“Vosotros sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros» (1 Co 3,16). Hoy en día el templo que somos cada uno de nosotros se nos ha llenado de mercaderes pegando gritos o se ha convertido en Torre de Babel, en la que se oyen cientos de voces simultáneamente pero nadie se entiende.

El evangelio de hoy me ha sugerido este artículo. Me recuerda que la casa de Dios es también cada una de nuestras almas. Saquemos a los cambistas y hagamos silencio: “Cuando Jesús encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas, hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos, desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "'Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio'" (Jn 2, 13-22).
 
“Tú cuando ores, entra en tu cuarto y cierra la puerta” (Mt 6, 6). Conviene pensar qué es hoy en día “entrar en nuestra habitación y cerrar la puerta”, si tenemos todas las puertas y ventanas abiertas a través del smartphone y nuestras habitaciones están saturadas de ondas wifi.
 
Hagamos silencio. Cuidemos ese templo interior, que es Casa de Dios y no entremos en el bucle tecnológico. No nos enredemos, no hagamos más nudos de los que ya tenemos.
 
Las redes sociales y la  hiperconexión digital nos aturden, dispersan y agotan. Cada estímulo exige a nuestra cabeza posicionarse y decidir qué va a hacer con esa nueva información. Desbordados por tantos datos y con un ritmo de vida que exige demasiado, necesitamos más que nunca el silencio. Percibimos que todo va demasiado rápido y parece que no existe la opción de parar sin que todo se desmorone. Silencio…
 
Silencio digital, para purificarnos de todas las palabras y pensamientos que han sobrecargado nuestra cabeza, y silencio visual, para educar la mirada y prescindir de todas las imágenes que la han contaminado. Cuánto pensamiento inútil e imagen vacía hemos cargado en la mochila de la memoria. Tanto dato nos genera un monólogo interior a veces desazonante, una rumiación en circuito cerrado de la que es difícil salir.
  
Cada vez se habla más de la contaminación visual. Salimos de casa y la mirada queda atrapada en escaparates, letreros luminosos encendidos noche y día, vallas publicitarias, rótulos, etc. A esto hay que sumar las continuas consultas al móvil con su pantalla luminosa y sus constantes reclamos.
 
Sin más, propongo algo tan sencillo como apaciguar la cabeza y la mirada para calmar la tensión interior. No basta silenciar el móvil. Hay que  apagarlo o ponerlo en “modo avión”. Sí, yo también recibo correos del trabajo a cualquier hora del día, pero hay que protegerse, hay que poner límites a esta locura. Mientras caminamos por la ciudad en trayectos que casi podríamos hacer con los ojos cerrados, podemos controlar de manera voluntaria la dirección de la mirada dirigiéndola a cualquier resquicio de naturaleza que encontremos a nuestro paso y, si no, al cielo. Caminar es para mí el estado ideal para practicar el silencio, mucho más que las posturas inmóviles que proponen el yoga y la filosofía zen. Quizás sea por la cantidad de horas que paso sentada en la oficina…
 
Silencio.