Cuando Jesús envía sus Apóstoles en misión les dice: “Curad enfermos” (Mt 10,8), y en el evangelio de Marcos, en sus últimas instrucciones, les señala: “Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos” ( 16,18), mientras en la Carta de Santiago encontramos el principal fundamento escriturístico del sacramento de Unción de los Enfermos: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado" (5,14-15). Hay por tanto dos efectos principales en este Sacramento: el perdón de los pecados y el posible restablecimiento corporal.

Como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1532, este sacramento tiene como uno de sus efectos “el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia”. Si el enfermo está en condiciones de confesarse, el Concilio en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia nos dice: “La unción sea administrada al enfermo después de la confesión y antes de recibir el Viático” (nº 74).

Pero hoy, aunque evidentemente el aspecto de perdón de los pecados sea extremamente importante, voy a hacer referencia al aspecto curativo de este sacramento.

Como sacerdote, uno de los mayores disgustos que te llevas, incluso con gente que se considera bastante católica, es cuando te dicen: “No le digas nada de lo mal que está, no se vaya a asustar”, y eso les parece más importante que permitir al enfermo el bien morir, incluso con riesgo de su salvación. Cuando logras romper esa barrera a veces el enfermo te dice: “No he querido decir nada a la familia, para no darles un disgusto”. No puedo por menos de pensar eso de que el uno por el otro, la casa sin barrer.

Ahora bien, muchos de los que están seriamente en peligro, perciben intuitivamente su situación y no desea otra cosa sino ponerse en paz con Dios y así poder afrontar tranquila y serenamente su encuentro con Dios. El resultado de resolver bien este problema es una mucho mayor serenidad, paz y ánimo. No olvidemos el derecho del enfermo a sobrellevar su enfermedad, especialmente si ésta es grave, confortado con los auxilios de la religión. Si creemos que el enfermo es algo más que un animal, hemos de procurar que pueda verse ayudado por su fe.

El Sacramento de la Unción tiene como objetivo ayudar al enfermo en su enfermedad. El que el enfermo esté tranquilo y sereno tiene consecuencias físicas importantes. Aunque la enfermedad termine con la muerte, la Unción le concede las fuerzas espirituales y corporales que necesita en este momento importante y decisivo de su existencia. Pero en bastantes casos, este sacramento, al haberle permitido resolver positivamente un problema que le angustiaba, puede tener como resultado una mejora e incluso una curación.

Incluso desde un punto de vista puramente natural y humano está demostrado que a iguales heridas y recibiendo el mismo tratamiento, los soldados de quien está ganando la guerra curan mucho antes sus heridas que los soldados derrotados. Lo mismo sucede en la Unción, y se puede afirmar que incluso desde un punto de vista puramente natural la Unción tiene consecuencias físicas favorables para quien lo recibe. Pero si además añadimos que en este sacramento, al igual que en los demás, también se recibe la gracia, es decir, ayudas específicas sobrenaturales para sobrellevar la enfermedad, comprenderemos la importancia que tiene el recibir o no este sacramento en el momento oportuno. Afrontar la enfermedad convencidos que Dios me quiere más que yo a mí mismo, y por tanto que estoy en buenas manos, y además estoy abierto a Él, es un motivo de paz, consuelo y alegría.