Me volvía loco de contento cuando mi padre traía a casa la cesta de Navidad que cada año le regalaban en el trabajo. Aquella cesta parecía el cuerno de la cabra Amaltea (o así se lo parecía al niño que yo era entonces, tan sugestionable y entusiasta): había polvorones y mazapanes, había latas de conserva y embutidos, había vino tinto y champán (y hasta una botellita de un licor dulce en el que mis padres apenas me dejaban mojar los labios), había turrón de Alicante y turrón de Jijona, había… ¡tantas viandas raras y exquisitas! O tal vez no fuesen tan raras y exquisitas como mi credulidad infantil imaginaba; pero mi alborozo las convertía en exóticos manjares recién llegados de ultramar, en néctares y ambrosías traídos del país de las hadas, en sabrosas golosinas olímpicas que tornaban mis dedos huéspedes y me hacían salivar sin descanso. Aquellas cestas de Navidad que a mi padre le regalaban en el trabajo me hacían tanta ilusión como los regalos que me traían los Reyes Magos; y me consolaba pensando que, cuando me hiciese mayor y los Reyes dejasen de atender mis peticiones, podría empezar a recibir el regalo de la cesta de Navidad en el trabajo.

Me hice mayor y, en efecto, los Reyes Magos dejaron de atender mis peticiones; en cambio, nunca jamás nadie me regaló una cesta como las que mi padre traía a casa. Es verdad que nunca he trabajado como asalariado en ninguna empresa; pero he colaborado con muchas y ninguna me obsequió con una de aquellas cestas de Navidad. Y, por lo que me cuentan muchos amigos que trabajan en empresas variopintas, las cestas de Navidad empezaron a adelgazar hace tiempo, hasta finalmente esfumarse y convertirse en la mayoría de las empresas, con la disculpa de la sempiterna crisis, en un recuerdo mitológico. Y lo mismo ocurre con los aguinaldos que antaño se repartían entre los trabajadores, hoy considerados residuo paternalista de una época tenebrosa en que los señoritos repartían limosnas entre sus vasallos. Hasta la preceptiva paga de Navidad empieza a convertirse en reliquia arqueológica de una infausta época de la que conviene renegar, no sea que nos apliquen la ley de memoria histórica.

Desaparecidos aquellos empresarios paternalistas que repartían cestas y aguinaldos, abolidas (o en vías de abolición) aquellas pagas de Navidad de inequívoco tufillo franquista, el trabajador de hogaño tiene que conformarse con que le envíen desde la dirección de la empresa una felicitación navideña. Que, por supuesto, no se enviará por correo postal, sino por guasá; y en la que, como aconseja el laicismo fetén, no habrá alusión religiosa alguna (no sea que algún trabajador delicado se maree), sino mamarrachismo emotivista y farfolla sentimentaloide. Resulta muy paradójico y revelador que una época como la nuestra, que estimula los materialismos más embrutecedores y convierte la Navidad en una parodia siniestra, envilecida por un voraz consumismo, esté a la vez aniquilando estas tradiciones navideñas que dignificaban y ensalzaban el trabajo, a través de modestas retribuciones y otras pequeñas ofrendas materiales. Y es que, misteriosamente, el materialismo desaforado que ha convertido la Navidad en una parodia siniestra y esta ‘espiritualización’ que pretende despojar la Navidad de cestas y aguinaldos son el anverso y el reverso de una misma moneda, facetas de una misma ofensiva capitalista.

La fiesta de la Navidad es a la vez pobre y encarnada, es una fiesta despojada pero concretada en un don. Seguramente, el episodio de Belén se podría haber sustituido por una lluvia o pulverización de buenos sentimientos que dejase transformados a los hombres; o, por el contrario, se podría haber arrojado sobre la tierra un pedrisco de premios, como en una versión tombolera del episodio del maná. Pero la Navidad no fue una exhibición de sentimentalismo desencarnado, ni tampoco una plétora desalmada de regalos caídos del cielo; la Navidad fue la ofrenda de un don muy valioso y a la vez muy frágil, concretado en un cuerpo infantil. Como recordaba Chesterton,  «la idea de corporizar un afecto, de ponerlo en un cuerpo, es la enorme y primigenia idea de la Encarnación». Y cada vez que rememoramos aquel acontecimiento necesitamos hacerlo con una ofrenda que encarne nuestra gratitud, que renueve modestamente aquel don tan valioso y a la vez tan frágil que cambió nuestras vidas. Por eso la supresión de las cestas navideñas y de los aguinaldos, como la extinción de las pagas de Navidad, además de una depauperación laboral indigna, tiene algo de cínico sacrilegio.

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