El 10 de abril de 1966 fallecía uno de los escritores británicos más destacados del siglo XX, Evelyn Waugh, cuyo nombre va ligado a su conversión al catolicismo y a ser el autor de Retorno a Brideshead. Creemos que un converso cambia radicalmente de vida y de escenario, pero el converso sigue siendo el mismo, con sus virtudes, defectos y debilidades. La conversión es una obra de toda la vida, no un instante transformador para acomodarse en un supuesto estado de felicidad. Cuando Waugh fue admitido en la Iglesia católica en 1930, pasaba por ser un escritor ultramodernista, un esteticista educado en Oxford. Había alcanzado cierto éxito con una biografía de Dante Gabriel Rosetti, principal representante de la pintura prerrafaelista, un estilo que, por cierto, no gustaba a otro famoso converso como Chesterton. No hay dos conversos iguales. Chesterton siguió cultivando la paradoja, arte literario muy sutil. En cambio Waugh, que también ejerció como periodista, apostó por la sátira, muchas veces de trazos gruesos y despiadados. Fue un escritor católico que no escribió novelas católicas, aunque Retorno a Brideshead tenga connotaciones teológicas.

Pese a todo, Waugh en 1935 sorprendió a sus lectores con un ensayo biográfico, ágil como una novela, que lleva el nombre de Edmund Campion, un jesuita mártir en la Inglaterra isabelina. El autor estimaba este libro, pues realizó varias ediciones para que no fuera oscurecido por otros de sus éxitos. En 1936 la obra fue galardonada con el prestigioso Premio Hawthornden, uno de los más destacados de las letras inglesas. Coincidió con la inauguración del Campion Hall, un centro universitario en Oxford promovido por los jesuitas. Fue un jesuita, Martin D’Arcy, el hombre que contribuyó a la conversión de Waugh.

Edmund Campion comienza con el relato de la profunda depresión en la que cae la reina Isabel antes de su muerte en 1603. Culmina así una vida angustiada por las conspiraciones reales o imaginarias que llevaron a muchas personas al cadalso. Waugh atribuye la mortal melancolía de la reina a esos recuerdos, aunque la historia oficial la exalte como forjadora de un nuevo sistema político y una nueva religión. En sus pesadillas debieron de revivir aquellas terroríficas ejecuciones que no contempló, como la de Edmund Campion, al que había conocido en una visita a Oxford en 1566. Era entonces un sabio y elocuente profesor que dirigió un discurso en latín en nombre de la filosofía a la princesa de las letras, una princesa con fama de gustar de las humanidades. Campion podía haber alcanzado toda clase de dignidades en la Iglesia anglicana, pero su pasión por el estudio y por la verdad le llevó a leer a los padres de la Iglesia, como Newman tres siglos después, y llegó a la conclusión de que la nueva religión poco tenía que ver con aquellos predecesores cristianos. Tampoco podía conformarse con la sabiduría de Platón, Aristóteles o Cicerón. Campion buscaba algo más y se trasladó al seminario de Douai, en Francia, donde estudiaban católicos ingleses exiliados. Muchos de los nuevos sacerdotes entraban clandestinamente en Inglaterra para asistir a los fieles católicos.

San Edmundo Campion (1540-1581).

Ese también sería el destino de Campion, aunque antes marchó a Roma para entrar en la Compañía de Jesús. Al parecer no volvería a su país, dedicado a la actividad de profesor de Retórica y Filosofía en Brno y Praga. Pero en 1580 los jesuitas establecieron una misión en Inglaterra y Campion regresó asumiendo la identidad de un comerciante de joyas. Vivió un año en una clandestinidad errante para celebrar Misas y atender espiritualmente a unos católicos que no solo eran acusados de herejía sino también de traicionar a su reina.

Detenido tras una delación, sería conducido a la torre de Londres, donde pasó cuatro meses hasta su martirio. Waugh relata, sin embargo, que al principio fue conducido ante la reina, que le preguntó que si la reconocía como soberana. Ella aún recordaba su discurso de Oxford y Campion le reiteró su fidelidad. Los consejeros de la reina reconocían que no encontraban ninguna culpa en él salvo la de ser un papista. Al jesuita le seducían ahora con el servicio a un César que se había hecho Dios. Pero a Campion no le atraía una religión que había dejado de ser universal. Del mismo modo, Waugh se rebeló contra una fe cargada de puritanismo. Prefirió un catolicismo en el que el aparente fracaso del pecado encierra una promesa de salvación.

Publicado en Alfa y Omega.