Me viene la tentación de decir que eran de otra pasta. Pero seguramente no es así, estaban hechos de la misma carne y de la misma sangre que nosotros, y profesaron la misma fe de los apóstoles. Sucedió que una circunstancia dramática, una situación límite, puso a prueba los quilates de su fe y permitió que todos contempláramos el espectáculo de su paradójica victoria. Poco a poco van saliendo de escena, apenas si queda ya alguno entre nosotros. Pero su vida ha fecundado la tierra de la Iglesia y muchos nos sentimos hoy en deuda.
 
El pasado sábado ha fallecido el cardenal Miloslav Vlk, arzobispo emérito de Praga, tras una dura enfermedad que atravesó como todas las demás circunstancias de su agitada vida, como una ocasión para mostrar que todo es diferente cuando has sido alcanzado por el amor de Jesús. Una sociedad aparentemente dura e impermeable frente al testimonio de la fe, como puede parecer a veces la sociedad checa, se ha conmovido acompañando los últimos meses de uno de sus mejores hijos, un hombre que resume en su biografía toda la pasión y las esperanzas de este pueblo.


 
El año 2005 pude saludarle en un hotel de Praga, donde fue anfitrión de la asamblea de la Conferencia Europea de Radios Cristianas. Pero en realidad yo le conocía tiempo atrás, desde la época en que, junto a otros amigos, rastreaba todas las noticias que llegaban del otro lado del Telón de Acero, encontrando en las historias de aquellos cristianos alimento y acicate para nuestra propia aventura. Eran los años ochenta, los primeros de un Papa llegado del Este que nos reveló la potencia y riqueza de aquellos testimonios para nosotros escondidos. Y entre todos los países comunistas, Checoslovaquia se llevaba la palma a la hora de reprimir cualquier presencia significativa de los cristianos en la plaza, especialmente tras la corta primavera de 1968, cuando pareció que todo podía cambiar.
 
Aclaremos que la región de Bohemia, en la que nació Miloslav, incuba un resentimiento histórico hacia la Iglesia católica debido a la forma en que fue combatida la herejía de Jan Hus. No obstante, la primavera de Praga permitió descubrir a gran parte de la población que la Iglesia era un baluarte en la lucha por la libertad. En 1971 la policía ya había fichado al cura Vlk y había calibrado su potencial peligrosidad. Primero le enviaron a una parroquia perdida en las montañas bohemias, hasta retirarle después, en 1978, el permiso para ejercer el sacerdocio. Por ese motivo “el ciudadano Miloslav Vlk” hubo de trasladarse a Praga, donde trabajaba como limpiacristales mientras por la noche ejercía su ministerio clandestinamente, reuniéndose con pequeños grupos de laicos en sus propias casas.
 
Por aquellos años se produjo el giro clamoroso del gran cardenal Tomasek, que gracias al impulso de Juan Pablo II pasó de una posición acomodaticia a convertirse en el campeón de la libertad, capaz de arrastrar a creyentes y agnósticos en la misma lucha. Sólo en 1989, cuando ya eran evidentes las grietas en el edificio del régimen comunista, se concedió a Miloslav Vlk ejercer de nuevo el ministerio sacerdotal. A partir de ese momento todo se precipitó en la vida de este curtido sacerdote: en 1990, tras la victoria de la Revolución de Terciopelo, Juan Pablo II le nombra obispo de České Budějovice, su diócesis natal, y apenas un año después le pide hacer de nuevo las maletas para suceder al “Roble de Bohemia”, al anciano cardenal de Praga Francisek Tomasek, convertido ya en héroe de la nación.
 
Al arzobispo Vlk le correspondió guiar el tiempo nublado de la transición a la libertad. Él mismo comentaba con ironía la paradoja del nuevo escenario, en el que se habían hecho realidad muchas aspiraciones del pueblo y de la propia Iglesia, pero en el que había que aprender a moverse de un modo distinto. Antes, el adversario tenía un rostro bien definido; ahora los riesgos eran más difusos y planteaban desafíos para los que la Iglesia no estaba preparada. Al abrirse el oxidado cerrojo comunista, los vientos de la cultura agnóstica, siempre recelosa de la Iglesia en el país de los checos, soplaron de nuevo con fuerza, y de poco servían ya los galardones de la lucha por la libertad, algo que Vlk comprendió rápidamente y sin quejas. Era necesario un nuevo diálogo misionero, y en ese terreno había mucho por hacer.
 
Su larga experiencia acompañando a las comunidades de laicos en la clandestinidad, su conocimiento de primera mano de la dura experiencia del trabajo, y también su sensibilidad cultural abierta e inquieta, dieron a su episcopado una personalidad muy singular, que fue reconocida por sus hermanos de todo el continente al nombrarle presidente del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa. Para entender su figura hay que reseñar también su vínculo de profunda amistad con el movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich. El cardenal Vlk siempre entendió que los dones jerárquicos y carismáticos eran coesenciales en la Iglesia, y valoró el protagonismo de los nuevos movimientos laicales para la evangelización de una Europa en la que algunos muros se habían derrumbado mientras otros comenzaban a insinuarse poco a poco.
 
Al decirle adiós con gratitud uno contempla su propia vida al compás de la vida entera de la Iglesia, y entiende mejor la necesidad de hacer memoria, de salir de los propios esquemas, de ir siempre más allá, de la mano de Uno que nos hace atravesar tormentas pero que nunca nos deja solos.

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