No hace muchos días un amigo mío, médico no creyente, me decía que no valía la pena gastar pólvora con la ideología de género, que tiene poco recorrido. Ese mismo día, yo leía una noticia en la que la Universidad de Harvard ha repartido una guía entre los estudiantes en la que se establece que el género puede «cambiar día a día» y que pensar lo contrario es «una forma de violencia sistémica». Este folleto, repartido por una asociación de estudiantes LGTBI con el beneplácito de la Universidad, afirma que la Biblia da una información errónea transfóbica.
 
Peor aún es lo sucedido en Inglaterra, donde la Asociación Médica Británica (BMA por sus siglas en inglés) ha facilitado a sus 160.000 médicos afiliados un manual de lenguaje en el lugar de trabajo según los patrones de la ideología de género. La guía recomienda a los doctores no utilizar el término "madre" para referirse a las mujeres embarazadas ya que podría herir la sensibilidad de "individuos que han dado a luz y no se identifican como mujeres". Intentar suprimir de nuestro vocabulario una de las palabras más bonitas que hay en el vocabulario humano, la palabra “madre”, me parece una aberración, así como sostener que una persona pueda dar a luz sin ser mujer me parece otra. Ante esto, no puedo sino pensar que los que están científicamente equivocados son los partidarios de la ideología de género. Estoy de acuerdo en reivindicar con las feministas la igualdad del hombre y de la mujer en la sociedad, o como han dicho varios Papas: “Hombres y mujeres somos iguales, pero en lo que no somos iguales, somos complementarios”.
 
Los partidarios de la ideología de género cada vez lo tienen más difícil, porque muchos de los postulados de la ideología de género son claramente anticientíficos y así, una de las clínicas pioneras en operaciones de cambio de sexo, la Johns Hopkins de Baltimore, decidió investigar qué había sucedido con cincuenta transexuales tratados, para llegar a la demoledora conclusión de que ni uno solo había obtenido ningún beneficio con los tratamientos de identidad sexual, por lo que han dejado de hacerlos. Además el Colegio Americano de Pediatras publicó en marzo de 2016 una contundente declaración que desacredita la ideología de género y recoge los datos científicos y médicos que muestran que transgenerar a los menores “daña a los niños”. Y es que, como afirman, son los hechos, y no la ideología, los que condicionan la realidad.
 
Y esos hechos son: a) La sexualidad humana es un rasgo biológico objetivo binario; b) Todos nacemos con un sexo biológico; c) La creencia de una persona de que él o ella es algo que no es, constituye, en el mejor de los casos, un signo de pensamiento confuso; d) Los bloqueadores hormonales pueden ser peligrosos y, según el DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales), hasta un 98% de niños con género confuso y hasta un 88% de niñas con género confuso aceptan finalmente su sexo biológico tras pasar la pubertad de forma natural; e) Las tasas de suicidio son veinte veces mayores entre los adultos que utilizan hormonas cruzadas y sufren cirugía de reasignación de sexo; f) La anatomía humana apunta a la heterosexualidad.
 
Pero uno de los grandes dogmas de la ideología de género es no solo que la homosexualidad no es una enfermedad, sino que no es posible salir de ella. La homosexualidad, en sí misma y por sí misma, no implica ninguna alteración del entendimiento, de la honestidad, ni de la capacidad profesional, por lo que la mayor parte de los homosexuales se sienten molestos con su condición, pero no se consideran enfermos.
 
En este tema hay indudablemente varios problemas. El primero de ellos: ¿es la homosexualidad una enfermedad? La conclusión de que no fue tras una votación en 1973 de la Asociación de Psiquiatras americanos con el siguiente resultado: No, 5816; Sí, 3817, es decir se aprobó con una mayoría del 60,3%. Para los partidarios del no, la orientación sexual forma parte de la naturaleza del individuo y no puede modificarse. No cuento los votos en blanco ni abstenciones, bastante numerosas, pues el número posible de votantes eran unos treinta mil, pero no tengo la cifra exacta. Tras esta votación se llegó a la conclusión de no volver a someter cuestiones científicas a votación. En consecuencia la Organización Mundial de la Salud ha retirado la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. Pero aunque así sea, muchos piensan que lo que se ha conseguido con ello es privar a los homosexuales del tratamiento que necesitan. Hay bastantes psicólogos que no se atreven a iniciar la terapia, por miedo a ser tildados de homófobos, incluso si sus pacientes se lo piden, como sucede en Madrid, donde el médico puede ser castigado con un multazo de 20.001 euros a 45.000. Y es que la ideología de género es una ideología totalitaria donde es la realidad la que debe acomodarse a la ideología, y no al revés, como pide el más elemental sentido común.
 
Y sin embargo, ya en agosto del 2009 la Asociación de Psiquiatras Americanos autorizó a sus terapeutas a tratar la homosexualidad, permitiéndoles que ayuden a los homosexuales a rechazar o controlar sus impulsos, con una nueva terapia basada en la fe y en la identidad sexual. Hay además la realidad evidente de que cada día hay más homosexuales en todo el mundo que logran llegar a la heterosexualidad y, ya se sabe, contra el hecho no valen argumentos.