El anuncio y conocimiento de un «preacuerdo» entre socialistas y socialcomunistas ha causado conmoción por lo que se refiere a la economía y a previsibles cambios políticos. Las repercusiones efectivas económicas  han sido inmediatas, las reacciones y los comentarios en Europa y en España, además de negativos, nos dejan con un gran temor. Si nos fijamos bien, el «preacuerdo» tiene unas connotaciones culturales, antropológicas y una visión de la realidad que van más allá de lo económico, y dejan o generan una preocupación grande.

El cambio al que se dirige el «preacuerdo» va mucho más allá de lo que parece a una simple lectura; tiene un calado hondo, no tiene nada de progreso aunque se autodenominen los firmantes como «fuerzas progresistas». Con el «preacuerdo» se instaura o se atisba un cambio cultural, se impone un pensamiento único, con una visión del hombre que pretende generalizarse a todos, la aprobación de la eutanasia, la extensión a nuevos derechos, la ideología de género, el feminismo radical, ampliación de la memoria histórica que fomenta el odio y la aversión. Estas cuestiones presentes en el «preacuerdo» hacen pensar y prever en una profundización e inmersión en una crisis muy honda sobre todo cultural, pero también en una crisis política e institucional, democrática, social, religiosa, una crisis de lo que constituye España en su realidad e identidad más propia.

En muchas partes y ámbitos se sigue hablando de crisis económica mundial inmediata que, según los expertos, será aún más grave incluso que la pasada. Pero más grave aún será la crisis cultural y de identidad sufridas ya por España en el marco del Occidente, con sus connotaciones propias, la que, si llega al Gobierno de la nación esta coalición y lo que se atisba en el «preacuerdo», se ahondará más. No voy hacer de mago agorero, pero lo que sí digo –a la vista está– es que seguimos inmersos en una crisis humana honda, agrandada. Para esta crisis humana, a mi entender, no se están tomando mancomunadamente las medidas requeribles, exigibles y posibles, ni se adoptan las respuestas que debieran ser prioritarias en estos momentos –casi todas tienen que ver con la educación–; es más, creo personalmente que esa crisis humana y cultural honda no se la considera ni se la valora suficientemente como tal, y es la más grave de todas, porque es crisis de la verdad del hombre y de la sociedad, verdad que debiera sustentarla y hacerla libre y esperanzada.

Me refiero concretamente, por supuesto, a la crisis de sentido de la vida, crisis humana, antropológica, moral y de valores universales, crisis espiritual y social, crisis en los matrimonios y en las familias sacudidas en su verdad más auténtica, crisis de sentido y del sentido de la verdad –se habla de una etapa de la postverdad y de posthumanismo–, crisis en la educación y en las instituciones educativas, derrumbe de principios sólidos, confusión de conceptos y de los derechos humanos fundamentales no creados por el hombre, relativismo moral y gnoseológico, nihilismo y vacío, disfrute a toda costa y predominio del tener y del bienestar sobre el ser, falta de esperanza, libertades sin norte y pérdida de la verdadera libertad, laicismo ideológico, pérdida u opacidad del sentido de trascendencia, etc. Todo ello, sin duda, está quebrando nuestra sociedad y el verdadero sentido del hombre y el orden y la paz, y aún se quebrará más si no se pone remedio.

Nos encontramos ante una grave emergencia, la emergencia de España. Y por encima de otras cosas, como en la Transición, sigue estando España. Se está imponiendo o se ha impuesto una nueva cultura, un proyecto de humanidad que comporta una visión antropológica radical que cambia la visión que nos da identidad y nos configura como pueblo, y hasta como continente, me atrevo a decir: la identidad recibida de nuestros antecesores en nuestra historia común. En el fondo detrás de todo ello, estimo, está la pérdida grave o el oscurecimiento espeso del sentido de la persona y de su dignidad. Y añado más: detrás se encuentra la ofuscación, reducción e incluso abandono de la referencia del sentido de la trascendencia, de Dios, de Dios Creador y Redentor, y de la razón natural, o más precisamente aún, el abandono y el olvido de Dios, que es olvido y negación del hombre, aunque no se quiera reconocer así.

Todo esto conduce y nos está haciendo padecer una verdadera situación patológica. Sé que me van a criticar –¿qué importa?, soy libre el tiempo que me dejen–, pero nuestra sociedad está «delicada» no podemos ocultarlo; y hay que decirlo, aunque resulte políticamente incorrecto decirlo o se me tilde de pesimista, de profeta de calamidades, o de conservador. Habría que estar ciego para no ver lo que nos pasa, para negarlo, porque tal vez se ha perdido capacidad para reconocerlo o para afirmar lo contrario. Y los medios de comunicación social, o algunos medios, inconscientes, están al servicio de esos intentos.

Estamos padeciendo una verdadera enfermedad, manifestada en diversos frentes, en nuestra sociedad, cuyo gran desafío o, mejor, grandes y nuevos desafíos se resumen en su sanación urgente, si es que de verdad estamos dispuestos a superar lo que nos aqueja. Hago mío enteramente el lúcido y certero pensamiento del Papa Benedicto XVI que expresó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en abril de 2008; decía: «Cuando se está ante nuevos e insistentes desafíos, es un error retroceder hacia un planteamiento pragmático, limitado a determinar un ‘terreno común’ minimalista en los contenidos y débil en su efectividad».

No bastan, cierto, planteamientos pragmáticos de muy cortas miras y carentes de horizontes, sobran estériles pragmatismos: la persona humana y su dignidad, base del bien común asentado en el reconocimiento real efectivo de los derechos humanos universales, son el fundamento que hemos de contemplar y poner en toda su consistencia, si queremos hallar el camino sanante y constructivo a seguir. Es fundamental y urgente un compromiso común en poner a la persona humana y su dignidad inviolable en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad, y de considerar la persona humana y el bien común, su verdad esencial, la verdad en sí misma que nos hace libres, para el mundo de la cultura, de la religión de la ciencia, de la política, de las relaciones humanas... Sobre esta base, amplia base, cuyo ámbito no se puede restringir, y sin ceder a una concepción relativista ni ideológica, habría que caminar y edificar para alcanzar y gozar de un futuro nuevo y esperanzador, una cultura y una civilización nuevas, que entre todos hemos de configurar, en diálogo y encuentro, sin imposiciones.

Publicado en La Razón el 27 de noviembre de 2019.