Castellani maldito resulta la segunda entrega de la biografía del padre Leonardo Castellani, que su autor Sebastián Randle iniciara con Castellani (Vórtice, Buenos Aires, 2003, 899 págs.) Este segundo volumen abarca la vida del padre desde su expulsión de la Compañía de Jesús el día 18 de octubre de 1949 hasta su muerte el día 15 de marzo de 1981.



El padre Leonardo Castellani fue un genio singular, una inteligencia incisiva y lúcida que abarcó en la gama de sus intereses la política, la crítica literaria, la poesía, la filosofía, la teología y, hacia el final, la exégesis bíblica, volcada especialmente al estudio del Apocalipsis y otras revelaciones sobre las «ultimidades». Pero a ese imponente abanico de gracia y cultura sumó Castellani la propia vida, signada por terribles avatares en su pulseada con la burocracia eclesiástica y un temperamento sensible y melancólico que revelan sus Diarios, en los cuales volcó impresiones e ideas asombrosas y riquísimas para sus futuros lectores.

Sebastián Randle hace en esta biografía una concatenación excelente entre los temas que aparecen en las «entradas» de sus diarios y las circunstancias de su vida particular, a lo que suma también las preocupaciones intelectuales que Castellani fue teniendo con el paso de los años. De esta manera, el libro es fruto de un enorme trabajo de reproducción de tópicos que acompañan la vida del cura. Claro que en esta segunda etapa de sus largos 81 años, Castellani no protagonizará las quijotescas aventuras de su pasado jesuita. Ahora lo encontramos recluido en un modesto departamento de la calle Caseros en Buenos Aires, haciendo vida de «ermitaño urbano». Pero la biografía muestra cómo al tiempo que Castellani encuentra relativa paz, su fecundidad literaria se expande hacia riquísimos campos, originales en la expresión y tradicionales en la doctrina. Y aunque el libro no lo analice suficientemente, hay algo místico en esta forma de vida que asumió Castellani y la intuición de un modo de santidad inédito, a tono con una modernidad inédita también en la contrariedad con que mina el camino existencial de cualquier hombre religioso. En Kierkegaard encontrará Castellani un verdadero compañero de ruta de este novedoso itinerario espiritual, cuya soledad tiene hoy la marca «sutil de los hermitaños, que conocen los colectivos, saben la hora de los trenes y hacen chistes en los cafés, eso lo inventó Kierkegaard –y es mi vocación», dirá. [El biógrafo nos aclara que Castellani (¿cuándo no?) gusta de tomarse sus propias licencias en el uso del castellano, como en este caso (hermitaños), cambiando palabras e inventando expresiones según las encuentre más exactas o simplemente mejor dichas.]

Por su parte, se encuentra Randle con el desafío de ir desbrozando el pensamiento castellaniano, lo que hace con acierto y claridad. En esto se notan en el biógrafo los años de relecturas y meditación de la extensa obra del padre. Además, es enormemente rescatable el trabajo de identificación y reunión de fuentes entre tantos artículos publicados al tiempo de editar Castellani sus distintos libros; lo que exhibe en el autor un paciente trabajo de investigación.

La Argentina navega (y prácticamente naufraga) en las aguas de su singular existencia histórica, al tiempo que el padre Castellani se preocupa cada vez menos por la política inmediata, aunque sin dejar de referirse saltadamente a ella en cualquier lugar de su obra. Llama la atención en este punto el conocimiento que Castellani siempre mantuvo de las personas públicas y movimientos sociales de su época. Nunca fue ajeno a las noticias ni dejó de lado este aspecto ordinario de la política. Aun sin intervenir casi, Castellani siempre quiso saber. Al mismo tiempo, la profundidad de sus impresiones sobre el nudo de lo religioso (que es el eje de su obra) es brillante. Como aquella entrada en el Diario que Randle destaca al final del capítulo XXXIX: «La religión debería ser para los pobres solamente consuelo y para los ricos, temor. Para predicar esa religión hay que ser muy pobre y tremendamente religioso».

Será este nudo de lo religioso en el pensamiento de Castellani una llave para entender sus gustos «modernos». Pues la modernidad en sí misma no quedará identificada con el error, verdadero enemigo de la religión, que la excede en el tiempo y en la multiplicidad de sus manifestaciones. En este mismo tópico puede comprenderse (aun sin compartirse) la indiferencia del cura ante los avances del progresismo litúrgico y consuetudinario en el seno de la Iglesia postconciliar.

Hasta aquí, en «cifra», diría Castellani, los aspectos relevantes de su biografía. Pero aprovechando que Randle no es amante de los elogios, haremos mínimas críticas. En primer lugar, la sintaxis que elige el autor es personal, ya lo advertimos en el primer tomo de la entrega. Puede que no guste, y no siempre resulta buena. Tiene la virtud de hacer ligera la lectura pero el defecto, entre otros, de hacer innecesariamente largo el libro. En segundo lugar, yendo a un aspecto más de fondo, advertimos que Randle hace paralelos históricos y teológicos en la vida del cura que son suyos, y no del biografiado; como se ve en las referencias al peronismo decadente de la década del cincuenta –para lo cual toma Randle fuentes a nuestro modo de ver confesamente liberales– o al problema de la nouvelle théologie –para lo cual toma Randle fuentes a nuestro modo de ver confesamente progresistas–. El marco autorreferencial opaca sin razón un trabajo de inmenso valor para los lectores de Castellani; tanto que, al final del grueso tomo, se vuelve un arma de apología pro vita sua del biógrafo que no tiene razón de ser excepto para él, que no es, a la postre, el verdadero protagonista.

¿Debemos detenernos en estos aspectos críticos? Ni por un segundo. Este Castellani maldito de Sebastián Randle es un libro valiosísimo y de enorme provecho. Celebramos su publicación que coronará, junto con el primer tomo, el espacio consagrado en nuestras bibliotecas a la magnífica obra del padre Leonardo Castellani.

Publicado en Razón Española, nº 207 (enero-febrero de 2018).