Mientras hoy está de moda la corrección política, la corrección fraterna deambula en el anonimato, huyendo de sus perseguidores. Los correctísimos se sienten moralmente habilitados para recriminar los valores que chocan de frente con lo que se impone por aplastamiento democratista. La corrección fraterna es una advertencia que el cristiano dirige a su prójimo para ayudarle en el camino de la santidad y permite al que yerra enfrentarse a sus miserias. En cambio la corrección política es la comunión forzosa con la línea política imperante y todo el vademécum sociocultural incorporado, de modo que no se aceptan notas discordantes. Corrección política y corrección fraterna son, respectivamente, como Caín y Abel: ambas tienen un aspecto similar, pero con muy distinto interior.

La corrección fraterna parte de “el hombre propone y Dios dispone”, no busca la coacción sino la conversión del espíritu. De este modo genera valor para la sociedad en forma de concordia. Por el contrario, la corrección política parte de un acantonamiento ideológico de disvalores impuestos en los que no se puede creer de manera voluntaria.

Otro aspecto a analizar es que la corrección fraterna ofrece un mensaje y código francos, en cambio la corrección política no permite utilizar determinadas palabras o expresiones y se sustituyen por otras cuyo significado dista de la situación descrita. ¿Tiene credibilidad un mensaje que emplea como vehículo un lenguaje falsario?

La corrección política obliga a recorrer un determinado itinerario, caramelizando con un lenguaje falsario sus manzanas envenenadas, con penas lapidarias  para los refractarios o despistados. Todo consiste en seguir por imperativo moral los dictámenes del sistema y hacerlo bajo sus códigos, una corrección impuesta que se extiende como levadura hacia todos los rincones del reino. El lema de la fraterna es: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él” (palabras textuales de Nuestro Señor Jesucristo); el de su antagónica es: “Si tu vecino no peca contigo, recrimínaselo en público hasta que la hostilidad colectiva le haga cambiar de opinión”.

Antes de las últimas elecciones a la presidencia de Estados Unidos, fue la infausta candidata demócrata, Hillary Clinton, quien afirmó que los códigos culturales enraizados y las creencias religiosas tenían que ser redefinidas a través del Estado incluso, si fuera necesario, por medios coactivos. Prueba más que suficiente de que no se puede contradecir la corrección política. Pero la corrección fraterna es su bestia negra en tanto en cuanto produce un complejo de inferioridad espiritual ajeno (que se puede verificar en las manifestaciones de los ‘correctísimos’ en contra de determinadas confesiones religiosas), el mismo que produce a los impostores encontrarse frente a frente con los genuinos que ignoran sus remedos.

Así que será mejor que no se enteren los correctos de lo que hacen sus hermanos los fraternos: podrían sentirse más profanos de la cuenta y, en su infinita corrección, condenarles a vivir confinados en el exilio, con tal de no dejar en evidencia lo que en otros tiempos se llamó levadura de los fariseos.