3.
Todo lo que supone un solo abuso ya es suficiente como para reprobar lo más posible, canónica y civilmente, al autor del mismo. Todo los hechos ciertos que se han venido conociendo son y serán siempre una patética aberración.
 
Sin embargo, como ulterior consideración válida para juzgar adecuadamente la información que se recibe, no se pueden perder de vista algunos elementos que, si bien no restan gravedad a los acontecimientos, sí los matizan y ofrecen elementos para una mejor crítica y para ponderar adecuadamente el bombardeo mediático.
 
A.
El informe irlandés citado casi al comienzo de este análisis comprende cinco volúmenes: 2,575 páginas). Los titulares que salieron después de que se hizo público tendieron a identificar la palabra «abuso» que aparece en el texto como «abuso sexual», exclusivamente.
 
Quienes hemos tenido la oportunidad de repasar con detenimiento el informe completo pudimos advertir lo que el mismo informe revela: el término abuso se usa en su acepción más amplia, no sólo referido al sexual sino también, y sobre todo, al físico de castigos y violencia, y al psicológico y a las malas condiciones de las escuelas.
Algo similar sucedió en el informe que dio el fiscal del Estado alemán, Thomas Pfister, al investigar el caso de la escuela de Ettal. En su balance, Pfister refiere hasta 100 víctimas pero mezcla los casos de abusos sexuales (missbrauch) con los castigos corporales (misshandlung).
 
Ya en un artículo de Elizabeth Lev para Politics Daily (cf. En defensa del clero católico -¿o queremos otro reino del terror?-) la autora ponía el dedo en este tema: «La frase “abuso sexual” se equipara erróneamente con “pedofilia” para avivar aún más la indignación, No consideran la perspectiva política de Edmund Burke que se pregunta por qué la Iglesia Católica es escogida para ser tratada así».
 
B.
Otro error común de la prensa laica es identificar inmediatamente un caso de abuso en una institución católica con la inmediata imputación a la figura del sacerdote.
 
Es algo que ha quedado reflejado, por ejemplo, en la percepción de situaciones como la reportada a inicios de marzo de 2010 por la cadena de televisión alemana ARD. El canal de televisión informaba sobre el caso de abusos en una fundación católica para niños autistas en Düsseldorf. Los acusados, contrario a lo que se pensó, no eran religiosos o sacerdotes sino laicos.
 
En el caso del primer informe irlandés, de todos los centros femeninos estudiados hay sólo tres casos de abusos y las autoras fueron laicas que trabajaban en esas instituciones. Para los centros masculinos sólo hay mención de abusos explícitamente sexuales por parte de 23 religiosos. Estos se concentran, sobre todo, en dos de los doce centros estudiados. En cuatro centros más los abusos no fueron cometidos por sacerdotes sino por otros colegiales de cursos superiores. En los demás fueron laicos.
 
La maximización de las cifras es un tópico recurrente. Sin dejar de recordar que un solo caso es suficiente para justificar enojo y vergüenza, estudiosos como Philip Jenkins, de la Universidad de Pensilvania, explicaba al diario Le Monde (cf. 08.04.2010) que los abusos conciernen a un reducido número de sacerdotes.
La entrevista de Avvenire con monseñor Scicluna también ilumina en este campo. Interrogado sobre la procedencia numérica de los casos de abusos, el oficial de justicia de la CPF responde: «Sobre todo de Estados Unidos que entre 2003-2004 representaban alrededor del 80% de la totalidad de los casos. Hacia  2009 el porcentaje estadounidense disminuyó pasando a ser el 25% de los 223 nuevos casos señalados en todo el mundo. En los últimos años (2007-2009), efectivamente, la media anual de los casos señalados a la Congregación en todo el mundo ha sido de 250 casos. Muchos países señalan sólo uno o dos casos. Aumenta, por lo tanto, la diversidad y el número de los países de procedencia de los casos, pero el fenómeno es muy limitado. Hay que tener en cuenta que son 400.000 en  total los sacerdotes diocesanos y religiosos en el mundo. Esa estadística no se corresponde con la percepción creada cuando casos tan tristes ocupan las primeras planas de los periódicos».
 
C.
Algunos han querido relacionar el celibato eclesiástico con los casos de pederastia. Incluso se han instrumentalizado y deformado palabras, como las del cardenal Chistoph Schönborg, de Viena, para «hacerle culpar» al celibato de la crisis actual. El mismo Schönborg negaría la tergiversación.
 
¿Y tienen algo que ver celibato y pedofilia? En opinión de Christian Pfeiffer, director del Instituto de Investigación Criminológica de Hannover, nada tiene que ver lo uno con lo otro.
 
En esa línea va lo que afirma también el prestigioso profesor Hans-Ludwig Kröber, director del Instituto de Psiquiatría Forense de la Universidad Libre de Berlín: «Los delincuentes de abusos sexuales con menores son extraordinariamente raros entre las personas celibatarias, en ningún caso puede decirse que el celibato es la causa de la pedofilia». Kröber es ateo y en su juventud militó en el comunismo. Y añade: «La creencia de que la falta de pareja tarde o temprano desemboca en la pérdida de la orientación sexual original es científicamente una tontería».
 
Como recogía Ricardo Estarriol en un artículo publicado en Aceprensa (cf. 23.03.2010): «En un detallado estudio estadístico, Kröber demuestra que la probabilidad de que un célibe cometa un abuso sexual en Alemania es de 1 contra 40».
 
«La causa de la pedofilia no es el celibato», lo decía también el profesor Tonino Cantelmi, presidente de la Asociación Italiana de Psicólogos y Psiquiatras Católicos, en una entrevista concedida a la agencia zenit de noticias (cf. 16.04.2010).
 
Más recientemente, en su visita a Chile, el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, hizo unas declaraciones sobre la realidad que de hecho sí existe entre pedofilia y homosexualidad. Un periodista preguntó al cardenal si en el caso de los sacerdotes abusadores había una relación entre celibato y pedofilia. Al respecto, el cardenal Bertone respondió: «Han demostrado muchos sicólogos, muchos siquiatras, que no hay relación entre celibato y pedofilia, pero muchos otros han demostrado, y me han dicho recientemente, que hay relación entre homosexualidad y pedofilia». Su respuesta estaba basada en los estudios realizados sobre el grupo humano sobre el que se le cuestionó.
 
La respuesta del secretario de Estado fue descontextualizada y usada después para un nuevo linchamiento mediático en su contra que, en definitiva, estaba dirigido contra la Iglesia. La incidencia de estas descontextualizaciones es grave pues hace decir a las personas lo que no dijeron.
 
Ciertamente esta manera de reportar informaciones no exime a las personas de cotejar las fuentes originales. Es lamentable que sin consultar la respuesta completa, no sus interpretaciones, incluso el ministerio de asuntos exteriores de Francia haya atacado a Bertone y que en el parlamento español se haya promovido una moción contra la Santa Sede.
 
«Quienes lo critican confunden una rueda de prensa con un tratado de medicina, y buscan prohibir la cita de aquellos datos estadísticos que consideran como políticamente incorrectos. Es una forma de censura inaceptable, en ocasiones disfrazada de científica», respondía el profesor Introvigne en una entrevista concedida a la agencia Zenit (14.04.2010).
 
D.
En una nota publicada por Aciprensa (cf. 26.03.2010), el cardenal arzobispo de Sydney, George Pell, señalaba que algunos medios suelen referir que las normas de la Iglesia les pedían secreto, tanto a los obispos como a las víctimas, y no comunicar nada a la policía bajo pena de ex comunión. Además de negarlo, el cardenal decía que, en su experiencia pastoral de encuentro con víctimas de abusos sexuales, éstas prefieren frecuentemente la privacidad.
 
Diferentes medios, entre los que destacan The New York Times, la BBC de Londres y TIME han afirmado en diferentes momentos que el documento Crimen Sollicitationis (El crimen de solicitación) imponía silencio a las víctimas. El texto, disponible en la página web del Vaticano (en el siguiente enlace se puede consultar una traducción privada en lengua inglesa) evidencia que no es así. Originalmente redactado en latín, los medios apenas citados no explican qué traductor fue quien les reveló el contenido. También se afirma que el documento De delicta graviora (Sobre crímenes más serios) hacía lo mismo.
 
Cabe decir, en referencia a las víctimas de estos hechos de abusos sexuales, que las más de las veces éstas no buscan indemnizaciones económicas ni aparecer en los medios. Como decía el padre Federico Lombardi a la agencia ANSA: «Muchas víctimas no buscan compensaciones económicas sino ayuda interior, un juicio en su dolorosa situación personal». De ahí precisamente el interés, especialmente del Papa, por encontrarse con algunas de ellas en sus viajes apostólicos (lejos de cámaras y de todo espectáculo público, como ya ha sucedido en Estados Unidos, Australia, Roma y, más recientemente, en Malta).
 
