Hace algunos años, Ignacio Peyró, hoy director del Instituto Cervantes en Londres, me aconsejó con viveza los artículos del psiquiatra Theodore Dalrymple, uno de los principales creadores de opinión conservadores en la prensa británica. Quedé muy gratamente impresionado por sus trallazos contra la corrección política, pero al cabo de un tiempo –mea maxima culpa- le perdí la pista.


Theodore Dalrymple es el pseudónimo como escritor del doctor Anthony Daniels, médico y psiquiatra forense, columnista habitual en medios como The Spectator, City Journal, The Times y The Daily Telegraph.
 
Hasta que el pasado verano, gracias a la recomendación de Benigno Blanco en ReL, supe de la publicación de El sentimentalismo tóxico, “una interesante denuncia de cómo hoy el sentimentalismo -sin ejercicio de la razón y ayuno de lógica- mueve y manipula la opinión pública… provocando errores de juicio en materias graves”.


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Un autor y un libro que vienen con la recomendación de Ignacio Peyró y de Benigno Blanco no necesitan de la mía para acuciar a su lectura, así que me limitaré a recoger algunas de sus tesis, todas ellas coherentemente justificadas en el texto con argumentos y ejemplos.
 

 “El sentimentalismo es el progenitor, el padrino y la partera de la violencia”. ¿Por qué? La expresión pública de las emociones imbuye a la persona que las experimenta del pensamiento autocomplaciente “de que posee una sensibilidad y una capacidad de compasión por encima de la media”. Crea “irreflexivamente una emoción gratificante” que divide al mundo en los buenos, que la experimentan, y los malos, que o bien no comparten esas emociones, o bien no las expresan en público, o bien no las toman como punto de partida ni criterio para solucionar los problemas que las provocan.
 

Si tenemos en cuenta que hoy todos los problemas sociales se plantean en términos emocionales, el estropicio es fácil de intuir. “El sentimentalismo permite a los gobiernos hacer concesiones al público en vez de afrontar los problemas de una manera racional aunque impopular o controvertida”, y además “se vuelve agresivamente manipulador” y “coercitivo”, pues “exige que todo el mundo lo experimente”.

La llamada violencia de género es un caso palmario. Detrás de esa violencia se encuentra “la extrema fragilidad y endeblez de las relaciones entre los sexos” combinada con algo que, por ser natural, “no tiene visos de desaparecer”: “El persistente deseo de la posesión sexual exclusiva del otro”. Sin embargo, todas las campañas contra la violencia de género azuzan, en vez de combatir, esa fragilidad del vínculo. No es extraño, pues, que produzcan el efecto contrario.
 
En cuanto al sentimentalismo en la educación, ha resultado en la “transferencia de la autoridad moral del adulto al niño” por la rousseauniana noticia “de que todos somos buenos por naturaleza”. Algo “muy gratificante, que sugiere que nuestros fallos, en realidad, no son nuestros sino que son atribuibles a algo ajeno a nosotros” (“el buen comportamiento raramente se atribuye a causas externas”, apostilla con ironía).
 

La ubicuidad de la emoción pública dificulta, sin embargo, la empatía real con quienes sufren, por exceso de estímulo. La “monomanía moralista” se convierte en “atributo obligatorio de un hombre bueno”, esto es, en “una invitación abierta a la peor clase de hipocresía" y, en el ámbito público, a un “entusiasmo moral propio a expensas de los demás”.
 
El punto de vista cristiano es mucho menos sentimental que el laico”, dice el agnóstico Dalrymple, pues por su creencia en el pecado original asume que “la necedad y la maldad son componentes ineludibles de la condición humana”, lo que permite “ser lúcido y compasivo a la vez”, mientras que “quien cree en la bondad natural del ser humano… afirma comprenderlo todo… pero en realidad se vuelve indiferente e insensible”.
 

La exigencia de expresión del sentimiento es “tiránica en su esencia”, pues “¿qué clase de personas exigen que se les mienta de esa manera”, sino “acosadores y tiranos”? Es una pura “deshonestidad emocional”. También “la corrección política es, a menudo, un intento de hacer que el sentimentalismo sea socialmente obligatorio o legalmente exigible”.
 
Más: el sufrimiento se convierte en fuente de autoridad moral, y ser “víctima” o “superviviente de un trauma”, en argumento para exigir adhesión. Combinado con “el deseo y la habilidad de los poderosos de verse a sí mismos como víctimas”, produce un cóctel totalitario.
 
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La alerta final de Dalrymple es para tener en cuenta: “El sentimentalismo... ha arruinado la vida de millones de niños creando una dialéctica de excesiva indulgencia y abandono. Ha destruido los estándares educativos y causado una grave inestabilidad emocional debido a la teoría de las relaciones humanas que entraña... Ha sido precursor y cómplice de la violencia en los ámbitos en los que se han aplicado políticas sugeridas por él... Destruye la capacidad de pensar, o incluso la conciencia de que hay que pensar”.

El sentimentalismo tóxico constituye un óptimo antídoto, pero solo si nos sumergimos en sus párrafos punzantes y luminosos antes de que el veneno que ingerimos a diario nos haya causado un efecto irreversible.