Vivimos tiempos terribles en donde desde sus poltronas personajes muy siniestros pontifican y deciden en qué y en quiénes debemos creer, al igual que qué debemos de dejar de creer. Y a quien no pase por el aro y se atreva a demostrar públicamente su desacuerdo se le señala y se le condena desde los medios de comunicación y las redes sociales, excitando a esas hordas histéricas que gritan e insultan. Finalmente  se le castiga con las nuevas leyes que, prostituyendo la libertad de opinión y conciencia, multan y encarcelan a los disidentes. El miedo a que te tilden de cualquier-cosa-terminada-en-fobo acalla la verdad y da igual si es una verdad biológica,  científica o demostrable tirando de hemeroteca.
 
Tristemente en la Iglesia católica se ha colado ese espíritu. En realidad se coló hace tiempo, pero ahora actúa como el chulo de la clase, alardeando y amenazando. Un espíritu aplaudido por el mundo y por sus líderes (¿no es sospechoso?). Un espíritu que intenta amordazar y encadenar la Verdad y nos entrega un ente amorfo y moldeable como nueva verdad. ¿Y con qué amenazan los lacayos de ese espíritu a todo aquel que pretenda ser fiel al Magisterio y al Papa? Con tacharle de inmisericorde, de falto de compasión, de ser enemigo del Papa. Da igual si el acusador no ha dedicado un solo día de su vida a los necesitados y el acusado es un San Francisco del siglo XXI. Da igual. Lo que se busca es dejar el depósito de la fe como un queso gruyère. Que todo sea cuestionable, que no haya más verdad que esos valores que destruyen al ser humano porque ponen las más bajas pasiones como centro de su vida.
 
Pero mi verdad (en minúscula) se tiene que basar en lo demostrable y en lo que me dice el sentido común. Y la ciencia me dice que hay dos sexos y no 100 géneros. Y pasado y presente me enseñan que no todas las religiones monoteístas son iguales, sino antagónicas. Y la psicología y biología me enseñan que niños y niñas son muy distintos. Y realidades como estas van conformando mi sentido común haciéndome cada vez más hombre, más verdad y más libre.  Y si tengo la enorme suerte de haber conocido a Cristo, mejor imposible, ya que añado la Verdad a mi verdad.
 
Así que cuando el chulo de clase se me acerque y me diga que soy poco misericordioso y que si Cristo volviera a la Tierra me diría eso mismo, podré contestar con tanta paz como seguridad que soy mucho más misericordioso que él ya que no le juzgo ni castigo. Sin duda el hecho de ser perseguido por el mundo y por sus nuevas tiranías me deja muy tranquilo, al igual que las palabras de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida".