El pasado día 15 se cumplieron cuatro años de la muerte de Julián Marías, a quien los cristianos debemos luminosas páginas por su fidelidad a la Iglesia y por la claridad de su pensamiento. Coincidió el aniversario con la asonada de los clérigos guipuzcoanos que rechazaban al nuevo obispo de la diócesis, monseñor José Ignacio Munilla, antes de tomar posesión de su cargo el 9 de enero. Una bienvenida atípica por lo menos. Uno y otro asunto (el aniversario del fallecimiento de Marías y el motín clerical de San Sebastián) me permite unirlos en la opinión que sobre el sacerdocio en general tenía el ilustre ensayista y filósofo. Marías se distinguió por ser un católico cabal, sin veleidades ni mezclas de religión y política. Un equilibrio difícil de encontrar entre los interesados.
 
La desaparición de Marías fue «una pérdida irreparable» dicho sea en sentido literal porque no ha habido nadie de momento que, con ese fuste, haya podido reparar su pérdida.  Asistió, como es sabido, a las últimas jornadas del Concilio Vaticano II por su destacada labor intelectual...En la gran asamblea de la Iglesia, reunida en Concilio, «era impresionante asistir a las votaciones; se veía el espíritu, no solamente los votos».  El 29 de marzo de 1971, en el último tramo del franquismo que tan injustamente lo trató, pronunció una conferencia en un marco inédito: la catedral de Madrid. La disertación iba destinada a los sacerdotes que componían el auditorio  y no me arriesgo nada al interpretar que algunas de aquellas palabras de hace casi cuarenta años podían tener como destinatario igualmente  ese 77 por ciento de párrocos «guiputxis» para quienes el obispo Munilla «no es en modo alguno la persona idónea para desempeñar el cargo». No aclaraban los clérigos abajofirmantes que entienden ellos por falta de idoneidad. Para empezar, su formación académica es más que sobrada. Su «pedigrí» vasco, incuestionable (nació en San Sebastián hace 41 años y habla euskera con fluidez).
 
Quizá el secreto del rechazo esté en otra frase del comunicado, cuando afirman que la trayectoria del prelado está «marcada por la desafección y la falta de comunión con las líneas diocesanas actuales». ¿Se refieren a una desafección al mundo abertzale, las dichosas componendas políticas, (¡que viejo resulta todo esto!, ¡qué viejo!) o a que se le ha etiquetado como conservador y ellos se sienten  progresistas y más modernos que nadie. Vivir para ver. ¿Cuándo el clero vasco se ha distinguido por su progresía? Siempre ha sido juicioso y templado, lo cual no quiere decir que el ojito derecho de su pastoral no fuera la lucha por los menesterosos de la tierra de Euskadi. De cualquier modo, el jarro de agua fría a monseñor Munilla es un apriorismo injusto porque, aunque le conozcan de su etapa de párroco en Zumárraga, la mitra imprime carácter. ¡Y vaya que si lo imprime! Después del Papa, el Obispo es la máxima autoridad, en comunión con el Papa, sin intermediarios.
 
Entremos en la catedral de Madrid para oír las palabras sabias de Julián Marías: «Yo creo que no es buen camino la politización y la temporalización de los eclesiásticos. No me parece bueno que se adapten a los intereses políticos, a los intereses sociológicos o económicos de unos grupos o de otros, ni siquiera en nombre de esas masas anteriormente abandonadas, a las que tienen que volver, pero religiosamente, para servirlas con la verdad, no para adularlas ni para utilizarlas».
 
La politización de los curas a la que se refería Julián Marías, en el caso vasco se concretaba en el nacionalismo más o menos radical. Desde las guerras carlistas. Marias explica lo que para él es el problema central del sacerdote de hoy: «Yo diría que el sacerdote no debe “inventar” mandamientos; quiero decir, no debe introducir en ellos, subrepticiamente, haciendo trampa, consignas políticas, ni las conveniencias de los poderosos, ni los usos de su provincia, ni los prejuicios de su madre, ni ciertas doctrinas intelectuales a las cuales se adhiere –y menos sin son arcaicas, y menos todavía si no son verdaderas-. No debe inventar mandamientos. No debe añadir a los mandamientos cosas que no lo son. No debe predicar a los hombres que crean lo que no tienen por qué creer, lo que tienen derecho a no creer».
 
Demasiadas veces –abundando en el pensamiento de Julián Marías- se han oído en las iglesias homilías incorrectas en las que se predicaba un Evangelio aguado  o –por ejemplo- se buscaban simbolismos y metáforas o la excusa de los géneros literarios para dudar de la historicidad de ciertas pasajes del Nuevo Testamento. Parece, no obstante, que un cierto caos e indolencia va remitiendo.
 
No es por acabar con una nota de moralina, pero el Papa actual, y el que venga después, pondrán a cada uno en su sitio. Tengo la seguridad de que monseñor Munilla apreciará en lo que valen las iniciativas pastorales de los párrocos donostiarras conformes con la doctrina de la Iglesia, que hará, si procede,  las correcciones oportunas y que los párrocos guipuzcoanos cambiarán de criterio y que «un tal Munilla» será enseguida llamado «nuestro Munilla».
 
En la conferencia a la que me refería más arriba, Julián Marías concluye con las siguientes palabras: «Yo creo que el sacerdote hoy tiene la función capital de disipar ese equívoco, de mostrar que esos mandamientos son absolutamente válidos, de mostrar su sentido libertador, cuando se los entiende religiosamente. Y debe ofrecer a los demás la encarnación, dolorosa y gozosa al mismo tiempo, de su cumplimiento».