Tal vez por ser una lacra demasiado extendida, por haberse ensañado con nosotros mismos, con nuestros amigos y familiares más próximos, ya apenas nos atrevemos a señalar las calamidades que tienen su origen en el divorcio. Pero el divorcio ha traído a nuestra generación consecuencias funestas: familias desgarradas y anegadas de resentimiento; hogares convertidos en campos de batalla; hijos convertidos en carne de psiquiatra o en cobayas de siniestras ingenierías sociales, etcétera. 

Afirmaba Chesterton que el matrimonio es un compromiso; y que tal compromiso, sin embargo, es el mayor acto de libertad imaginable. El divorcio, consecuentemente, es la constatación más evidente de que el hombre contemporáneo se ha convertido en un esclavo de sus apetitos y veleidades, incapaz de comprometerse libremente, incapaz de vincularse a otra libertad con la que se encamina hacia un fin común.

Este vínculo entre dos libertades que se limitan libremente para hacerse juntas más fuertes hace del matrimonio un lazo más fuerte que cualquier ley o imposición; por eso los nuevos tiranos se han esforzado en su hostigamiento: pues una vez arrasada esa fortaleza, se abre la caja de Pandora que introduce todas las calamidades en nuestra vida, hasta hacerla migajas.

Las instituciones sostienen y vertebran nuestras vidas; por eso la destrucción de las instituciones puede llegar ser más temible incluso que la destrucción de las vidas.

Si el divorcio no se hubiese generalizado, otras lacras cada vez más extendidas –desde el abandono de los viejos a las odiosas ingenierías de “género”, pasando por la normalización del aborto– se habrían encontrado con obstáculos insalvables.

Nuestra época, borracha de emotivismo, pretende presentar el divorcio como un triunfo de la libertad personal, cuando en realidad es una derrota de nuestra capacidad para asumir compromisos y una sórdida victoria del individualismo más despótico.

Nuestra época combate el matrimonio porque desea construir una sociedad de individuos aislados, prisioneros de sus apetitos y conveniencias. 

Y, una vez lograda esta sociedad de individuos como átomos vanamente orgullosos, puede hacer con ellos lo que se le antoja: a unos enviscarlos, a otros deprimirlos, a otros pervertirlos y convertirlos en adoradores de los ídolos más peregrinos y embrutecedores.

Chesterton nos enseñaba que el capitalismo, para debilitar la comunidad de los hombres y lograr sus designios, había alentado los divorcios y tratado las viejas virtudes domésticas con desprecio; había provocado una competencia hostil entre los sexos; había sacado a hombres y mujeres de sus casas en busca de trabajo, los había forzado a organizar su vida en función de sus aspiraciones de éxito y bienestar material; había, en fin, reducido el matrimonio a un contrato eventual y rescindible, siempre supeditado a la “realización” personal, como conviene a una nueva utopía hedonista que postula la búsqueda de la felicidad a través de la deificación del deseo personal. Y, ante este deseo endiosado, no caben lealtades firmes, ni promesas indisolubles.

Chesterton también nos advirtió: “No derribes una valla sin indagar antes en la causa por la que la pusieron”. Al derribar la valla del matrimonio, se dejó el paso libre a sucesivos enemigos que, no contentos con separarnos, se disponen a triturarnos. Que es lo que tarde o temprano les ocurre a los hombres, cuando se quedan sin instituciones que los protejan. 

Publicado en Revista Misión.