E.
La cobertura que se ha dado a la reciente situación de la Iglesia en el rubro que estudia este análisis, ha sido claramente dispar respecto a otras instituciones o grupos humanos.
 
Un ejemplo claro de este inciso es la tratativa dispensada recientemente al internado de élite alemán Odenwald, de gestión completamente laica (de hecho vinculado a la UNESCO) y en el cual también se dieron casos de abusos sexuales a 23 chicos y una chica, entre los años sesenta y noventa. Fundada en 1910 por un matrimonio de pedagogos judíos (Paul y Edith Geheb), Odenwald ha contado entre sus alumnos a personalidades del mundo de la política como Daniel Cohn Bendit, actual líder de los verdes en el parlamento europeo, y a personajes del mundo de la cultura como la directora de cine Sandra Nettelbeck y los escritores Jakob Arjouni y Amelie Fried.
 
Pero esta disparidad no sólo contrasta en ese aspecto. El artículo de Elizabeth Lev en la web de Politics Daily dice también: «Los salaces informes sobre los abusos del clero (como si estuvieran limitados sólo al clero católico) han sido colocados por encima de las masacres de cristianos en India e Irak».
 
No sólo es eso. El 13 de abril, el periódico La Repubblica colocaba en primera plana un titular sobre la crítica de los homosexuales a unas declaraciones del cardenal Tarcisio Bertone en Chile. Casualmente, tanto éste como tantos otros diarios, apenas si daban cobertura a las pintadas obscenas y calumniosas en la casa natal del Papa en Alemania.
 
Resulta cuando menos curioso que los mismos medios que reflejan en sus portadas y en sus páginas las historias de eclesiásticos que han fallado a Dios, a la Iglesia y a las almas, no concedan el más mínimo espacio a los miles de testimonios de sacerdotes que viven fielmente su vocación.
 
F.
La exageración mediática convertida en pánico moral no ha tenido a bien distinguir entre la pedofilia propiamente dicha y la efebofilia, ni tampoco a reflejar las cifras reales que afectan a la Iglesia.
 
En una ya célebre entrevista del diario Avvenire a mons. Charles Scicluna, promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el oficial al que llegan y que gestiona los casos de abusos perpetrados por sacerdotes católicos), el prelado ponía de manifiesto la realidad.
 
Preguntado por el número de casos tratados, Scicluna respondía: «En los últimos nueve años (2001-2010) hemos analizado las acusaciones relativas a unos 3000 casos de sacerdotes diocesanos y religiosos concernientes a delitos cometidos en los últimos cincuenta años». A la respuesta sigue la pregunta del periodista Gianni Cardinali: «¿Tres mil casos de sacerdotes pedófilos?», a lo que monseñor Charles contesta: «No es correcto definirlo así. Podemos decir que grosso modo en el 60%  de esos casos se trata más que nada de actos de “efebofilia”, o sea debidos a la atracción sexual por adolescentes del mismo sexo, en el otro 30% de relaciones heterosexuales y en el 10% de actos de pedofilia verdadera y propia, esto es, determinados por la atracción sexual hacia niños impúberes. Los casos de sacerdotes acusados de pedofilia verdadera y propia son, entonces, unos trescientos en nueve años. Son siempre demasiados, es indudable, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se pretende».
 
G.
Las declaraciones del profesor Jenkins, autor de Pedophiles and Priest. Anatomy of a Contemporany Crisis (Oxford University Press, 2001), al diario Le Monde recuerdan también el contexto general en el que se deben enmarcar la tratativa eclesial sobre los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes católicos según la época: «La respuesta de la Iglesia a los abusos sexuales cometidos en su seno se inscribe en buena parte en el contexto legislativo, político y moral de la época, y evoluciona en función de él entre 1950 y la actualidad. En los años 60 y 70, la Iglesia ha creído poder tratar el problema transfiriendo a los sacerdotes acusados e incitándoles a someterse a tratamiento. En cambio, desde comienzos de los años 90 se desarrollan los procedimientos a gran escala para prevenir la pedofilia y responder de manera eficaz a las denuncias.

