A primera vista, quizás sin saber mucho o profundizar en el tema del sacrificio de Isaac o en el de la Pasión de Cristo, ¿qué sensación nos genera? Quizás nos pueden parecer muy crueles, o hasta reflejar una imagen de un Dios sádico o de un Dios que quiere la sangre como precio de nuestros errores.

Sin embargo, si nos adentramos en estos maravillosos y misteriosos eventos podemos descubrir una fuente de amor tan grande hacia nosotros que nos puede conducir a la acción de gracias y a intentar hacer de nuestra vida una obra que valga la pena de estas entregas, de estos sacrificios. ¿Cómo? Miremos estos eventos un poco más de cerca….

Como bien decía San Agustín, el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo. 

Una de las claves de la interpretación bíblica es analizar un texto en toda la unidad de la Escritura. Por eso, para sacar conclusiones sobre los textos bíblicos, tenemos que relacionarlos con la unidad de toda la Escritura, es decir, el Antiguo y el Nuevo Testamento (Dei Verbum, 12)

Tanto la Pasión de Cristo, la entrega de Dios de su Hijo muy amado, como la historia de Abraham e Isaac, su pedido de entrega, de sacrificio de su hijo al que ama, cuando son analizadas en su conjunto, se iluminan mutuamente, y nos dan claves de interpretación fundamentales para una comprensión adecuada de lo que cada uno de estos eventos representa.

Quizás desde el primer momento en que leemos las palabras que Dios le dice a Abraham -"Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré» (Gn 22,2)- se nos abren los ojos, y empezamos a preguntarnos: ¿cómo Dios le puede pedir algo así? Y si bien desde el primer momento sabemos que es una prueba, ya que el mismo texto nos lo indica apenas inicia el capítulo -“Después de estos acontecimientos, Dios puso a prueba a Abraham” (Gn 22, 1)-, nosotros como lectores lo sabemos, pero Abraham no. 

Entonces podríamos preguntarnos: ¿acaso a Dios le gusta jugar con nuestros sentimientos? ¿Nos pone a prueba inquietándonos y probándonos con algo tan delicado como la vida de otro ser humano? ¿El ser humano más valioso de nuestra vida? ¿Pidiéndonos algo impensable, algo que va contra toda lógica? ¿Acaso no tiene otro modo de poner a prueba a Abraham? ¿A su fiel seguidor?

En otro artículo y en otro vídeo analizo detalladamente todo el camino que recorrió Abraham hasta llegar a esta situación para poder comprender cómo Dios lo fue preparando para este momento.

No es algo que Dios le podía pedir en cualquier momento, sino que atravesaron juntos un camino de conocimiento de muchos años y de muchas pruebas, que lo llevó a Abraham a confiar en Dios, no de forma ciega, sino porque Dios le había demostrado Quién era y que era digno de fe. 

Asimismo hay varios detalles en este relato que se nos van dando para entender mejor este pedido. Primeramente, en la tradición judía, esta historia no tiene por nombre “el sacrificio de Isaac” sino que se llama “Akedat Itzjak”, que significa la atadura de Isaac. Nunca hubo sacrificio, sino que sólo se llegó a atar Isaac en preparación para el sacrificio

Una comparación detallada de los sacrificios de Isaac y de Jesús, de labios de Luciana Rogowicz.

Isaac no era un nene chiquito, como muchas veces pensamos. Era ya un chico fuerte, por eso era él quien cargaba los leños para el sacrificio (Gn 22, 6). Isaac tranquilamente hubiera podido negarse a su atadura, luchar contra su padre, pero no lo hizo.

Hay varios indicios, si leemos el relato atentamente, que nos van mostrando que esta ofrenda no era únicamente de Abraham, sino que tanto él como Isaac voluntariamente fueron a ofrecer un sacrificio a Dios. El camino de fe de ambos y su relación íntima con Dios los habían llevado a una comprensión de Dios tal, que sabían que Dios iba a cumplir siempre sus promesas.

Ellos conocían quién verdaderamente era Dios, su bondad, su amor, su compasión. No tenían una imagen desfigurada de Él que los podía hacer percibir malicia o cinismo, sino que sabían que Dios siempre es fiel e Isaac, al ser el hijo "de la promesa" (Gál 4, 28) y de la "descendencia tan grande como las estrellas del cielo" (Gn 15, 5;  22, 17) podía ser entregado por completo, ya que Dios no iba a permitir que lo sacrificasen, o creían que hasta lo podría resucitar (Heb 11, 19). Isaac fue siempre un don de Dios, y así lo comprendieron tanto el padre como el hijo.

El padre ofrece a su hijo y su hijo, voluntariamente aceptando, va con él. Y esta imagen es una muestra anticipada de lo que va ocurrir tiempo después en el Calvario: "...cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada…”

Tal como Isaac va junto a su padre a ofrecerse en sacrificio, Jesús se ofrece voluntariamente, no sin dolor (Mt 26, 36-39), pero por voluntad propia, por amor pleno a los hombres. No es una ofrenda del padre por encima de la voluntad del hijo, sino que ambos participan y comparten la misma voluntad de esta ofrenda. Jesús mismo lo afirmó: "El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre" (Jn 10, 17).

En el Antiguo Testamento lo vemos profetizado claramente con Isaías: "Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables" (Is 53, 10).

Jesús en ningún momento fue un hijo víctima de las decisiones de su padre. Sino que, al igual que con Abraham e Isaac, esta entrega fue mutua, por un único motivo, el amor. Por eso Jesús nos dice "no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” y por eso, uniendo su voluntad con la del Padre, Él “los amó hasta el extremo” y dio su vida completa. Esta entrega es la historia de amor más grande que jamás existió.

La voluntad del Hijo unida a la del Padre. Al igual que la ofrenda que estaban por realizar Abraham e Isaac. La voluntad de Isaac, unida a la de su padre. Una ofrenda mutua y total a Dios. La entrega absoluta de sus vidas, de su presente, de sus proyectos, de su futuro. Pusieron todo en manos de Dios. Quizás no entendiendo el porqué, o el para qué, ni el cómo, pero sí el Quién. Y ese Quién, cuando lo conocemos, sabemos que es más que suficiente. Que no requiere nada más.

A esto debemos aspirar como creyentes, como hijos de Dios. A una confianza que antecede a la comprensión. A creer en Dios y creerle a Dios, a creer en su Palabra y confiar. A entregarnos del mismo modo que se iba a entregar Isaac. Del mismo modo que confió Abraham y por eso era capaz de dar a su hijo, a lo que más quería en su vida, más que a sí mismo. Y, del mismo modo que Jesús, atrevernos a ponernos en las manos del Padre en todo momento diciendo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”

Publicado en el blog de la autora, Judía y católica.