Muchas veces escucho decir a la gente: “Las personas religiosas no piensan, no se cuestionan, no son inteligentes”; “Los católicos repiten lo que dice el Papa, creen en dogmas pero no saben explicar lo que creen”. Y si bien, como en todo, existen personas que quizás repiten sin reflexionar, o creen sin cuestionar, no son la mayoría.
 
Todo cristiano debe conocer lo que cree y poder dar “razones de su fe”, como bien dijo Pedro.
 
La fe no es ciega. La fe es luz. Y eso nos permite ver profundamente y comprender la realidad de un modo único.
 
La fe no es irracional. Si bien va más allá de la razón, no queda limitada por ella. La fe es racional, es lógica.
 
Dios nos dio la mente para usarla, y para buscar la verdad. No para cerrar los ojos y creer que algo existe como si fuese una superstición o una mera esperanza, sino para llegar con nuestra inteligencia, nuestra capacidad intelectual, a la conclusión de que Él es verdadero, y está entre nosotros.
 
Cuando se habla de Jesús, aparecen muchas y diversas teorías sobre su persona. Tantas creencias diferentes, “opiniones”… como si fuese algo opinable.
 
“Jesús era un gran sabio”, dirán algunos.
 
“Un gran maestro”, definen otros.
 
“Un profeta. Pero nada más”.
 
O la sentencia: “Jesús no existió”.
 
Existen temas que son opinables. Otros no.
 
Hay temas que quedan para el gusto de cada persona, pero hay otros donde la verdad es una: o son o no son.
 
Y la única forma de llegar a ver esa verdad es a través de la razón, del análisis de los datos que tenemos.
 
Por eso, en este artículo voy a dar, brevemente, algunos motivos racionales acerca de por qué Jesús fue quien dijo ser, y no fue sólo un gran profeta, un sabio lleno de hermosas palabras y sermones, sino que fue quien dijo ser: Dios.
 

No es el objetivo de este artículo hacer un análisis histórico de las evidencias acerca de si Jesús existió o no. Ya no hay ninguna persona seria, historiadores, gente que realmente investigue y estudie, que pueda negar la existencia de Jesús. Él aparece mencionado en repetidas ocasiones en obras de escritores romanos como Tácito, Suetonio, Flavio Josefo y Plinio el Joven. The New Encyclopaedia Britannica (1995) afirma: «Estos relatos independientes demuestran que en la antigüedad ni siquiera los opositores del cristianismo dudaron de la historicidad de Jesús, que comenzó a ponerse en tela de juicio, sin base alguna, a finales del siglo XVIII, a lo largo del XIX y a principios del XX» (fuente: Wikipedia).
 

C.S. Lewis sigue esta excelente lógica: hay tres respuestas posibles a este interrogante: o Jesús era un lunático, o un mentiroso o el Señor (Dios). (En inglés son tres L: Lunatic, Liar, Lord).
 
Cuando alguien dice “soy Dios”:
 
–o es quien dice ser,
 
–o cree ser quien dice ser, pero no lo es (eso lo convierte en un loco, un lunático),
 
–o sabe que no es Dios, pero miente afirmándolo.
 
Jesús manifestó, tanto de forma implícita como explícita, que era Dios.
 
De modo tal que sí o sí debe encajar en alguna de esas tres categorías de arriba.
 
“Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre” (Juan 14, 8).
 
¿Y cómo podemos, hoy, nosotros, discernir acerca de cuál de estas tres respuestas es la verdadera?
 
Jesús dijo muchísimas cosas. Algunas hermosas, otras no tanto. Algunas llenas de consuelo, otras llenas de desafíos. Pero para dar solidez a todas sus palabras, no sólo hizo milagros curando enfermos, ciegos y paralíticos; o convirtiendo el agua en vino, multiplicando panes y caminando sobre el agua. Sino que murió y resucitó.
 
La resurrección de Jesús es la base de toda la fe cristiana. Como dijo San Pablo, sin la Resurrección de Cristo, “vana es nuestra fe.”
 
Ahora, ¿cómo podemos nosotros creer algo que va contra toda lógica? ¿Algo que es lo opuesto a toda nuestra experiencia? ¿A toda nuestra naturaleza?
 
Y la respuesta es, como dice claramente el padre John Riccardo, a través de la confianza en testimonios de las personas que lo vieron morir y luego lo vieron post-resurrección.
 
Los apóstoles no eran tontos. En nuestro tiempo existe una tendencia (quizás con cierto aire de arrogancia) a pensar que los contemporáneos de Jesús o la gente del pasado eran personas crédulas, ingenuas. Y la realidad es que, si bien no tenían tanta tecnología como tenemos ahora, no eran insensatos, ni creían cualquier cosa. Ellos sabían que la gente que moría, seguía muerta. No volvía al otro día a compartir una cena y comer pescado con ellos.
 
Entonces ¿por qué todos ellos dieron su vida para dar testimonio acerca de la resurrección de Jesús?
 

