Supongo que cualquier persona normal, cuando piensa en la familia, piensa en esto o en algo parecido: la familia es un patrimonio de la humanidad, el espacio donde mejor se compenetran conyugalidad y procreación, un modelo para todas las demás formas de convivencia humana, un bien para la sociedad y una institución natural anterior a cualquier otra, incluido el Estado, al que corresponde como una de sus tareas principales servir y ayudar al individuo y a la familia.
 
El matrimonio y la familia son la respuesta más adecuada a las necesidades afectivas, sexuales y sociales del varón y de la mujer. La familia tiene su origen y fundamento en el matrimonio, porque el matrimonio es la familia más pequeña, pero susceptible de agrandarse por su apertura a la vida. Está fundada sobre el amor y sobre el matrimonio contraído libremente, es la más íntima y profunda sociedad natural y desempeña un papel decisivo en la formación y madurez de las personas que la componen y en su desarrollo personal y social, que sobrepasa los intereses individuales. Supone en sí un proyecto de vida escogido libre y responsablemente, una convivencia estable, una residencia compartida, un reparto del trabajo y de los roles, ayuda mutua, relaciones sexuales exclusivas y abiertas a la procreación y educación de los hijos.

Benedicto XVI insiste en los principios no negociables, que son las pautas que nunca se podrán derogar ni dejar a merced de consensos partidistas en la configuración cristiana de la sociedad, haciendo especial hincapié en el bien de la familia basada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer.
 
Y sin embargo, nos encontramos con que uno de los objetivos fundamentales de la ideología de género es destruir la familia. El matrimonio y la familia son dos modos de violencia permanente contra la mujer y por tanto instituciones a combatir. Y es que para ellos la relación entre los sexos es una relación en clave de opresión, de dominio del hombre sobre la mujer, opresión favorecida por el matrimonio y la familia, pues en ambas instituciones se pone de manifiesto la explotación de las mujeres con su relegación al ámbito improductivo de la economía doméstica.

Ya Simone de Beauvoir declaró en una de sus últimas entrevistas que “no debe permitirse a ninguna mujer quedarse en casa para criar a sus hijos”, porque, según esta ideología, las mujeres que desean casarse han sido seducidas y engañadas por los hombres y no saben lo que es bueno para ellas; son víctimas del sistema sexo-género patriarcal y, por lo tanto, no pueden tomar una opción libre. En consecuencia, hay que tratar de hacer que las mujeres excluyan de sus deseos la familia y la maternidad, a fin de conseguir la liberación sexual, es decir, la inhibición de todas las represiones que la sociedad ha impuesto a través de normas morales y prohibiciones a la práctica de la sexualidad, para llegar así a la generalización del amor libre. Es en la práctica de la lujuria donde el ser humano puede alcanzar su total liberación y su máxima felicidad. (Simplemente unas preguntas: ¿esto es defender la libertad de las mujeres?, ¿obligarles a hacer lo contrario de lo que piensan?)
 
La ideología de género es hija del relativismo y del marxismo. Hay que combatir el matrimonio, porque en términos políticos, la esposa representa al proletariado oprimido, mientras el marido ejerce de opresor. Para conseguir su liberación, la mujer debe emanciparse del dominio y explotación del varón, y por tanto del matrimonio y de la familia, así como de la represión sexual a la que ha estado sometida por la religión y la moral patriarcal. Incluso la naturaleza no tiene nada que decirnos, porque “en la persona imperan las características psicológicas que configuran su forma de ser, y se ha de otorgar soberanía a la voluntad humana sobre cualquier otra consideración física” (Ley riojana, todavía pendiente de aprobación).
 
Cuando uno observa que las leyes de ideología de género son aprobadas por amplísimas mayorías, que en ocasiones llegan hasta la unanimidad, uno no puede por menos de preguntarse si nuestros parlamentarios creen lo que aprueban o no se dan cuenta de lo que significa lo que votan, o, por el contrario, piensan que lo que aprueban es un puro disparate, pero, a pesar de ello, votan a favor. Hace ya tiempo que vengo pensando que las personas menos libres de España son nuestros parlamentarios. Pero en la ideología de género hay otra cosa peor: el totalitarismo del pensamiento único que quieren imponernos y la obligación a personas e instituciones a colaborar con esta ideología sin posibilidad de discrepar ni de plantear la objeción de conciencia. Estamos, por tanto, ante una verdadera persecución religiosa.