Recientemente, una revista al servicio del mundialismo llevaba a su portada a un niño transexual que posaba con orgullo y miraba desafiantemente a la cámara. En su orgullo y desafío se compendiaba la exultación de quienes lo habían moldeado, que después de ganar todas las batallas (primero en el orden político, luego en el orden social, después en el orden familiar) se disponen a librar la última batalla en el último reducto que les restaba por conquistar, que es la propia naturaleza humana, nuestra misma mismidad. Y, hollando ese último reducto que es a la vez la cúspide de la labor creadora de Dios, coronan su labor destructiva.
 
Pero esta batalla última que ahora se va a librar en los cuerpos inermes de nuestros hijos, en sus almas trémulas y atónitas, jamás se habría declarado sin nuestra paulatina claudicación. Esta batalla última no sería ni siquiera imaginable si antes no hubiésemos entregado poco a poco, de forma indolora, el orden político, social y familiar, hasta la plena disolución de todos los frenos morales. Y así -como profetizó Chesterton-, el mundo se ha teñido de pasiones peligrosas y putrescentes, de pasiones naturales convertidas en pasiones contra natura; pues cuando la sexualidad se trata como cosa inocente ocurre inevitablemente que todas las cosas inocentes se empapan de sexualidad. Empezando, naturalmente, por la propia infancia.
 
Y ahora nuestros hijos van a ser víctimas cruentas de esa batalla, gracias a las leyes que progresistas y conservaduros al servicio del mundialismo han promulgado. Pero si hoy nuestros hijos van a ser triturados es porque antes permitimos que se instaurase un orden político que promovió la ruptura de los vínculos humanos y fomentó una libertad depravada que no era otra cosa sino satisfacción egoísta de los instintos. Porque permitimos que la familia se convirtiese en un campo de Agramante, que el amor de los esposos se ensuciase de competencia sexual, que los hijos se revolvieran contra los padres, que se anulase el concepto de autoridad familiar, para que el Leviatán viniera a suplirla. Porque antes permitimos que, desde la propia escuela, se incitase a “vivir en plenitud la libertad sexual”; porque aceptamos una propaganda mediática que escamotea las realidades más nobles de la condición humana y las sustituye por reclamos sexuales. Porque antes dejamos pasivamente –muy preocupados de conservar nuestros duros, o de hacerlos progresar– que envileciesen la inocencia de nuestros hijos, que les arrebatasen todo vestigio de pudor, que desnaturalizaran su sexualidad balbuciente, que los liberasen de tabúes e inhibiciones, ante nuestra pasividad de peleles progresistas, ante nuestro aplauso de alfeñiques conservaduros.
 
Y ahora los van a apacentar hasta el baño unisex y les van a suministrar tratamiento hormonal con leyes aprobadas por los lacayos del mundialismo a los que hemos votado tan felices durante todos estos años. Y como panolis cretinizados nos consolaremos, diciendo: “Pobrecito hijo mío, si es lo que él quiere…”. Pero no es lo que nuestros hijos quieren, sino lo que les hemos hecho querer; porque, para formar los caracteres –como para deformarlos–primeramente hay que crear un clima moral. Y una vez creado ese clima moral, nuestros hijos respiran en él sin darse cuenta de que los está envenenando. Y el ambiente moral que los ha envenenado lo hemos creado nosotros, votando a los lacayos del mundialismo que prometían conservarnos los duros, o hacerlos progresar. Sólo pido a Dios que, cuando al fin venga alguien a desmantelar toda esta podredumbre, deje sin duros a los que la propiciaron.

Publicado en ABC el 7 de enero de 2017.