Nos preguntábamos si sería cierto que Cristo, como afirmaba un personaje de Umberto Eco (repitiendo a San Juan Crisóstomo), no rió nunca. Desde luego, en el Evangelio no leemos: «Y Jesús rió», al modo en que leemos que se retiró a orar u obró tal o cual milagro. Pero tampoco leemos que Jesús se rascase o bostezase; pero habría que profesar el monofisismo más desquiciado para sostener que Cristo nunca se rascó ni bostezó, como hace el común de los mortales cuando tiene picores o ganas de dormir. En cambio, resulta del todo evidente que, aunque los Evangelios no digan explícitamente que riese, nos deja entender que hace reír a quienes lo escuchan; y, puesto que le gustaba tanto compartir las alegrías con sus amigos, no parece disparatado pensar que, a la vez que los hacía reír, se echaría también él alguna carcajada.

En otro pasaje de El nombre de la rosa se afirma: «Los paganos escribían comedias para hacer reír a los espectadores, y hacían mal. Nuestro Señor Jesucristo nunca contó comedias ni fábulas, sino parábolas transparentes que nos enseñan alegóricamente cómo ganarnos el paraíso». Pero… ¿de veras las parábolas de Cristo son transparentes? Una historia que nos habla de un padre que premia al hijo crápula con un novillo cebado, dejando sin él al hijo hacendoso, no parece un dechado de transparencia; como tampoco una historia donde resulta exaltado un administrador astuto y fraudulento. Se trata de parábolas muy refinadamente paradójicas, que sin duda habrían de provocar perplejidad entre sus oyentes más meapilas; y risas picaronas entre quienes estaban en el secreto de su predicación.

Reparemos ahora en el célebre pasaje en el que Cristo y una mujer samaritana coinciden en el pozo de Jacob. En medio de su coloquio, Cristo le propone a la samaritana que llame a su esposo para que venga también al pozo; a lo que la samaritana responde, imaginamos que un poco avergonzada: «No tengo esposo…». Y Jesús le suelta con mucha retranca: «Bien dijiste “No tengo esposo”. Porque has tenido cinco esposos y el que ahora tienes no es tu esposo». ¿Es verosímil imaginar que Jesús le gastase una broma tan osada a la samaritana sin acompañarla de una risa socarrona y, a la vez, comprensiva de las debilidades humanas? Justo antes de que Jesús le lance este donaire, la samaritana se ha mostrado dispuesta a ser su discípula, bebiendo del agua viva que Jesús le ofrece. No resultaría, pues, verosímil que Cristo la estuviese zahiriendo con acritud. Es evidente que se está riendo de sus anteriores deslices de cama; y yo diría también que riéndose con ella, para ayudarla a superar el sonrojo.

Veamos el pasaje de la Unción de Betania. María, la hermana menos laboriosa de Lázaro, derrama sobre los pies de Cristo un perfume muy caro y luego se los seca con sus cabellos. Parece difícil que alguien pueda resistirse a las cosquillas que produce una mata de cabellos sobre el pie. Pero, aun suponiendo que Cristo tuviese los pies muy encallecidos, la respuesta que le da al santurrón de Judas, cuando se queja de que no se hayan repartido los trescientos denarios del perfume entre los pobres, es de un humor nada cohibido (yo diría incluso que políticamente incorrecto para el gusto de nuestra época). «A los pobres los tendréis siempre con vosotros; en cambio, a mí no siempre me tendréis». Respuesta que puede entenderse como una fina alegoría teológica; pero ante todo es un bromazo que sólo se permite alguien que se ríe de su propia desgracia.

Señalaba Leonardo Castellani que «el humor de Cristo traduce la inserción de lo eterno en lo finito, y despatarra lo finito. Podría destruirlo y aniquilarlo, pero no hace más que despatarrarlo; y por eso es humor». Y, salvo que Cristo lograra que sus oyentes se despatarrasen de la risa mientras él ponía cara de palo, al más puro estilo Buster Keaton, hemos de concluir que también tuvo que reír lo suyo. Alguien que estrena y clausura su vida pública bebiendo vino tuvo que ser, sin duda, jocundo.

Sospecho que el moralista profesional tiene pánico a la risa porque considera que es la expresión por antonomasia de la debilidad humana, la ventana que la muestra sin rebozo (junto con alguna caries) al mundo. El moralista profesional tiene miedo de mostrarse débil; y en su aborrecimiento de la risa están escondidas la envidia y la amargura del hombre de aptitudes mediocres. Sospechamos que, cuando afirma que Cristo no rió jamás, el moralista sólo está inventándose un Cristo a su imagen y semejanza: o sea, un Cristo que ampare su mediocridad recelosa.

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