Una distorsión que me encanta: nos hablan del maravilloso sentido del humor de alguien y cuentan una anécdota suya tronchante; pero ¡donde la gracia la tiene otro! ¿Ejemplo? Están a punto de beatificar a Fulton J. Sheen, arzobispo norteamericano, que ya ha hecho hasta el preceptivo milagro. Nos ilustran acerca de su gracia con esta historia, que él narra en primera persona:

"Iba a dar una conferencia cuando me perdí en las calles de Filadelfia. Entonces, me acerqué a un grupo de niños que estaban jugando, y les pregunté: "¿Podéis decirme cómo se va al Ayuntamiento?" Uno de los mayores me lo indicó, preguntándome a su vez: "¿Qué va a hacer allí?" "Voy a dar una conferencia". "¿Sobre qué?" "Sobre el modo de ir al cielo. ¿Te gustaría oírla?" "¿Sobre el modo de ir al cielo? ¡Pero si ni siquiera sabe ir al Ayuntamiento!".

 
El sentido del humor es del niño, y bien fino, con un puntito justo de irreverencia al Sr. Arzobispo, pero guiñándole un ojo. Sin embargo, en efecto, la anécdota demuestra muy bien el sentido del humor de Sheen. Porque el sentido del humor depende, más que de tener gracia, de verla.

También de Chesterton, que tenía gracia por activa y por pasiva, se cuenta una anécdota donde el punto fue de Bernard Shaw. El gran gordo inglés estaba en un debate público con Shaw, socialista y vegetariano, hombre delgadísimo. Chesterton le espetó: «Viéndole, los extranjeros pensarían que en Inglaterra pasamos hambre». Shaw replicó: «Y viéndole a usted, entenderían por qué». Está en todos los anecdotarios del humor de Chesterton y con razón, porque él se reiría como nadie de aquel zasca diétetico-social.

Tampoco hay que extrañarse demasiado. Aquí siempre hemos considerado que uno que cuenta chistes, si lo hace con ángel, puede ser realmente gracioso, aunque repita historias proverbiales o salidas del magín de otro humorista anónimo. La gracia, por suerte, está muy repartida y repartirla es una parte de su gracia.

Un experto en la materia, Santo Tomás Moro, dedicó una oración de súplica al humor, en la que empieza por lo importante: «No permitas que me tome demasiado en serio esa cosa tan invasora que se llama "yo"». Contar historias donde el yo está ausente o, al menos, no tiene el papel protagonista o incluso donde queda fatal es buen un método de embridar el egocentrismo. Casi al final pide: «Concédeme la gracia de comprender una broma». Eso es la clave: Moro sabía.

Publicado en Diario de Cádiz.