De las muchas consecuencias que está teniendo en nuestra sociedad la que San Juan Pablo II denominase apostasía de Europa, hay una de la que se habla poco: el antinatalismo. Y es que, desaparecido Dios, desaparece el hombre. Veamos en qué consiste dicha ideología en este 2018 en el que la Iglesia Católica celebra el 50º aniversario de la publicación de la encíclica Humanae vitae de Pablo VI.
 
En una reciente entrevista realizada por Irene Hernández Velasco y publicada por el diario El Mundo el 17 de enero de 2018, titulada “Antinatalistas: el movimiento que busca
acabar con la especie humana”
, se nos dice que cada vez son más las personas que se oponen a la procreación por motivos éticos y ecológicos. Opiniones como «Considero que tener un hijo es un acto egoísta que responde sólo a los intereses de los progenitores» o «Vivir es sufrir, y quien no existe no sufre. Soy antinatalista desde que tengo uso de razón», se pueden leer en dicha entrevista.
 
No resulta extraño que la intervención quirúrgica favorita a la que se someten los antinatalistas sea la esterilización. Cuando se les pregunta el porqué, afirman tener reparos éticos y morales ante la idea de traer una persona al mundo que va a sufrir daños ecológicos porque, al ser el nuestro un mundo superpoblado “en el que sobra gente, en el que la industria ganadera es una de las principales responsables del cambio climático y de la deforestación, no es razonable traer a un nuevo ser humano”. También esgrimen motivos políticos, aludiendo a la existencia de un capitalismo terrible y despiadado en el que “tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema, darle más carne de cañón”, a lo que en ocasiones suman razones personales, tales como que en su proyecto de vida no entra tener hijos. Aunque de momento los antinatalistas son pocos, en un estudio realizado en julio de 2016 por el demógrafo Pau Miret se concluyó que en España uno de cada cuatro hogares está formado por parejas sin hijos.
 
Los antinatalistas cuentan incluso con su propio ideólogo y gurú: David Benatar. Para colmo de males, este personaje no sólo es profesor de universidad, si no que además es director del departamento de Filosofía en la Universidad de Ciudad del Cabo en Sudáfrica y autor, entre otros, del libro Better Never to Have Been [Mejor no haber existido nunca], que se inicia con la siguiente dedicatoria: «A mis padres, a pesar de haberme dado la vida». Dice Benatar, abundando en lo que hemos recogido que expresan sus seguidores: «Hay muchas y buenas razones para ser antinatalista. Una de ellas es que la existencia humana conlleva mucho dolor y sufrimiento y por eso mismo es un error traer nuevos seres… Piense en cómo muere la gente, piense en el cáncer, en las enfermedades infecciosas, en las dolencias... Hay mucho sufrimiento en la vida, mucho», como si no existiera otra cosa, y añadiendo: «Considero que el antinatalismo puede tener éxito a pequeña escala. Y aunque sea a pequeña escala es importante, porque significa que se le ahorrará sufrimiento a mucha gente por no traerla al mundo». Cualquiera puede caer en la cuenta de que la formación académica en ecología y ciencias naturales o psicología humana y medicina de un filósofo para llegar a convicciones de este tipo es nula, y que por lo tanto la ideología que propone no hace otra cosa que proyectar ideas en el fondo antihumanas, con resultados similares a los conseguidos por célebres personajes de la historia universal tales como Stalin, Lenin, Hitler, Mao Tse Tung, Pol Pot, etc.

Otra antinatalista esterilizada dice: «Extinguimos animales, destrozamos el medio ambiente, no paramos de pelearnos. Y también es innegable que por el hecho de nacer uno va a tener que hacer frente al sufrimiento, como mínimo al sufrimiento y el miedo que conlleva la muerte… No querer hijos no es egoísta. Crear alguien que no ha pedido nacer sí que lo es. Quien no nace no sufre daño alguno ni se pierde nada, porque no existe. La decisión de tener hijos -si son deseados, que no siempre es el caso- responde a intereses de otras personas. El planeta está lleno de niños sin familia, no es justo traer más al mundo cuando se puede adoptar. Decidir traer niños a este mundo no es una decisión de amor. No se ama a quien no está ni siquiera concebido. Se traen porque la gente tiene ganas de ello. Y punto. Eventualmente, se les quiere luego». Algunas de estas personas, dice la periodista, son veganas –sólo comen cierto tipo de vegetales- y animalistas que argumentan haberse sumado al antinatalismo del modo siguiente: «Imaginemos que tengo dos hijos, quienes a su vez tendrán otros dos hijos cada uno. En unos 70 años de vida habrán contribuido a matar, como mínimo a 37.800 animales. Como mínimo. Y así generación tras generación. Yo no quiero ser responsable de estas muertes».

También hay libros como Madres arrepentidas, en el que la socióloga israelí Orna Donath recoge el caso de 23 mujeres que, pasado el tiempo, deploran su decisión de haber sido madres expresando cosas tales como «lo que no entiendo es que alguien quiera tener hijos».

Una vuelta de tuerca más al asunto es el Movimiento por la Extinción Voluntaria de la Raza Humana (VHEMT, según sus siglas en inglés), nacido en 1991 en Estados Unidos, cuyo objetivo es que las personas dejen de reproducirse para provocar de ese modo la desaparición gradual de la humanidad, ya que están convencidos de que lo peor que le ha podido pasar a la Tierra es que haya aparecido el hombre.

Ya el Pueblo de Israel, sometido a cruel esclavitud por el faraón de Egipto, llegó a practicar una cosa parecida a este antinatalismo. Se cuenta en un magnífico texto para esta Cuaresma 2018 titulado Moisés contado por los sabios, de Edmond Fleg. Ante el sufrimiento de la esclavitud, Amram decretó lo mismo que dicen los animalistas que es conveniente, con el filósofo Benatar a la cabeza: no procrear absteniéndose de tener relaciones. El protagonismo lo asumió una mujer: “Pero en Miriam reposaba ya el espíritu de sabiduría y de visión y se atrevió a hablar delante de Amram, su padre, diciendo: «Más cruel es tu decreto que el del Faraón. El egipcio no condena más que a los hijos varones; tú golpeas a las hijas junto a los hijos. Él no priva a sus víctimas más que de la vida de aquí abajo; tú, que les impides nacer, les privas también de la resurrección»”.