La Nota de los obispos de Cataluña del 11 de mayo afirma “la realidad nacional de Cataluña” y proclama que “conviene que sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán, para que sea estimada y valorada su singularidad nacional”. Esto es, los obispos de Cataluña en su totalidad respaldan los principios básicos del ideario político nacionalista.
 
No así la sociedad de la cual son pastores, la cual, a tenor de resultados electorales, sondeos, estudios sociológicos y lo que se palpa en la vida cotidiana, se encuentra muy dividida. Sobre todo en cuanto a la independencia, objetivo ya inmediato de todos los nacionalistas con poder institucional. En ese punto la división es más o menos por la mitad, con mayoría contraria incluso según encuestas de organismos oficiales autonómicos.
 
La unidad moral y política de España, que tiene pues un valor para el 50% de los catalanes… carece de valor para el 100% de sus obispos.
 
Discordancia que entristece a unos –los católicos catalanes no nacionalistas, a quienes sus obispos no se preocupan en representar– y alegra a otros, como el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont: “Agradezco el apoyo de los obispos de Cataluña al derecho de los catalanes a decidir y ser escuchados”, escribió en su cuenta de Twitter.
 
Afirmar la “realidad nacional” de Cataluña es una toma de posición política muy comprometida, porque el término “nación” no es inocente. Tiene siempre importantes implicaciones, y más en el convulso panorama político en el que se produce esta intervención de la Conferencia Episcopal Tarraconense.
 
Cataluña, con su identidad propia, integra, junto a otras comunidades con identidad propia, una entidad llamada España que también tiene una identidad propia, conformada por sus partes pero que al mismo tiempo contribuye a conformar a sus partes tal como son. España no se entiende sin Cataluña, ni Cataluña sin el resto de España. Éste es un hecho cultural e histórico tan indiscutible, que los partidarios de romper España han terminado por contraer sus argumentos a la pura voluntad: el “derecho a decidir”.
 
Pero ¿a quién corresponde ese derecho? La nota de los obispos lo vincula (“conviene que sean escuchadas”) a la “realidad nacional” y a la “singularidad nacional”. Dado que los catalanes son escuchados periódicamente en tres ámbitos administrativos distintos (nacional, autonómico y municipal), y tres veces al menos (los referendos de la Constitución y los Estatutos) lo han sido respecto a su articulación política con el resto de España, la frase episcopal solo puede significar que “las legítimas aspiraciones del pueblo catalán” se consideran escuchadas si los catalanes son consultados en cuanto “realidad nacional”, pero no si lo son en cuanto comunidad autónoma.

Esto es, hay un vínculo intrínseco entre el “derecho a decidir” –la autodeterminación y el derecho a constituirse en estado independiente, se ejerza o no ese derecho– y la “singularidad nacional”. Este apriorismo ideológico tiene dos siglos: los estudiosos de la política lo denominan “principio de las nacionalidades” y los estudiosos de la historia lo consideran responsable de buena parte de las guerras que se han sucedido desde entonces.
 
Los obispos catalanes lo hacen suyo en cuanto “herederos de la larga tradición de [sus] predecesores”. Lo cual solo es verdad si, en el contexto de una Iglesia multicentenaria, llamamos largo a un periodo de pocas décadas, y si eliminamos del elenco de “predecesores” a los muchos que han entendido Cataluña de otra forma.
 
Al vincular la “realidad nacional” con el principio de las nacionalidades, se cierra la puerta a una interpretación del concepto de nación que lo hiciese asimilable al de patria y permitiese una conciliación con otra “realidad nacional” superior a modo de círculos concéntricos. Una “patria de patrias” es posible. (Es, de hecho, el caso español.) Una “nación de naciones”, si a la nación uncimos el derecho de autodeterminación, no lo es, porque ambas no pueden gozar simultáneamente de ese derecho. Si la nación de naciones no puede decidir el futuro de sus naciones integrantes, no puede autodeterminarse, luego no es nación. Si las naciones que conforman la nación de naciones no pueden autodeterminarse para separarse del conjunto, las que no son nación son ellas.
 
Por tanto, al afirmar la “realidad nacional” de Cataluña y vincularla al derecho de autodeterminación, los obispos catalanes niegan, implícita pero inexorablemente, que exista una “realidad nacional” de España en la que, sin embargo, sí cree la mitad de sus feligreses. Su intervención, por tanto, es política e ideológica, no moral... so pena de interpretar que un católico no puede sentirse español en Cataluña o que está obligado en cuanto católico a defender el “derecho a decidir” de la parte y a oponerse al "derecho a decidir" del conjunto de las partes.
 
Por otro lado, el contexto en el que llega esta Nota de los obispos de Cataluña no es el de una arcadia feliz en la que se debate utópicamente solo por el placer de conversar sobre principios de filosofía política. El gobierno autonómico catalán y los partidos que lo sustentan se disponen a violar la ley, exacerbando el conflicto a todos los niveles y caldeando los ánimos con riesgo de convertirlo en un conflicto social. Es más: si el proceso se llevase a cabo tal como lo están planeando sus instigadores (una declaración unilateral de independencia de carácter necesariamente delictivo, llevada a cabo por instituciones que tienen mando directo sobre cuerpos armados), obligaría al Estado a una intervención cuyas consecuencias para la paz entre las personas son imprevisibles.
 
En esas circunstancias, ¿qué valor tiene apelar, como hace la Nota, a que “los gobernantes y los agentes sociales hagan gestos valientes y generosos en favor del diálogo y la concordia”, después de haberse identificado ideológicamente con la parte dispuesta a violar la ley y haber atribuido a su visión de Cataluña una “legitimidad” en exclusiva?
 
Los obispos invocan el llamamiento del Papa al “diálogo”. Eso está muy bien, pero tal llamamiento no es específico para Cataluña. Las que sí fueron específicamente para Cataluña fueron las palabras del Papa en la entrevista concedida a La Vanguardia el 12 de junio de 2014: “Toda división me preocupa. Hay independencia por emancipación y hay independencia por secesión. La independencia por secesión es un desmembramiento de un pueblo, que a veces es muy obvio. Hay pueblos que no podían pegar ni con cola por sus culturas tan diversas. Yo me pregunto, ¿es tan claro el caso de la independencia por secesión de países que hasta ahora han estado juntos? Hay que estudiar caso por caso. Habrá casos que serán justos y casos que no serán justos, pero la secesión, si no hay un antecedente que forzó esa unión, hay que tomarla con muchas pinzas y evaluarla caso por caso”.
 
Esta cita de Francisco, en la única ocasión en la que se ha referido a Cataluña, no aparece en la Nota.
 
Por supuesto, los nacionalistas aducirán que sí hay “un antecedente que forzó esa unión”: 1714. No es cuestión de desmentir ahora tal interpretación. Lo importante es que tal interpretación, que es la del 50% de los catalanes y la del 50% de los católicos catalanes (menos, si cruzamos los datos demoscópicos de opciones políticas con los de práctica religiosa), es la del 100% de sus obispos. Mala noticia para España, sin duda. Pero noticia aún peor para Cataluña: en la comunidad –con diferencia– más descristianizada de España, la Iglesia ahonda el desafecto de la mitad de los fieles que le quedan.