Ante un contexto cultural difícil y con vientos adversos, ante la delicada situación que atraviesa, la Iglesia hoy no se arredra. Descubre que cuenta con las claves justas para una honda renovación interna y para una pastoral renovada, con respuestas para los retos actuales. Los problemas no son para perder la esperanza, sino para afrontarlos con acierto y confianza.

Esto reclama un convencimiento fundamental: el vigor de la Iglesia, el valor de sus aportaciones a la humanización del hombre, de la sociedad y de la historia, están en proporción a su autenticidad religiosa y a su densidad de fe, a su vida teologal y teocéntrica, a su vivir esa religiosidad y esa fe teologal en los múltiples terrenos de la vida real y concreta, al fortalecimiento de la identidad y de la comunión que le son propias, al vivir conforme a la originalidad con que ha aparecido en la historia por iniciativa de Dios, distinto al mundo. Ni su mensaje, ni sus objetivos, ni sus procedimientos pueden coincidir con los mensajes, los objetivos y los procedimientos de ningún grupo humano.

Es preciso que fundamente en los fieles el encuentro y la experiencia viva de Dios, y que, como el justo, viva de la fe, que promueva verdaderas comunidades de creyentes que sean capaces de asumir la responsabilidad de vivir la fe en un mundo que no es ni puede ser nunca por sí mismo el mundo de Dios.

Para afrontar con decisión y esperanza los retos del futuro, se necesita reavivar las raíces cristianas de nuestra sociedad. Recuperar y revitalizar estas raíces es una decisión insoslayable en una hora en la que está en juego nuestro futuro. Entendería parcialmente esto quien en los retos viese únicamente los retos políticos y económicos. Sin negarles importancia, hay otros retos que nos desafían en lo más profundo de nuestro ser personal y social.

Cuanto más se seculariza la vida, más se deshumaniza; más se empequeñece el sentido de las relaciones humanas y se pone en peligro la dignidad y libertad de las personas. En la crítica sin discernimiento que se ha hecho en los últimos decenios, y que se viene haciendo de manera radical, a nuestro pasado espiritual y cristiano, o al sentido religioso de la vida como abarcante de la persona y con toda su significación vital, la quiebra moral es manifiesta, y consiguientemente la quiebra de humanidad, el vacío y el nihilismo, el relativismo como forma de vida y de constitución de la sociedad adquieren carta de ciudadanía.

Aunque no todos, por desgracia, la perciban, hoy más que nunca se puede percibir la necesidad de Dios. Hacia ahí apunto cuando afirmo que es necesario reavivar nuestras raíces cristianas, o cuando señalo como fundamental el fortalecer la misión auténtica y estrictamente religiosa de la Iglesia. No faltarán quienes ante esto se rasguen las vestiduras gritando que pretendo volver al régimen de cristiandad, a la confusión de lo civil y de lo cristiano, del Estado y de la Iglesia, o que, por otra parte, abogo por una Iglesia espiritualista, desencarnada y desentendida de los grandes problemas que afectan a nuestra sociedad y a la Iglesia misma, o que intento olvidar y obviar «lo que está cayendo». Todo lo contrario.

Sencillamente trato de reclamar que abordemos una vez por todas y decididamente la gran tarea de la nueva evangelización dentro de las condiciones de libertad religiosa, que tal vez algunos podrían parecer empeñados en cercenar. La nueva evangelización es la respuesta a los retos de futuro que tenemos entre nosotros. Lo que vivimos en estos días, es verdad, no sin poco sufrimiento, entiendo que es una llamada y una purificación para que la Iglesia, siendo Iglesia conforme la ha querido y quiere su Señor, Jesucristo, fortaleciendo su identidad de fe, su fidelidad al magisterio del Papa y su comunión profunda, se entregue a la gran labor y dicha más honda que se le ha confiado: la misión, el gran servicio a los hombres y a la sociedad, que es una nueva evangelización. Este es el reto de futuro, aquí se abre la gran esperanza.

Es importante que, desde la sinceridad y la humildad, se reconozca la debilidad y la fragilidad de nuestra fe. Es el camino para ponernos en movimiento y renovarnos. Se necesita esa renovación profunda; se necesita que la experiencia de Dios y de Jesucristo se fortalezca hondamente en la Iglesia para anunciar el Evangelio; se necesita acoger de nuevo el Evangelio de Jesucristo, que se haga vida en nosotros, los cristianos, que vivamos de Él, como el justo vive de la fe. De esta manera evangelizaremos y ofreceremos lo mejor que tenemos y que el mundo, sin saberlo a veces, reclama y necesita: la verdad que nos hace libres y se realiza en el amor, el amor que sólo Dios puede dar, el que nos ha dado en un verdadero derroche a los hombres en su Hijo, Jesucristo, crucificado y resucitado. Él sí que cambia todo, y lo renueva todo. Urge: Lo necesita la Iglesia, lo necesita el mundo.


* El cardenal Antonio Cañizares es prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
*Publicado en el diario La Razón