Desde 2002, la Iglesia católica americana ha adoptado una actitud de “tolerancia cero” que prevé la suspensión inmediata de todo sacerdote sospechoso de abusos».
Por otra parte, se está olvidando que el problema de la pedofilia tiene un contexto que no es exclusivamente el eclesial. En la carta del Papa a los católicos de Irlanda (léase completa en el siguiente enlace), Benedicto XVI hacía una interesante contextualización del problema de la pedofilia. Escribe:
 
«En las últimas décadas […] la Iglesia […] ha tenido que enfrentarse a nuevos y graves retos para la fe debidos a la rápida transformación y secularización de la sociedad irlandesa. El cambio social ha sido muy veloz y a menudo ha repercutido adversamente en la tradicional adhesión de las personas a las enseñanzas y valores católicos. Asimismo, las prácticas sacramentales y devocionales que sustentan la fe y la hacen crecer, como la confesión frecuente, la oración diaria y los retiros anuales se dejaron, con frecuencia, de lado.
 
También fue significativa en este período la tendencia, incluso por parte de los sacerdotes y religiosos, a adoptar formas de pensamiento y de juicio de la realidad secular sin referencia suficiente al Evangelio. El programa de renovación propuesto por el Concilio Vaticano II fue a veces mal entendido y, además, a la luz de los profundos cambios sociales que estaban teniendo lugar, no era nada fácil discernir la mejor manera de realizarlo. En particular, hubo una tendencia, motivada por buenas intenciones, pero equivocada, de evitar los enfoques penales de las situaciones canónicamente irregulares. En este contexto general debemos tratar de entender el inquietante problema de abuso sexual de niños, que ha contribuido no poco al debilitamiento de la fe y la pérdida de respeto por la Iglesia y sus enseñanzas.
 
Sólo examinando cuidadosamente los numerosos elementos que han dado lugar a la crisis actual es posible efectuar un diagnóstico claro de las causas y encontrar las soluciones eficaces. Ciertamente, entre los factores que han contribuido a ella, podemos enumerar: los procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa, la insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados, la tendencia de la sociedad a favorecer al clero y otras figuras de autoridad y una preocupación fuera de lugar por el buen nombre de la Iglesia y por evitar escándalos cuyo resultado fue la falta de aplicación de las penas canónicas en vigor y de la salvaguardia de la dignidad de cada persona. Es necesaria una acción urgente para contrarrestar estos factores, que han tenido consecuencias tan trágicas para la vida de las víctimas y sus familias y han obscurecido tanto la luz del Evangelio, como no lo habían hecho siglos de persecución».
 
H.
La carrera por hacer titulares ha llevado a algunos medios a mentir, falsear y calumniar. Ya que hemos mencionado el caso del colegio Odenwald, de Alemania, que nada tiene de relación con la Iglesia católica, fue significativo el yerro monumental que en su website tuvo el periódico alemán Frankfurter Rundchau al titular una entrada: «El Papa debe tomar postura sobre Odenwald». Momentos más tarde tendría que cambiar sigilosamente el título.
 
Ramón Pérez-Maura recordaba desde una columna en el ABC de España que «Periodismo implica cotejar. Incluso –y yo diría sobre todo– cuando la fuente de una información es la agencia AP o The New York Times» (cf. 14.04.2010).
 
El abuso mediático del tema de los abusos plantea la seria consideración del tipo de periodismo que se hace actualmente en buena parte de los medios de comunicación de mayor trascendencia. Las informaciones parecen haber abdicado de la necesidad de investigaciones serias, fuentes contrastadas y contenidos veraces. Crear morbo, vender y calumniar parece ser la pauta a seguir. No sé si muchos de los medios referidos en este análisis sean verdaderamente anticristianos, pero sí sé que no han hecho periodismo.
El abuso de los abusos convertido en persecución contra Benedicto XVI, precisamente en el año sacerdotal, pareciera responder, al menos como hipótesis, a un «miedo» a que este evento eclesial suscite nuevas y santas vocaciones, fortalezca a los millares de sacerdotes (y religiosas) santos, y anime a los cristianos a vivir como tales. Tal vez también habría que mirar ahí cuando se trata de encontrar causas muy de fondo a la campaña mediática contra el rottweiler de Dios que, pese a la difamación, suma cinco años como guía de una Iglesia que supera ya los dos mil años de historia.
 
Un diagnóstico de la prensa, al menos de la aquí citada, apunta a su triste y vergonzoso ocaso.