Hace cinco años, una amiga acudió a la peluquería a cortarse el pelo acompañada por su hijo. Estaba la peluquera aplicada a la labor, y el chico enfrascado en su Kindle, cuando entró otra madre en el establecimiento llevando a rastras a su hija. La niña llevaba una muñeca American Girl y la madre anunció a todos los presentes: “Hemos venido para cortarle el pelo a la muñeca. ¡La estamos cambiando de sexo!”
 
Afortunadamente, el hijo de mi amiga, lector acérrimo, quedó ajeno a todo ello. Pero si el pequeño, de siete años, hubiese preguntado: “Mamá, ¿qué es cambiarse de sexo?”... ¿qué se supone –me interrogaba mi amiga– que debía decirle?
 
¿Qué, en efecto?
 
A muchas personas parece trabárseles la lengua cuando llegan a la T de LGBT. Pese al postureo de la madre de la peluquería, intuitivamente entendemos que nos hallamos ante un auténtico sufrimiento psicológico –“disforia de género”, en el lenguaje técnico– y que este problema y otros similares no deberían ser pelotas de ping pong políticas, porque hay vidas en juego. Por desgracia, esa reticencia a debatir la tormenta T dentro del tsunami más amplio LGBT deja el campo libre a los partidarios de la “reasignación de género” en todas sus formas, que actualmente incluyen la prescripción de fármacos inhibidores de la pubertad a niños preadolescentes que dicen ser algo distinto a lo que son. Es más: nueve estados [de Estados Unidos], el Distrito de Columbia [sede de la capital federal, Washington] y treinta y tres administraciones locales tienen leyes que prohíben a los profesionales de la salud mental ofrecer “terapias de conversión” a menores sobre la base de la orientación sexual o la identidad de género. California, liderando como siempre la piara del endemoniado geraseno que se arroja desde la colina [cfr Mc 5, 1-20], subvenciona la “cirugía de reasignación de sexo” a los presos; el primer receptor de este “beneficio” fue Shiloh Heavenly Quine, condenado por secuestro y asesinato a cadena perpetua sin posibilidad de libertad provisional.
 
Nadie que esté familiarizado con la literatura relevante al respecto niega que la disforia de género exista, ni que, en ocasiones, la formación de la identidad de género sea un asunto complicado y tortuoso. Sin embargo, en el actual clima cultural y político, sugerir que la carrera por aceptar reivindicaciones que hace una década habrían sido consideradas signos de una seria perturbación psicológica –y así siguen considerándolos eminentes psiquiatras– implica arriesgarse a ser denigrado y marginado de la sociedad por intolerante. Al igual que el resto del fenómeno LGBT, la T se ha politizado a conciencia, convertida en un arma.
 
Para todos aquellos a quienes preocupe que con todo esto se perjudique seriamente a hombres, mujeres y niños (con grave daño para la ética médica y la ley), un buen lugar donde empezar a examinar todo el fenómeno T es el estudio de Ryan T. Anderson recientemente publicado: When Harry Became Sally: Responding to the Transgender Moment [Cuando Harry se convirtió en Sally: respondiendo al momento transgénero].
 

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Anderson (entre cuyas habilidades figura tocar el dulcémele o dulcimer) es uno de los intelectuales jóvenes más comprometidos de Estados Unidos. Sus virtudes académicas (una investigación sólida, un pensamiento riguroso, un juicio prudente y una profunda compasión hacia los seres humanos con problemas) se despliegan totalmente en este libro. También su valentía, pues ya fue linchado públicamente por su defensa del matrimonio rectamente entendido antes de que el Tribunal Supremo impusiera el “matrimonio del mismo sexo” a todo el país. Ryan Anderson aborda ahora otro enfebrecido asunto social desde una posición que los actuales creadores de opinión y sus sicarios consideran el lado equivocado de la línea roja. Lo ha hecho, nos dice, por las historias “de personas que han re-transicionado” (esto es, que han reconocido que su “reasignación de sexo” fue un terrible error). Esas historias, escribe, “son desgarradoras, tenía que hacer todo lo posible para impedir que más gente sufra de la misma forma”.
 
Ojalá la profesión médica, cada vez más amedrentada por el acoso de la corrección política, mostrase similar compasión. O similar integridad, pues, como escribe Anderson, “el mayor y más riguroso estudio académico sobre los resultados de la transición hormonal y quirúrgica… encontró una fuerte evidencia de unos resultados psicológicamente pobres”. Pero lo que ocurrió por primera vez con el aborto está sucediendo ahora con la eutanasia y el cambio de sexo: el juramento hipocrático parece haber sido arrojado al basurero de la Historia.
 
La Cuaresma es una buena ocasión para reflexionar sobre los dones que nos da la vida, y sobre cómo negar esos dones conduce inevitablemente a la infelicidad, el dolor e incluso la auto-destrucción. La rebelión contra las Cosas-como-Son comenzó en el Edén; hoy continúa, y siempre nos aleja de la felicidad para la que fuimos creados. El libro de Ryan Anderson es un riguroso recordatorio de esa verdad dura, pero en última instancia redentora, y un oasis de sentido común en un desierto de insensatez.

Publicado en First Things.
Traducción de Carmelo López-Arias.