Si bien nadie estuvo en ese preciso momento de la Resurrección, hay cientos de testimonios que dicen haber visto a Jesús después de su muerte.
 
Testimonios personales de no sólo quienes fueron sus seguidores, sino también de sus enemigos. Tal como Pablo, que perseguía a los primeros discípulos de Jesús.
 
Actualmente dependemos del testimonio de los testigos. ¿Y cuál es la clave para creer en ellos? ¿Son creíbles? ¿Cómo pueden ser creíbles diciendo algo que va en contra de toda experiencia humana? ¿Por qué debemos creer en los apóstoles?
 
¿Cómo vivieron y murieron los apóstoles?
 
Todos a través del martirio. Murieron afirmando la Resurrección de Jesús. Pero bajo un concepto muy diferente del martirio que se tiene hoy en día, relacionado con extremistas musulmanes que se inmolan a sí mismos, lastimando a otros.
 
Estos primeros cristianos no usaban la palabra mártir para eso, sino para identificar a quien muere como testimonio del amor por Dios. No se suicidan. No lastiman o matan a otros. Son asesinados. Y mueren rezando por sus perseguidores y verdugos.
 
¿Cómo se murieron estos mártires?
 
Marcos murió arrastrado por el pueblo de Alejandría en la fiesta dedicada al ídolo Máximo.
 
Santiago: el hijo de Zebedeo fue decapitado a espada en Jerusalén, por orden del Rey Agripa en el año 44 de la era cristiana.
 
Juan: el discípulo amado de Jesús enfrentó el martirio cuando fue hervido en un enorme caldero de aceite durante una ola de persecución en Roma. Sin embargo, fue librado milagrosamente de la muerte
 
Felipe: fue azotado, puesto en prisión y después crucificado en Asia Menor en el año 54.
 
Bartolomé: murió crucificado por un grupo de fanáticos idólatras.
 
Mateo: fue atravesado con una lanza en Nadabao,
 
Tomás: fue atravesado con una lanza.
 
Lucas: fue colgado de un olivo.
 
Santiago: el hijo de Alfeo fue crucificado en Egipto
 
Santiago el justo: según un historiador del siglo II, fue arrojado por los fariseos desde el pináculo y después muerto a garrotazos, mientras él de rodillas hacia oraciones por sus verdugos.
 
Judas: llamado también Judas Leveo o Tadeo, fue crucificado
 
Matías: el escogido para tomar el lugar de Judas fue apedreado en Jerusalén y después decapitado.
 
Pablo: al llegar a Roma de un viaje misionero fue capturado por orden de Nerón y después decapitado.
 
Todos eligieron muertes y torturas, antes de negar, no algo que creían solamente o que les habían contado, sino algo que ellos mismos habían presenciado.
 
Sabemos que el domingo de Pascua la tumba estaba vacía. Es un hecho. Tanto las autoridades romanas como las judías, querían demostrar que la resurrección no era factible, y para eso lo más simple era mostrar el cuerpo. Pero ese cuerpo no estaba.
 
¿Qué explicaciones hay acerca de que no había cuerpo en la tumba?
 
Hay cuatro opciones:
 
1. El cuerpo lo robaron los romanos.
 
2. El cuerpo lo robaron los judíos.
 
3. El cuerpo lo robaron los apóstoles.
 
4. Jesús resucitó y salió caminando.
 
Ahora, ¿cómo sabemos que los romanos no fueron? Lo hubieran mostrado, para evitar todo lo que estaba pasando y sus consecuencias. Lo mismo con las autoridades judías.
 
Eso deja entonces la tercera hipótesis, acerca de que los apóstoles lo tenían. ¿Es lógico pensar que ellos elegirían sufrir de tal forma hasta la muerte, por una mentira que ellos mismos habían inventado? En absoluto.
 
Nunca tendremos en la historia testimonios más creíbles que ellos. La cuestión es escuchar qué dicen, conocerlos y no dejarnos guiar por las interpretaciones de personas que hablan con prejuicio y muchas veces sin conocer.
 
De esta forma, sólo nos queda, como verdadera y definitiva, la cuarta opción: Jesús realmente resucitó. Y ese hecho, a la vez, le da autoridad para demostrar que Él no era ni un lunático ni un mentiroso, sino que verdaderamente es quien dijo ser, Emmanuel, Dios con nosotros.
 
Más allá de los argumentos racionales que puedan existir para creer en Jesús, que existió realmente y es quien dijo ser, hay una experiencia personal que cada persona puede tener hoy con Él. Ya que existe y está vivo.
 
Ese encuentro es con una persona, como dijo Benedicto XVI. No con un sistema de leyes, de dogmas, sino una persona que está enamorada de cada uno de nosotros, y por ese amor, está esperando que encontremos nuestras miradas con la suya y descubramos la verdad absoluta, que no sólo nos cierra racionalmente sino que nos llena profundamente de sentido toda nuestra vida.

Tomado del blog de la autora, Judía & Católica.