La injusta peripecia sufrida por el joven Diego Pastrana días atrás, acusado falsamente de violar y asesinar a la hija de 3 años de su pareja sentimental, ha sorprendido un poquito a la sociedad española; no en vano se trata de un hombre maltratado.
 
Un hombre maltratado por unos médicos negligentes y corporativistas hasta el delito.
 
Un hombre maltratado por unos policías judiciales deshumanizados hasta la crueldad.
 
Un hombre maltratado por un sistema judicial rutinario para el que los hombres sólo son números.
 
Un hombre maltratado por unos medios de comunicación que lo han juzgado y condenado a priori sin derecho alguno a la defensa.
 
Un hombre maltratado por unas instituciones públicas y organizaciones sociales mudas o ensoberbecidas.
 
Un hombre maltratado por una sociedad envilecida -acrítica y ávida de sensacionalismo- hasta su linchamiento virtual.
 
¿Cómo ha podido suceder semejante barbaridad?
 
Para consumar y mantener durante varios días tamaña fechoría, sin duda, se han sumado una serie de circunstancias y comportamientos individuales y colectivos caracterizados por los adjetivos antes enunciados: rutina, deshumanización, corporativismo, sensacionalismo, crueldad y… ¡prejuicio e ideología!
 
El ultrafeminismo imperante -la ideología políticamente correcta- por medio de campañas de sensibilización y numerosos instrumentos legales, ha logrado, entre otros, el siguiente objetivo: presentar al hombre, a cualquier hombre, como sospechoso a priori de cualquier aberración. El silogismo es sencillo: si es hombre, es capaz de hacerlo; a por él.
 
Atrás quedaron la presunción de inocencia, la igualdad ante la Ley, las garantías judiciales, un trato humano…, el sentido común.
 
Y no soy el único que lo afirma, si bien lo haga desde mi torpeza y una bisoña técnica. Así, me permito reproducir unos párrafos ajenos muy interesantes.
 
«Por ello, lanzarse de manera inmediata a culpabilizar a quien únicamente es detenido con indicios más o menos sólidos, implica, además de una osadía que puede truncar la vida del afectado, la banalización del proceso penal y denota, en el fondo, la falta de verdadera convicción sobre los beneficios de respetar la presunción de inocencia.
Ahora corresponde a todos -no sólo a la prensa que ejerce su legítima función- decidir si creemos o no en la presunción de inocencia. Y si realmente creemos, empecemos a modificar nuestra percepción: los culpables lo son sólo cuando son condenados en un proceso con todas las garantías. Los errores de percepción, los prejuicios, los paga hoy un ciudadano con nombre y apellidos; mañana, podemos ser los demás».
 
Unas reflexiones que parecen concebidas expresamente como una crítica a algunas de las prácticas derivadas de la denominada ley contra la violencia de género.
 
Pero, ¡sorpresa!, el lúcido autor de ambos párrafos es el abogado Alberto Jabonero Corral. Y procede de un artículo suyo publicado en el diario -escasamente conservador y nada machista- El País, el pasado 1 de diciembre. ¿Su título?: «Mañana podemos ser nosotros». Y, añadiremos, «sobre todo si eres hombre, heterosexual y conviviendo en pareja».
 
El calvario de Diego Pastrana, al menos en parte, ha terminado. Podría haber sido peor, prolongándose en el tiempo durante años hasta que un veredicto judicial le absolviese; de tener esa suerte. Y, a lo largo de esa larga agonía, de ser padre, habría perdido la custodia de sus hijos, el derecho a verlos incluso (salvo se le autorizaran, durante años, puntuales visitas supervisadas, en un «punto de encuentro», que le habrían enajenado su cariño y afecto irremediablemente); sería expulsado de su hogar; arruinado económicamente; condenado socialmente; aniquilado moralmente.
 
Nuestras oraciones por el alma de la pequeña Aitana: que su memoria no sea mancillada ni olvidada. Nuestra solidaridad con Diego Pastrana. Y los culpables, que los hay, ¡que lo paguen!, ¡todos!
 
Y no lo olvides: mañana puedes ser tú.