia de que acabar con la vida no puede ser la solución para abordar un problema humano, máxime si se esgrime la compasión que provoca el sufrimiento ajeno y la necesidad de mitigarlo: "La muerte provocada no puede ser un atajo que nos permita ahorrar recursos humanos y económicos… es preciso invertir en los cuidados y cercanía que todos necesitamos en la etapa final de esta vida".

Publicado en Diario de Sevilla.