Con la imposición de la Ceniza, entramos en el tiempo de la Cuaresma. La palabra clave que resume todo el espíritu cuaresmal es: «Conversión». Se trata, en efecto, de un tiempo muy propicio para convertirnos a Dios, volver a Él, y encontrar, de nuevo, la plena comunión con Él, en quien está la dicha y felicidad del hombre, la vida y la esperanza, la paz y el amor que lo llena todo y sacia los anhelos más vivos del corazón humano.
 
Convertirse significa repensar la vida y la manera de situarse ante ella desde Dios, donde está la verdad; poner en cuestión el propio y el común modo de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida, no juzgar ni ver, sin más, conforme a las opiniones corrientes que se dan en el ambiente, sino en conformidad con el juicio y la visión de Dios mismo, como vemos en Jesús. Convertirse es dejar que el pensamiento de Dios sea el nuestro, asumir, por tanto, «su mentalidad y sus costumbres», como comprobamos y palpamos en Jesucristo. Convertirse significa, en consecuencia, no vivir como viven todos, ni obrar como obran todos, no sentirse tranquilos en acciones dudosas, ambiguas o malas por el mero hecho de que otros hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar por consiguiente el bien, aunque resulte incómodo y dificultoso; no apoyarse en el criterio o en el juicio de muchos de los hombres –y aun de la mayoría– sino sólo en el criterio y juicio de Dios.
 
El tiempo cuaresmal, con el auxilio de la gracia, ha de llevarnos a centrar nuestra vida en Dios, a reavivar y fortalecer nuestra experiencia de Él, a hacer del testimonio de Dios vivo, rico en misericordia y piedad, nuestro servicio a los hombres tan necesitados de Él. La fe en Dios es capaz de generar un gran futuro de esperanza y de abrir caminos para una humanidad nueva donde se transparente su amor sin límites, especialmente volcado sobre los pobres, los desheredados y maltrechos de este mundo. En otras palabras, convertirse implica buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva en el seguimiento de Jesucristo, que entraña aceptar el don de Dios, la amistad y el amor suyo, dejar que Cristo viva en nosotros y que su amor y su querer actúen en nosotros. Se trata de, como Zaqueo, acoger a Jesús y dejarle que entre en nuestra casa y con Él llegará la salvación, una vida nueva, y el cambio de pensar, de querer, de sentir y actuar conforme a Dios.
 
Convertirse significa salir de la autosuficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia y necesidad, de los otros y de Dios, de su perdón, de su amistad y de su amor; convertirse es tener la humildad de entregarse al amor de Dios, dado en su Hijo Jesucristo, amor que viene a ser medida y criterio de la propia vida. «Amaos como yo os he amado»: amar con el mismo amor con que Cristo nos ama a todos y a cada uno de los hombres.
 
Siempre, pero de manera especial esta Cuaresma, este vivir por parte nuestra la fe y el amor de Dios manifestado en Cristo, «la caridad que ama sin límites, que disculpa sin límites y que no lleva cuenta del mal» (1 Cor 13), ha de marcar por completo el camino penitencial de este año. La conversión nos ha de proyectar hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. Éste es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la acción de la Iglesia. Es necesario que los hombres vean de modo palpable a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente contemplamos y seguimos a Cristo, y en el centro de nuestras vidas está Dios tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: los pobres, los hambrientos, los enfermos, los que sufren, los crucificados de hoy (Cf. Mt 25). Así es como se hace verdad la conversión a Dios, que es amor, y se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia, y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales.
 
La llamada a la conversión, a vivir en el amor y en la caridad de Jesucristo, es una invitación a vivir en el perdón, especialmente apremiante siempre y particularmente hoy, en nuestra situación de tanta violencia, de tanta tensión, de tanto rechazo mutuo, de tanto revisionismo y de memorias cargadas de revancha, de tanta descalificación del contrario o de quien no está en mi grupo: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos».
 
«La caridad no lleva cuentas del mal». Para dar semejante paso es necesario un camino interior de conversión; se precisa el coraje de la humilde obediencia al mandato de Jesús. Su palabra no deja lugar a dudas: no sólo quien provoca la enemistad, sino también quien la padece debe buscar la reconciliación. Al contemplar el Evangelio de «las tentaciones », que se lee el primer domingo de Cuaresma, además de adentrarnos en el misterio insondable de Cristo, de su humanidad en todo semejante a nosotros excepto en el pecado, que permitió la tentación del maligno, además de esto vemos ahí una luz para nuestro camino que es un camino de prueba, de tentación, de acrisolamiento de nuestra fe en Dios. En este Evangelio escuchamos la llamada a centrar nuestra vida en Dios, lo sólo y único necesario: «No sólo de pan vive el hombre». Necesitamos avivar esto en los tiempos recios que vivimos, en esa noche oscura de ateísmo colectivo, de apostasía silenciosa, de laicismo oficial, ideológico, en esa situación de nuestro pueblo que padece el gravísimo fenómeno de descristianización.

Publicado en La Razón.