Es para todos evidente a estas alturas que el feminismo necesita una profunda renovación intelectual, dejando a un lado las ataduras de la corrección política, el lloriqueo victimista y la lucha de sexos, que tanto ha demonizado la masculinidad arrojándole encima toneladas de culpa y haciéndole sentir que sus virtudes son propias de un chimpancé.
 
También hace falta una profunda reflexión colectiva sobre las identidades femenina y masculina, esta última más en crisis que nunca.
 
La incorporación de la mujer al mercado laboral ha erosionado el rol tradicional del hombre como proveedor de sustento económico. Este proceso no tiene marcha atrás y exige hacer cambios. Aquí no hay Caperucita ni Lobo Feroz pero sí algunas reivindicaciones legítimas de igualdad y mucho camino por recorrer.
 
Por supuesto, también hay un feminismo que, más que reivindicaciones de igualdad, exige con furia igualitarismo sobre una escala de valores que en realidad es masculina.
 
La deriva del feminismo oficial… La paradoja consiste en que “la mayor parte de los feminismos no son más que un machismo de la mujer, una reivindicación de la igualdad pero sobre la escala de valores masculinos, un querer una promoción en pleno acuerdo con la visión fálica del mundo” (Fabrice Hadjadj).
 
Y es que nuestra escala de valores es otra. Al menos la mía. Trabajamos fuera de casa y disfrutamos de nuestra profesión. Pero tenemos claro que la mujer no es una “pyme”, sino esencialmente un foco de donde parte la vida. Mi mejor ascenso ha sido conseguir unas condiciones de flexibilidad horaria que me permitan estar más horas en casa. Pude optar a otro ascenso y no me interesó. Sin embargo, este tipo de actitudes son despreciadas sistemáticamente por el feminismo oficial, que las interpreta como coacción sistémica, cuando en realidad son decisiones maduradas de mujeres libres.
 
Creo que en este momento no hay feminismo más horizontal que el de luchar juntas por la imposible conciliación de la vida famililar y laboral. Para casi todas la mejor promoción profesional posible es poder disfrutar de una reducción de jornada cuando los niños son pequeños, poder trabajar desde casa cuando están enfermos, que se nos juzgue por objetivos y resultados en lugar de por las horas que pasamos en la oficina, etc, etc.
 
No hay feminismo más auténtico que el que promueve la solidaridad entre mujeres para facilitarnos la conciliación.
 
El movimiento feminista mira con desprecio y violencia a los hombres mientras habla de la brecha salarial por discriminación sexual o de la escasez de mujeres en puestos directivos, pero ¿qué hay de fomentar el apoyo real entre mujeres? Es algo que nos puede facilitar enormemente el día a día.
 
Mirémonos en primer lugar a nosotras mismas. Más hermandad y menos rivalidad. A veces una vecina o una compañera de trabajo pueden hacer mucho más por ti que el jefe más comprensivo y comprometido con la causa de la conciliación.
 
A lo largo de mi vida profesional ha habido de todo, pero es de justicia decir que he tenido algunas compañeras de trabajo maravillosas que me han cubierto discretamente cuando lo he necesitado y yo he procurado hacer lo mismo. Hoy por ti, mañana por mí.
 
Problemas irresolubles de conciliación, niños enfermos, llamadas repentinas desde el colegio y embarazos de riesgo, que hemos sobrellevado con fluidez y sin drama gracias a esa solidaridad silenciosa y sin aspavientos entre mujeres, que no tiene precio. Podemos ser, como dice el mito, nuestras peores enemigas pero también nuestras mejores amigas.
 
En lugar de poner cara de mártires cuando les ha tocado “cubrirme”, he recibido una sonrisa tranquilizadora que te dice: “Vuelve solo cuando estés bien”. ¿Hay feminismo más auténtico que esta solidaridad? ¿Hay causa más femenina?
 
Varias amigas no han corrido la misma suerte. Han sido juzgadas duramente por mujeres con vocación de heroínas que miden con el rasero de su fuerza física y su salud al resto. Si yo no pido la baja hasta el día en que doy a luz, tú debes aguantar igual. Se erigen en modelos irrefutables de feminidad combativa para la que la maternidad nunca debe ser un lastre en la oficina. Más comprensión, por favor. Hay personas profundamente trabajadoras que tienen embarazos horribles. ¿Quién eres tú para juzgar a quien pide una baja cuando está al límite de sus fuerzas? Da gracias por tu salud, que es puro don, y calla.
 
No hay actitud menos feminista que la de las mujeres trabajadoras madres de varios hijos que creen que todo lo que tienen es porque se lo han “currado”. Alardean de no haber disfrutado ni siquiera de sus bajas maternales completas por una presunta entrega incondicional al trabajo. No estoy hablando de autónomas, sino de trabajadoras por cuenta ajena que podían disfrutar las 16 semanas pero decidieron hacer “méritos” en la oficina a costa de dejar a sus bebés antes de tiempo.
 
La casuística es inmensa y a todo el mundo se le ocurrirán mil matices y excepciones, pero sé lo que digo. No soporto la actitud de las mujeres que se erigen en modelos de fortaleza, que se han colgado a sí mismas la medalla de “súper mujer” (sin saber que el mito de la superwoman acabará devorándolas) y juzgan con enorme dureza a sus compañeras en lugar de facilitarles la vida y la conciliación.
 
Mujeres, más hermandad y menos rivalidad. Todas saldremos ganando.